ECOS NADAÍSTAS DE UN TEATRO DE LA MUERTE

Por Liliana Velandia Calderón—


Como si la historia y los tópicos de la poesía colombiana no se renovaran, vuelvo a un libro publicado en 2009: Antología del Nadaísmo. ¿Quiénes son las voces que arman el performance poético del Nadaísmo? Además de sus propios poemas, la selección que hace Armando Romero para su antología son de: Gonzalo Arango, Jaime Jaramillo Escobar, Jotamario Arbeláez, Amílcar Osorio, Alberto Escobar, Eduardo Escobar, Darío Lemos, Jaime Espinel y Jan Arb. Deja afuera a Mario Rivero, Elmo Valencia (llamado ‘el Monje loco’) y Pablus Gallinazo.

Otros que se adhieren al Nadaísmo después de su origen son Milcíades Arévalo, David Bonells, Verano Brisas y Arnulfo Arias; pero estos terminaron abandonando su militancia nadaísta para hacer un camino propio. Y según el poeta Eduardo Escobar, el grupo también estuvo integrado por mujeres: en una entrevista para el periódico El tiempo menciona a Patricia Ariza, Fanny Buitrago y Dina Merlini, pero seguro hubo otras más que pasaron desapercibidas. Luego, mienta los nombres de Raúl Gómez Jattin y Juan Manuel Rocca como integrantes del movimiento que luego se marginaron. Algo es cierto: la herencia de los Nadaístas y los que han estado para luego retirarse va mutando de acuerdo a quién se le pregunte o qué estudio crítico se lea. En lo único en lo que todos coinciden, es en su rol de agitadores vacuos, cual neblina en camposanto.

Los poemas incluidos en esta antología permiten dilucidar que los nadaístas encuadran en la poética que Jorge Monteleone denomina Teatro de la muerte, basado en Tadeusz Kantor, y que ejemplifica con algunos poemas de Mallarmé, Bernard Nöel y Héctor Viel Temperley. De hecho, las palabras de Kantor también cobran sentido en la poesía nadaísta: “Para mí el actor es el artista más sensible, porque es un poco exhibicionista. Por lo tanto posee las características del muerto. Atrae y repele. Además, como el muerto, es verosímil para los demás, para los espectadores”[1]. De esta manera, Monteleone admira “la certeza de que en el arte la noción de vida no puede ser reivindicada más que por la ausencia de vida”, pues el poema en donde el sujeto autoral construye un yo imaginario muerto es aquel escenario o teatro de la muerte, en donde se reivindica la vida. He allí la relación entre los aportes de Kantor, como resultado del existencialismo, del que también se alimentaron los Nadaístas.

Como bien lo explicó el  filósofo Estanislao Zuleta, cuando Heidegger se refiere a la muerte lo hace pensándola “como algo que está siempre allí, es decir, no solamente la muerte final sino el hecho de que la vida sea un curso hacia ella, que sea un recorrido; y que la muerte es también lo que le concierne a la vida, al mismo tiempo, todo lo deseable y todo lo perdible, lo urgente, lo irreversible”.[2] De modo que quien piense la muerte como algo ajeno al ser, está en el campo de la metafísica; pero quien la comprenda como parte de sí, deja en cambio de evadirse. Antes bien, sabe que lleva la muerte en su propia existencia y así conquista la vida, se vuelve el Dasein del que hablaba Heidegger, el ente que se pregunta por el ser y comprende que no existe fuera del aquí, del ahora. Los demás, los que ha sido y sus recuerdos, son muertos.

Se deja leer en la antología que los nadaístas fueron seres existenciales, agitadores del espíritu, porque ante la angustia de la inminente muerte, toda ocasión por subvertir el orden fue la forma de atestiguar que existieron; pero siendo conscientes de que su revuelta era inútil, fueron seres absurdos y su revolución una nada. No es para menos: en Colombia aprendimos a no huirle a la muerte, sino a burlarla, bailarla, cantarla, poetizarla y ocupar su lugar, para salvar la vida del destino más atroz: el olvido. Entonces, ¿cómo hacen del poema el teatro de la muerte?

El poeta Jaime Jaramillo Escobar, también conocido como X-504, es considerado por la crítica de Colombia como el poeta nadaísta de mayor calidad literaria. Según la profesora Mar Estela Ortega, el libro cumbre del nadaísmo es Los poemas de la ofensa, y en uno de sus poemas se lee: “Cuando un desconocido se encuentra con otro desconocido, o lo mata o le pregunta algo. / Los charlatanes pueden alargar indeterminadamente la conversación, a fin de prolongar con ella la vida (…) Contra la muerte no cabe nada, ni siquiera disfrazarse (…) / Tampoco la negación anula la Muerte. Yo afirmo la Muerte con mis doce pares de costillas. De modo que no queda más que prolongar la conversación indefinidamente”[3]. De lo que habla aquí el poeta colombiano es del quehacer literario: el escritor encuentra lo esencial en la prolongación de la conversación: el poema. El poema es el teatro en donde se hace funcionar a todos los muertos, él en primer lugar, pues se sabe muerto de antemano.

¿Quién puede afirmar la Muerte? Solo quien la ha conocido, así como quien atraviesa una experiencia se convierte en el mejor maestro para evitarla o repetirla. En el caso de la muerte, que tanto Heidegger como Jaramillo consideran la única posibilidad del Dasein por ser intransferible, inesquivable. De tal manera que mientras llega el destino irreversible todo lo que elija ser es pasajero, es decir, que de alguna manera ya estamos muertos o próximos a serlo.

X-504 escribe un Aviso a los moribundos, recreando la voz del poeta como la del profeta de la muerte: “Vengo de parte de la Muerte para avisaros que vayáis preparando vuestras ocultas descomposiciones”[4]. Si se atiende a lo que dice Monteleone respecto a la idea del poema como teatro de la muerte, encontramos en éste que la vida es rememorada a través del deslizamiento que hace el yo imaginario al ponerse en el lugar cero del muerto: “Vuestros vecinos ya no os molestarán… ya no os acosarán más vuestras deudas… Ni habrá nadie que os pueda imponer una disciplina que os haga rabiar… Oh vosotros, que aspiráis a otra vida porque no os amañasteis en esta: yo os aviso que vuestra resurrección va a estar un poco difícil (…)”[5]. El sujeto autoral se ha desplazado del lugar de la vida para poner su yo en un escenario desde el cual hablar de parte de la muerte, y su mensaje es vivificador, es el aquí, el ahora lo único que tenemos antes de la posibilidad irremediable.

Tal como Heidegger lo argumenta en Hölderlin y la esencia de la poesía, la poetización es el acto mediante el cual el ser logra construir un mundo esencial y ese acto fundamental lo salva del olvido. Si bien el yo imaginario enaltece la indiferencia como mecanismo para tener la felicidad, nadie logra la indiferencia salvo los dioses o los muertos, para quienes las mortales experiencias resultan vacuas. Para esto una Demostración final de Gonzalo Arango, voz del más conocido de los Nadaístas: “No puedo ser infeliz de ningún modo, puesto que el Ser no creó la infelicidad…/ Estáis pensando en la muerte, lo de siempre./ También es feliz, por eso se llama viaje, sorpresa…/ Nada afecta mi felicidad porque soy imperturbable ante ella…/ Lo último que podré hacer será también un suceso feliz, porque la felicidad está principalmente en la indiferencia…/ Es todo por hoy”[6]. Apenas vi un fragmento de la obra La clase muerta de Kantor, pensé en este poema: todos como seres inalterados, aprendices de muertos, una estética que llevada al escenario del poema o del teatro nos sacude, nos conmueve y nos revitaliza, si acaso nos hace sentir menos muertos y más emparentados con aquellos que caminan a nuestro alrededor.

En conclusión, la Antología del Nadaísmo de Armando Romero es un excelente tráiler de ese documental sonoro que han escrito los poetas colombianos contemporáneos: aún hoy resuenan los ecos nadaístas de un teatro de la muerte.

 

[1] Monteleone, Jorge. “Poesía y vida: el poema como teatro de la muerte”. En: María Eugenia Bestani y Guillermo Siles (Comps.), La pequeña voz del mundo y otros ensayos, San Miguel de Tucumán, Facultad de

Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Tucumán, 2007, pp. 57-72.

[2] Zuleta, Estanislao. (2010). Arte y filosofía. Medellín: Hombre nuevo editores. P. 115.

[3] Jaramillo Escobar, Jaime. (2009). “Los poemas de la ofensa”. En: Antología del Nadaísmo, Sevilla: Fundación BBVA-Biblioteca Sibila. P. 54.

[4] Ibíd. “Aviso a los moribundos”. En: Antología del Nadaísmo, Sevilla: Sibila. P. 64.

[5] Ibídem.

[6] Arango, Gonzalo. (2009). “La mira del Señor”. En: Antología del Nadaísmo, Sevilla: Fundación BBVA-Biblioteca Sibila. P. 77-78.


Tapa Antología

Armando Romero, Antología del Nadaísmo, Fundación BBVA-Biblioteca Sibila, 328 páginas.

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