LITERATURA Y BARBARIE. Sobre “Nuestra verdadera sangre” de Agustín Caldaroni

por Rolando Pérez—


Si uno de los consejos más comunes de los maestros de la escritura, y de los más difíciles de lograr, es que el relato pueda ser visto más que leído, los cinco que componen Nuestra Verdadera Sangre (Palabras Amarillas, 2019) de Agustín Caldaroni, se sostienen en la mente del lector como una lenta cartografía, un mapa detallado y altamente evocador de los contextos donde se juegan sus historias. Es un libro crudo, veraz, de un realismo sin opacidades, sin escamoteos, escrito con un desacostumbrado interés por el detalle en la descripción, y un medido y trabajado manejo en los efectos que el tiempo del relato ofrece al desarrollo de la trama. El título del libro es, además, una declaración. Por un lado expone de manera significativa aquello que está en juego en sus mejores relatos: la amistad incondicional y sus equívocos (nuestra verdadera sangre son los amigos, dice el narrador de “Fefé”) y por otro vuelve manifiesto un elemento crucial que marca el límite de los lazos entre los protagonistas, la propia sangre.

Estamos en el suburbio, en los barrios fronterizos, donde las amistades entre los chicos suelen mezclar al prudente hijo del empleado público con los atrevidos y violentos hijos de la miseria. Los espacios, en esos barrios y en muchos otros del conurbano, son zonas de tránsito donde las relaciones siempre están a punto de resquebrajarse y volverse una amenaza: “Nos juntábamos cada tarde para perdernos en ese reino de fábricas muertas, de muros colosales que nos templaban el instinto, pintadas en aerosol donde un toro verde y negro nos empujaba en cada esquina a rompernos los huesos, a hundir la carne en carozos de vidrio y cascotes.” La fascinación del peligro es un condimento natural de la amistad en la infancia: irse a la aventura, desafiar los límites del barrio, de lo permitido, de la ley familiar, en este libro todo eso puede ejercitarse como una convención de la fantasía de unos chicos que entran en un campito baldío para jugar a los expedicionarios, o puede ser algo sumamente real, como enfrentarse en una pelea, someterse sexualmente, y salir con tajos y marcas para toda la vida. Las relaciones peligrosas, el clásico de la literatura galante, podría ser un antecedente para estas historias desaforadas del libro de Caldaroni. La diferencia es que mientras el militar francés trabajaba con la recamada movilidad de las clases altas del siglo XVIII, Nuestra Verdadera Sangre lo hace con la juventud y el lumpenaje. Las relaciones peligrosas significan, para muchos de los que hemos crecido en el suburbio o en los barrios fronterizos, una vivencia cotidiana de nuestra adolescencia. Hay amigos del bien y amigos del mal, sentencia uno de los narradores, “un amigo diplomático, liberal, un republicano de la amistad, una amistad basada en la legalidad y el mínimo sacrificio” es un amigo del bien, pero los héroes son los amigos del mal, las relaciones peligrosas. La mayoría de los relatos que componen Nuestra Verdadera Sangre, hacen sus fintas argumentales en los baldíos desmalezados a mano y no en las tersas superficies de una carpeta sintética. Actores amateurs marginales que se encuentran en el mundo del cine sin voluntad de volverse famosos y con el sólido convencimiento de no pertenecer a la pantalla; dos amigos amigos que han compartido el amor por las mismas mujeres y que ya grandes vuelven a reencontrarse en un ritual erótico; un chico que sale a buscar su novela de formación entre el lumpenaje de Villa Insuperable; el asado de un grupo de amigos en medio de un escenario apocalíptico; todos ellos y algunos otros personajes tan visibles como la espesura de un jardín regado al sol, constituyen el mundo estremecedor y fascinante del libro de Agustín Caldaroni, Nuestra Verdadera Sangre


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Agustín Caldaroni, Nuestra verdadera sangre. Palabras amarillas, 2019, 145 páginas.

Imagen de cabecera: Agustín Caldaroni. 

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