ZURITA, UNA VELOCIDAD DE UNIVERSO

Por Pablo Queralt—


Un montaje supersónico de imágenes, ideas, sentidos que van en direcciones diversas, paisajes por donde el sufrimiento pasó: ésa es la translación que propone en Inri (2003) el chileno Raúl Zurita (1950) en sus poemas escena-acción. Estética de los “nadies”, aquello desaparecido que en los párpados del cielo se hace nuestro, un sueño donde nadie muere. Ése es su canto. Rescata lo que hay vivo, aquello que se mantuvo aún muerto, desaparecido, vigente en ese espacio de tiempo que nunca dejó de mirarnos.

La incertidumbre, la confusión que da su pique, sus palabras, son la enseñanza el signo que debemos entender para seguir. Proponen una velocidad-Zurita a la cual vemos pasar las cosas, como en un Fórmula 1, resucitando horizontes, con la nitidez de aquello que decía: estás muerto, pero ahora estas vivo. Es un regresar a la casa para contar de ese campo incorporal, donde se estuvo llenando el espejo de lo perdido y zumbó por dentro en su umbral de lo neurotransmitido, un gemido entrecortado que se oye y no se oye. Espacios alucinantes montañas, estrellas, flores, nieve, abismos, ese granizo que no deja de caer. Todo se incendia cielo arriba, ese torbellino en la luz que va y vuelve del campo de batalla. Todo lo consumado, todo fue consumido, las cales blancas de los muros ahora son plástico, es el INRI de los muertos y desaparecidos. Es la vida que vuelve de los que fuimos asesinados, rotos en esta resurrección de los libres del mundo que responden “Oh juremos con gloria morir”. Si esta es su verdad, su canción, un grito último.

La poesía de Zurita irrumpe, no pide permiso, entra y se apodera del espacio del texto, y hace su crónica de todos los amores muertos que fuimos. Observa, pregunta, se pregunta y profetiza o asegura un devenir. Él oye, escucha cómo ver de nuevo. Y narra ese escenario que pone en el papel, un rostro es una flor en el desierto tal como el desierto es una noche para las flores. Y se convence que las flores nos aman con un amor que nuestra patria nunca nos dijo y a la vez que aún las flores muertas nos aman. En un todo subiendo al cielo.   

Se traslada en la universalidad del mar, cielo, cordillera con su fuerza expansiva contraponiendo la soledad, el horror, el terror del desaparecido muerto, creando un estilo poético de narrar con todo eso que envenena el aire, en una suerte de Truman Capote o Rodolfo Walsh poético. El espacio del poema es la inmensidad y allí el encuentro de las almas: los muertos y los vivos encuentran su paisaje inexistente para el que no esta atento y los poemas de Zurita son los signos y señales significantes de esa noción, espacio del vacío que es llenado, y así sucesivamente en esa cadena, enlaces de poemas.

Sus poemas, como cuerpos arrojados, flores existentes o inexistentes, ruta de la soledad surcando un océano, liberándonos de lo encerrado, para que el tiempo de la vida no se nos pase deseando sin conocer. Algo que perviva más allá de morir. Hay un todo Zurita buscándonos pedazo a pedazo, como un país desmembrado que volviera a juntarse. Esa idea de totalidad de un todo que emerge de una virtual ilusión de separación, como olas de un mar que ondula levantándonos de nuestros cadáveres.     

Algunos de sus poemas son volcánicos nos lleva en esa erupción a flor de piel, en una invitación a una fiesta de los sentidos. Ese “ser-ahí”. Una voz que expande su universo, su real, la reactualización de un antes, en un ahora mezclado, reterritorializando una unidimensionalidad desde una polifonía estética, el sentido pleno de la máquina sensible.

Poemas como ecosistemas que buscan el gusto por vivir, un territorio existencial donde encontrarse, un presente que nos salva.

Un universo transpolado de líneas de fuga, en una intensidad que va desde lo finito a lo infinito y así en círculos, que avanzan en las líneas del poema, en la caosmía del movimiento. El holograma entre ser y no ser, en esa nada, vacío en que el poema arremete. Zurita es el testigo. Instala un hábitat de recomposición, una forma de ser, su matrix.

 

*

Escuchamos caer el mar, las cumbres, las llanuras

y eran nuestros cuerpos ciegos los que se

derrumbaban amontonándose debajo de las

piedras. Las margaritas gimen y tal vez ellas son

los dedos que nos palpaban tocando en nosotros las

vaciadas costas. Quizás es común para las flores.

En una tierra enemiga es quizás común que las

margaritas se doblen tocándonos en el mar

desmoronado. En una tierra enemiga tal vez las

margaritas palpen subiendo en sus dedos las

montañas.

 

*

 

Están la cordillera de los Andes y el Pacífico

abrazados debajo de las piedras. Las margaritas

crecen en la primavera. Tal vez la primavera

crezca. Tal vez las montañas y el océano

abrazados se levanten desde abajo de las piedras

y sean margaritas de la nueva primavera.

Bruno, Susana, tal vez sus cuerpos se levanten

desde debajo de las piedras. En una tierra enemiga

es cosa común que las margaritas sostengan la

nieve que quedó de los cuerpos en la

primavera.


Portada-de-INRI-de-Raul-Zurita-por-Editorial-Mansalva

Raúl Zurita, INRI, Mansalva, 160 páginas.

Imagen de cabecera: Raúl Zurita.

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