Sobre “En el hueco que queda” de Giselle Aronson

Por Carolina Bugnone—


De una boca-hueco está hecho En el hueco que queda (2019, Halley Ediciones) de Giselle Aronson, libro que encadena y trabaja los agujeros para que olvidemos cuánto nos aterran. Huecos que dejaron los ideales caídos: “la palabra futuro, Patria / igual, diverso. / Otro”, y sin embargo no hay allí resignación, sino la esperanza de que al despertar seamos memoria y luces encendidas: “Hoy velan a Santiago. / En la espera / encendimos velas por las noches”. Así, de lo social a lo más íntimo como es el insomnio, ahueca Aronson las páginas de este libro. En el no sueño de las noches, los movimientos concéntricos del desvelo giran sobre un tiempo incierto, bíblico, un tiempo mentira, poético y absurdo como cualquier otro tiempo.

De una boca-espera está hecho este libro, espacios entre palabras o chispazos que llegan tarde o temprano a la voz, se guardan en un saco con capucha y no resistirán mucho tiempo ahí. Hasta la libertad flaquea: “No sirve la libertad cuando se espera”. Pero también nos dice de la espera que se transforma en una negativa, a través de los poemas viejos: “Todo / mi imperio de palabras / derribado / frente al golpe / de tu / no”. Y también: “No voy a darte / siquiera el impulso / que hace que la aguja / mueva mi tiempo. / No pudiste aspirar / ni una partícula / del aroma que define / mi perfume. / No lo lograste, y por lo mismo, / no te dejaré, / porque ya no quiero / que adivines / mi esencia”.

De una boca-pregunta está hecho este libro: “¿Qué es lo peor del desierto? / ¿La soledad, la aridez, / el fuego, el resplandor? / Lo interminable”. Y también: “¿Si los peces lloran? / No pueden cerrar los ojos, / su pena es el espanto. / No tienen / el alivio de los párpados”.

De una boca-furia está hecho este libro, de tormentas que se piden furiosas, no premonitorias, no desperdiciadas. Pero también de lluvia que condensa en su caída tiempo, espera, pregunta: “No sé si llueve / o si es el reloj / o si es lo mismo.”

Y, recorriendo el hueco de punta a punta, de una boca-cuerpo está hecho este libro. Un animal excesivo, hambriento, demandante; una espalda cubierta por el pelo que antes faltaba, donde alguien pedía mirar porque no estaba viendo; de unos ojos o una boca que se tapan y aun así siguen hablando; de la montaña rusa de los rulos del deseo; de un cuerpo que camina y no cree en su proeza: “No le envidio el cuerpo, / es sólo que a mí me gustaría / tener la misma potestad / sobre el mío, / torpe y extraño / como un animal ajeno / al que no se conoce / demasiado”. Resuena aquí Viel  Temperley  y su cuerpo desconocido, como resuenan también canciones de Silvio Rodríguez y Fito Páez a través de todos los poemas.

“Hay palabras que no se las lleva el viento. / Hay palabras que son el viento”, dice. Y hay libros-viento, como este.


en el hueco que queda 2da

Giselle Aronson, En el hueco que queda, Halley Ediciones, 2019.

Imagen de cabecera: Giselle Aronson.

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