UN DESIERTO SIN ATRIBUTOS. Sobre “Bajo lluvia, relámpago o trueno” de Fermín Eloy Acosta

Por Mercedes Alonso—


La literatura argentina está obsesionada con el pasado. No solo con la historia –el siglo XIX mayormente, la conquista en un segundo lugar, sin entrar a considerar el pasado reciente que ocupaba buena parte de la producción contemporánea hasta hace no tanto– sino con el pasado de la literatura. César Aira escribe el siglo XIX en Ema, la cautiva o en El vestido rosa y vuelve a los indios de Mansilla y Echeverría, lo mismo que Martín Kohan que retoma a este último como personaje en Los cautivos o que Pedro Mairal, que en El año del desierto imagina el futuro con la clave espacial del pasado: el desierto, entre otras referencias literarias que llegan hasta “Casa tomada” de Cortázar. O que Hernán Ronsino, quien le disputó Chivilcoy a Sarmiento y ahora firma la contratapa de Bajo lluvia, relámpago o trueno de Fermín Eloy Acosta, la novela que resultó ganadora del Premio del Jurado de la última Bienal de Arte Joven de Buenos Aires –lo que supuso la lectura y el reconocimiento de Selva Almada, Félix Bruzzone y la editorial Entropía en la que está publicada la novela.

Acosta parece querer sumarse a esta tradición cuando arranca un relato que transcurre en la llanura como la imaginamos en el siglo XIX, con un epígrafe de Río de las congojas de Libertad Demitrópulos, una novela que hace algunas décadas volvía sobre el pasado de la conquista y sus relatos. Pero no se trata de una fuga simple hacia el pasado. No están ahí las claves del presente: no es espejo ni origen de un devenir. Bajo lluvia, relámpago o trueno no es una novela histórica, ni siquiera al modo de la “nueva novela histórica” en auge hace unos treinta años. Se trata, en cambio, de una apelación difusa al pasado a través de una mucho más concreta al espacio literario que lo concentra: campo, pampa, desierto.

El territorio es impreciso. La narradora, su hermana postiza Elena, la tía Rudes y Pedernera, empleado por las tres mujeres para conducir el carro y guiarlas, salen desde una ciudad con puerto pero sin nombre hacia Villa Evangelina, que no figura en los mapas, para enterrar a la madre, madre postiza y hermana. El campo que cruzan está vacío porque es el campo que en el siglo XIX y en la literatura que lo evoca se llama desierto. Solo que en el de Acosta la palabra tiene un significado literal. No hay poblaciones ni relieve, pero tampoco amenaza. No hay malones ni tigres como hubo en la literatura del pasado, apenas la referencia –ni siquiera la presencia– a indios que conducen ñandúes y un puma que apareció alguna vez. El recorte espacial es, sin embargo, similar al de la tradición. Lejos del “río de las congojas”, el campo termina en el mar igual que en Don Segundo Sombra, solo que ni siquiera llega a verse porque hay un acantilado que es el límite de la llanura: del territorio y del concepto, un accidente que delata el relieve. Además, indica que los personajes se mueven ligeramente más al sur, empujan la frontera hacia el vacío de actividad económica y de amenazas bárbaras. 

Lo único que hay en el campo de Fermín Eloy Acosta son bichos, una forma menor de la animalidad que incluye moscas que revolotean, pájaros, perros, poco más. El campo está hecho del sonido de esos bichos, del viento y de las imágenes que recorta la luz: el sol que reverbera sobre el monte de día, los fragmentos que recortan los faroles, velas, fogatas o relámpagos de noche, cuando el campo también es ausencia de luz. En el desierto no se ve nada. La novela sobrecarga la tan sarmientina monotonía de la pampa. Nada interrumpe la llanura, pero además está oscuro y los personajes ven poco: Pedernera, el guía, tiene un solo ojo; Luján –uno de los pocos seres humanos que encuentran en el camino–, es ciego igual que el perro Lengua –uno de los pocos compañeros que encuentran en el camino–.

Con esos límites, la novela narra la percepción –lo visible, lo audible–. El título, tomado de la frase de Macbeth que es su otro epígrafe, se refiere a los fenómenos –visibles, audibles– que la permiten o dificultan. Entre ellos, la tormenta que se anuncia desde el principio. No solo sus refucilos iluminarían el espacio sino que podría interrumpir la monotonía de la llanura. Sin embargo, no llega o se agota en agua y barro: no hay “tempestad sobre la pampa” como la que describe Sarmiento en el relato-mapa del desierto que traza en Facundo; ninguna desmesura, ninguna concesión a la fascinación romántica por lo sublime.

El campo de Acosta también está vacío de referencias literarias. La extensión de la pampa puede asemejarse a la que veía el sanjuanino o la que escribió Saer en La ocasión o en Las nubes, pero la cita culta y el guiño entendido se pierden en la voz narrativa de alguien que está antes de esos textos y que es uno de los hallazgos de la novela. Acosta escribe de nuevo el campo como territorio de la literatura argentina con la voz de la hija envejecida por la muerte de la madre y el camino, una voz que avanza despacio, pausada, casi entrecortada por los parágrafos que componen la novela y en el fraseo tentativo que dice de a poco, igual que avanza la pequeña caravana.

El movimiento de cruzar el campo coincide con la quietud de la espera por llegar a Villa Evangelina. La novela cuenta un viaje inmóvil, de mujeres transportadas por el carro que esperan la llegada o la tormenta; un viaje que se relentifica cuando empieza a hacerse a pie; que no avanza porque la dirección es indescifrable. No hay marcas en el desierto que permitan orientarse. Pedernera tiene un mapa que consulta ocasionalmente pero que no los guía a ninguna parte. No hay rastreadores ni baqueanos capaces de interpretar signos ni saberes ancestrales o descifrar augurios en lo poco que hay, el cielo, los animales. El campo de Bajo lluvia, relámpago o trueno está vacío de signos: los personajes construyen a la vez el mapa y el territorio por el que se desplazan ellos y la literatura.


Bajo lluvia tapa

Fermín Eloy Acosta, Bajo lluvia, relámpago o trueno, Entropía, 2019. 194 páginas. Premio del Jurado Bienal Arte Joven de Buenos Aires.

Imagen de cabecera: Fermín Eloy Acosta

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