SANITARIOS CENTENARIOS. Historia de un país, historia de una novela

Por Gabriel Ossa—


Pero ¡cuidado!
Ahora los argentinos andamos
muy delicados de los intestinos.
‘‘El banquete’’ (Virus, 1982)

Fernando Sorrentino es un postergado en el campo de la literatura argentina. Sirva como metáfora la siguiente anécdota personal. Había leído, en la escuela, un cuento suyo llamado ‘‘El examen’’; el texto, que constaba de una o dos fotocopias, era, como puede adivinarse, de temática escolar y entroncaba en la línea fantástica de Cortázar. La fotocopia se perdió y, con ella, el nombre de su autor, hasta que recientemente en una librería de usados di con una novela suya: Sanitarios centenarios (2000).

En ella, Hernando Genovese, protagonista y narrador, compartimenta su vida (o su relación con el lenguaje) en ‘‘comarcas íntimas y externas’’. Se encuentra, en las primeras, abocado a la elusiva escritura de un cuento fantástico cuyo tema le fue anunciado en un sueño: me gusta creer que su volatilidad es semejante al recuerdo opaco que conservo yo de ese otro cuento del autor, ‘‘El examen’’. La ‘‘comarca externa’’, mientras tanto, refiere a su trabajo de publicista; el trazo grueso de la novela coincide con esa faceta de Hernando, quien debe lidiar con McCormick, jefe de la agencia publicitaria, y, fundamentalmente, con el clan Spettanza, dueños del emporio de sanitarios homónimo y flamante cuenta de la agencia.

Alberto Laiseca, escritor argentino que sí ha adquirido (con justicia) cierto prestigio en las letras nacionales, repetía que el delirio es una lupa para ver mejor la realidad. El tratamiento paródico de Sorrentino ilumina la historia remota del país, el mito de su era dorada. Así, con motivo del centenario de Sanitarios Spettanza, en la revista de espectáculos Antropoides leemos la semblanza de quien fuera su hacedor:

“…en un montón de basuras, entre las latas, los pedazos de corcho, las botellas vacías, vio algo blanco y brillante. Se agachó, lo levantó, lo miró como si fuera un diamante o el cuerpo de un pájaro desconocido. Pasó sus dedos rugosos de inmigrante sobre el objeto bruñido. ¿Dónde había visto antes ‘eso’? Allí había unas letras azules, pero M. S. no sabía leer ni escribir. Aún lo laceraba el recuerdo del hambre, allá en su aldea. Y después, la esperanza de América.”

A un siglo de la epifanía de M. S., su tataranieto Lucas acuerda con Hernando los detalles de la campaña publicitaria; esto es, promocionar las cuatro líneas de sanitarios (Buckingham, Royal, Majestic y Northampton), cuyas ventas de dimensiones mundiales se convierten en asunto de Estado. La hipérbole viene a confirmar la máxima de Laiseca, en este caso, sobre la histórica dependencia de Argentina con Inglaterra.

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Lucas Spettanza tiene en común con su antepasado el no saber escribir, ya que el manuscrito institucional, redactado por él, es una aberración ortográfica y lógica para Hernando, aunque uno de los momentos más graciosos de la lectura. Por si fuera poco, cuenta con un diccionario de sinónimos, siempre listo a la hora de escribir sus textos poéticos: ‘‘«Los poemas y los aforismos», pensé. «No creí que me los mostraría hoy mismo: había dicho ‘un día de estos’»”. La situación, vale aclarar, tiene lugar en la intimidad de la habitación de Patricia, hija de Lucas, y que Hernando se había refugiado ahí escapando del empresario y de la cena de compromiso a la que McCormick lo había enviado en representación suya. A cambio de esto, negocian una semana libre en el trabajo, en la cual Hernando planea retomar el borrador de su cuento.

Al regresar a la agencia, redacta para la campaña guiones de cine y tv y cartas comerciales, gesto que emparentaría a Sorrentino con la literatura de Manuel Puig. Superficialmente, porque en el primer caso hay un claro y único productor (Hernando), mientras que la polifonía es consustancial al proyecto literario de Puig como la destrucción del narrador. Por otro lado, Sorrentino busca parodiar los estereotipos de la publicidad y el costumbrismo argentino. Publicada en el año 2000, Sanitarios centenarios es, en realidad, una versión ‘‘muy reelaborada’’ de la edición original de 1979 –nos enteramos en la modesta entrada de Wikipedia sobre el autor–. Entre una versión y otra, hay quince páginas de diferencia a favor de la más nueva, la que tomo de referencia.

¿En dónde reside, pues, el cambio? ¿Un capítulo añadido, o la rescritura es integral? La ambientación de la novela carece de referencias temporales, a no ser por un dato: la muerte de John Lennon. Antes de la incómoda aparición de Lucas Spettanza, su hija y Hernando conversan acerca de los Beatles y se presupone, en el contexto, a los cuatro vivos. Este detalle y el vocabulario de Patricia asentarían el tiempo de la novela en paralelo al de la primera edición. Creo, no obstante, que la época es un aspecto secundario; o hay continuidades, tanto en lo cultural como en la política económica, entre la dictadura de 1976 y los años 90’ en Argentina. En la memoria social, esta década se asocia a las privatizaciones de las empresas públicas junto a la apertura de las importaciones y la equiparación del dólar al peso argentino. Por otra parte, en el imaginario argentino hay una publicidad (una dictadura no se sostiene solo con fuerza) sobre los beneficios que traerían las importaciones a la industria nacional en tiempos del gobierno militar. El modelo del spot publicitario era una simple silla; en los guiones de Hernando, la estrella es el sanitario, segmentado en cuatro tipos de clientes, aunque todas las líneas –como fue dicho antes– de aristocráticos nombres.

El humor y la publicidad son niveles del lenguaje, que en la novela se despliegan alternada o simultáneamente. La gran fiesta de Sanitarios Spettanza culmina con la elección de Miss Inodoro –desmontado el espurio brillo de la publicidad–. Los invitados son los mismos de siempre, debe haber pensado Sorrentino al rescribir el libro. Lo que su imaginación no pudo anticipar fue la cuenta de aquella fiesta. No tardó en llegar. Fue a fines de 2001: el capítulo más ominoso de la historia argentina contemporánea. Dos jornadas de levantamiento popular dejaron treinta y nueve muertos; el presidente huyendo en helicóptero; otros tres, en el lapso de diez días, desfilaron por el cargo y dimitieron.


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Fernando Sorrentino, Sanitarios centenarios, Sudamericana, 2000, 157 páginas.

Imagen de cabecera: Fernando Sorrentino

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