FACUNDO CABRAL, el escritor nómade en su paradigmático “Paraíso a la deriva”

Por Ciro Herrero—


La incógnita razón del insight visceral, que llevó a Mimi Stromi a tomar aquella absurda e inesperada decisión, siempre ha merodeado mi fatigada intuición. Nunca sabré porque intentó deshacerse, a través de un hecho demoledor, de aquel statu quo que circundaba su vida y que ella visiblemente detestaba; aunque, curiosamente, solía con frecuencia coquetear con él. Aquel atardecer interminable del suceso deduje, con alelada simplicidad, que el móvil del hecho provenía de la resaca de alguno de aquellos cócteles prohibidos que Mimi acostumbraba explorar; una deducción fofa que, posteriormente y con el paso esclarecedor del tiempo, feneció en la errónea línea ilógica de mi silogismo imperfecto.

Ingresé a su departamento, ubicado en un pasaje estrafalario del barrio de Palermo, agotado del trajín laboral. Una pequeña nota escrita con ligereza dormitaba a la espera de mi llegada: “Regreso tipo 20 horas y vamos a cenar al restaurante croata de la av. San Juan. Besito lunático. Mimi”. Las luces del living estaban encendidas y desde un ordenador sonaba un viejo hit de Alain Bashung: “Madame rêve”, que invitaba a tirarse en el sofá y simplemente mirar el techo. Algunos clásicos de la chanson francesa solían acaparar y deleitar la atención de Mimi, que siempre reía a carcajadas cuando su pretendida fonética francófona tropezaba con algo tan simple como pronunciar correctamente el nombre del escultor francés Auguste Rodin. Sobre un viejo mueble vajillero azul añil, que en su interior albergaba supuestamente todo tipo de enseres domésticos, encontré despedazado un ejemplar de Tiempos líquidos, del polaco Zygmunt Bauman. No me pregunté, en ese instante fugaz del chocante descubrimiento, qué habría sucedido con el libro; quizás porque conocía sus habituales arrebatos, producidos por la interacción entre sus pensamientos eléctricos y sus sentimientos magnéticos. A pocos centímetros del libro hecho trizas, una edición de Taschen conservaba su lozanía: Duchamp, cuya tapa de fondo azul, en su inconsciente mimetismo con el mueble, fue la heroína de salvar el ejemplar de la destrucción de Mimi. Tomé el libro, me serví una copa de vino rosado y me tiré en el sofá de aquel living retro, con la intención de redescubrir los famosos ready-mades de Marcel Duchamp.

Al cabo de unos minutos desperdiciados elegantemente, un quejido agónico, proveniente del cuarto de baño, me sobresaltó e inmediatamente corrí hacia allí. El cuerpo semidesnudo de Mimi estaba tendido sobre el suelo y unas gotas de sangre se lucían tímidamente en su antebrazo izquierdo, casi a la altura de su muñeca. Un cuchillo pequeño y un frasquito repleto de pastillas, arrojados en el interior del bidé, reposaban inocentemente. Llamé al Servicio de Emergencias Médicas y posteriormente cargué a Mimi en mis brazos y la llevé a su dormitorio. Sus muslos flácidos, que tantas veces vi tornarse turgentes al incendiarse su útero, cayeron fríos sobre la cama que albergaba un libro cubierto levemente de moho. Abrí su puño izquierdo, que parecía esconder una verdad inconfesable, y encontré apretujado un diminuto caballito de mar tallado en cristal: un viejo souvenir, según Mimi, producido en la región de Baccarat que ella adquirió en Zagreb y desde entonces siempre la acompañaba a todos lados. La palidez pétrea de su rostro se resquebrajó en el mismo instante que logré extraer de su mano el aprisionado caballito. Abrió sus enormes ojos negros y un fugaz balbuceo, incomprensible para mí, culminó en un breve llanto. Con dificultad extendió su brazo, tomó el libro que estaba sobre la cama y lo aferró con vehemencia sobre su bajo vientre. Finalmente, fue trasladada en una ambulancia a un hospital cercano, con el libro y el caballito de mar a cuestas; pues no quiso desprenderse de ellos. Durante los tres días que permaneció en el nosocomio se negó a hablar sobre la razón de lo sucedido; algo innecesario, según ella, porque ambos compartíamos un par de principios acerca de la muerte y de la vida que estaban por encima de cualquier razonamiento adquirido. Durante su estadía me pidió que le leyera algunos párrafos de aquel libro enmohecido que la acompañó hasta allí: Paraíso a la deriva, de Facundo Cabral, trovador al que nunca le dispensé atención, con una faceta de escritor desconocida para mí hasta ese momento. “Despercúdete de ideas preconcebidas sobre Cabral. El libro es buenísimo. Fue Borges quien hizo un llamado a la Editorial Sudamericana para que lo publicaran. Sí, el mismísimo Jorge Luis Borges. ¿Puedes imaginar eso? Y lo que es más sorprendente, aún, Borges persuadió a Cabral para prologar este libro, algo que finalmente no sucedió”, me dijo Mimi en su primer intento de convencerme en compartir la lectura. “Te encantarán su ironía y la simpleza que impregna su vida. Lo he leído dos veces. El corazón de este personaje suda. ¿Entiendes? Suda incandescente en su profunda sencillez”. Un rígido señalador con la imagen de un unicornio asomaba en la página 72 y desde allí comenzamos a pendular sobre aquel Paraíso a la deriva que proyectaba un supuesto retrato íntimo del autor.

FOTO- 1 - MIMI
 Mimi Stromi

Cuatro meses después de aquel episodio triste, acaecido a finales de 2014, Mimi comenzó a jactarse de no sentir la necesidad de sumirse a una lógica prestada para vivir perpetuamente en el borde de las apariencias. Una madrugada cualquiera, un frasco cuya etiqueta manuscrita rezaba: “Estabilizador del Ánimo”, salió desvelado desde un escondrijo del botiquín de su baño y, sin vida, la vi dormida para siempre con el ejemplar de Paraíso a la deriva en sus manos. Mimi Stromi, el personaje de la noche que siempre portaba sobre su pecho una pesada pieza tubular de bijouterie en la cual solía transportar alguna sustancia prohibida, simplemente había dejado de participar de estos tiempos pacatos y remilgados donde la corrección política es ley. Un final marcado por una imposición mortal que oscureció su mente y acribilló el eterno arqueo de sus pestañas. Un par de días después de que su familia paterna repatriara sus restos, comencé a leer Paraíso a la deriva, en un intento quizás baldío por comprender los atisbos de aquella sensibilidad extrema plasmada en la obra literaria que Mimi tanto admiraba.

FOTO- 2 - MIMI
 Mimi Stromi

El cantautor argentino Facundo Cabral (1937 – 2011), uno de los artistas más admirados de Latinoamérica, siempre ha fascinado con su historia paradigmática de vida. Este creador autodidacta, difícil de catalogar, tuvo una infancia marginal. A la edad de catorce años estuvo preso en un reformatorio, donde conoció a Simón, un jesuita que le enseño a leer y escribir, además de ponerlo en contacto con la literatura universal e impulsarlo a realizar sus estudios de educación primaria y secundaria, los cuales terminó de manera inusual en tan solo tres años. Escapó de la prisión, ayudado por el sacerdote, un año antes de cumplir su condena. En una vieja entrevista televisiva, Facundo Cabral expresó acerca de sus comienzos: “Empecé a cantar con los paisanos, con la familia Techeiro. El 24 de febrero de 1954, un vagabundo me recitó el sermón de la montaña y descubrí que estaba naciendo. Corrí a escribir una canción de cuna, ‘Vuele bajo’, y ahí empezó todo”.

Con su guitarra al hombro, en 1959, se trasladó a la ciudad de Mar del Plata; donde el dueño de un hotel le dio la oportunidad de cantar en público por primera vez, iniciando su carrera musical con el nombre artístico de El Indio Gasparino. En 1970 grabó “No soy de aquí, ni soy de allá”, un éxito musical que le dio fama internacional. Este hit, traducido a nueve idiomas diferentes, fue grabado inmediatamente por Alberto Cortez y posteriormente versionado por artistas de la talla de Julio Iglesias, Pedro Vargas, Jorge Cafrune, Gian Franco Pagliaro y Neil Diamond, entre otros. Siendo la mejor versión, según Mimi, la que realizó Jorge Cafrune. Forjó una carrera musical que osciló entre el compromiso social, el humor y la reflexión espiritual, con decenas de éxitos que lo llevaron a recorrer los distintos escenarios del mundo, estimándose que visitó más de cien países en su nomadismo artístico. Quizás por esto, este artista que solía jactarse de jamás haber vivido en una casa, se autodefinió como un “Vagabundo First Class”. Su vida toma un rumbo espiritual de observación constante, ante la pérdida de su esposa e hija en un accidente aéreo y en 1996 la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) declaró a Cabral “Mensajero Mundial de la Paz”, por su constante llamado a la paz y al amor. Miembro Honorario de Amnistía Internacional y nominado al Premio Nobel de la Paz, este gran hombre que en una ocasión expresó ser violentamente pacifista, fue brutalmente asesinado en un absurdo y trágico episodio ocurrido en la ciudad de Guatemala.

FOTO- 3 -CABRAL
Facundo Cabral

Muy pocos conocen la faceta de escritor de este artista que poseía un don magnífico para relatar historias y al momento de definir su trabajo aseguraba que él representaba lo que en la Edad Media se conocía como juglar. No resulta extraño que este creador de espíritu místico que alguna vez manifestó: “Estoy casado con la literatura; la música es mi amante y juntos hacemos un gran trío”, haya producido una obra literaria de notable maestría. Como autor literario ha escrito varios libros aparte de Paraíso a la deriva: Conversaciones con Facundo Cabral, Mi Abuela y yo, Salmos, Ayer soñé que podía y hoy puedo, Cuaderno de Facundo y Borges y yo, en el que repasa sus diálogos con el célebre escritor argentino.

Paraíso a la deriva, presentado como una obra autobiográfica, viola los preceptos de este tipo de género. Su obra no recorre simplemente la amplia vida de su autor; quizás por esto el escritor Ernesto Sábato adujo al respecto: “Son cuatro libros en uno: 1. Mayoritariamente con párrafos de narración literaria, 2. Con rasgos reconocibles de autobiografía, 3. Salpicado de estrofas poéticas y canciones y 4. Incluye datos e informaciones históricas, artísticas y de otros campos de la cultura en general”. El maravilloso viaje de índole reflexiva que transporta el Paraíso a la deriva de Facundo Cabral invita al lector a embarcarse en la paradigmática vida de su autor. Quizás por este paradigma es que Mimi admiraba con fascinación esta gran obra; simplemente porque la vida misma de este juglar, que deshoja su alma en cada párrafo de su historia, es una gran novela digna de ser escrita, leída y admirada. Buen viaje Mimi Stromi y Facundo Cabral.


FOTO- 4 - TAPA-LIBRO

Facundo Cabral, Paraíso a la deriva, Editorial Sudamericana/Planeta, 1985, 196 páginas.

Imagen de cabecera: Facundo Cabral.

 

 

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