Sobre “Veinte líneas por día” de Harry Mathews

Por Pablo Queralt—


Para Harry Mathews (Nueva York, 1930-Cayo Hueso, 2017) escribir es borrón y cuenta nueva, una página en blanco a llenar es cada día. El poeta neoyorquino nos sorprende en su calendario de escritura como en una bitácora o cuaderno de secretos. Y así lo demuestra en sus Veinte líneas por día (Mansalva, 2015; trad. de Cecilia Pavón).

Poeta y novelista del grupo de John Ashbery, Kennet Koch, y miembro del grupo Ouvoir de Littérature Potentielle (Oulipo) junto a Calvino y Queneau, reúne en su libro Veinte líneas por día los textos escritos desde el 17 de marzo de 1983 hasta el 25 de junio de 1984: ideas que se le ocurren al poeta como la de ir a la ópera para llorar y soltar sus emociones, que de otra forma quedarían contenidas, reprimidas. En cada página se revela un misterio, se nos da un conocimiento que en realidad es sabiduría, esa que se necesita para vivir, en el sentido de reconocer, agudizar el sensorio en las cosas que verdaderamente hacen al ser. En ese sentido, sin proponérselo quizás, sea este libro un manual, una suerte de Tao que ilumina.

Varios son los motivos que animaron la escritura en Mathews, y se interroga al respecto en cada página de estas veinte líneas: cómo estar sentado en un tren agiliza su pluma, por ejemplo, en ese movimiento sin moverse que da el viaje en tren, como decía Francis Ponge, clima perfecto para ver y reconocer a alguien hace años no frecuentado, en esa melancolía patética, esa alegría perdida hace años, en ese espasmo de abrazarse “como queriendo aniquilar juntos todo el tiempo que habíamos estado sin vernos”.  

Todavía me sigue impactando su potente claridad de consciencia al releer su encuentro con su amigo Bobby, bebedor alejado del alcohol, al notar que el alcohol es una sed que da más sed. El autor concluye “que eso hacía más interesante la posibilidad de dominar el problema, lograrlo demostraría que incluso la ebriedad puede ser un agente de consciencia que la frase ‘in vino veritas’ no se refiere exclusivamente a la exposición involuntaria de uno mismo sino, también a la posibilidad de una lucidez consciente” 

Los textos de este libro son ese lenguaje universal donde se conjugan poesía, ensayo, novela, prosa. Se podría decir que este género es donde se encuentran todos los demás, como lo hacía George Perec o Arnaldo Calveyra y muchos otros tantos, como Severo Sarduy.  Es el momento en que el país de los libros se iguala al país de la vida. Allí radica el genio de su escritura, su verdad: “El libro ya no será algo imaginado sino algo escrito algo que existe fuera de vos. Un niño en un útero significa la vida misma”. Además de escribir sin quererlo su propia autobiografía, aunque sea otra biografía o solo se revelen en esas historias algunos recuerdos, como un poder llegar a cosas que desconoce a través de su verdadera historia, en otra historia que es la que esta contando y no es la propia: “Mi vida recordada y mi vida inventada”. Esto es como quitarse envoltorios para llegar al estilo, cuando en otra página, otro día, se plantea escribir “bien”. Donde se convoca a Roland Barthes, para que la escritura sea natural y personal, y que ese envolverse el cuerpo en los sentidos, para que no se vea, ese pudor, dice, no le quite el brillo a la escritura, a lo propio, al tono del que habla, el detalle que enamora. Hacen a la cosmogénesis, la poiesis de su escritura. “A pesar de todo lo que ya he aprendido, todavía me falta aprender lo esencial, y que vivir como lo hago, entre revelaciones, es vivir en base a la experiencia muerta, vivir de conceptos”, dice el autor. Yo diría vivir la experiencia muerta, anulando la fuerza inspiradora “el poder del universo esta en mí”. Esa forma de decodificar “el mensaje definitivo”.

Mathews arrastra en sus escritos universos propios para hacerlos terreno existencial, ese terreno de todos. Cada línea abierta libera ideas expansivas, ese material sensible que se potencia. Este libro, en ese sentido, compone una unidad de constelación, es un metabolismo vital que nos atraviesa transversalmente, formando un nuevo sentido en las cosas. Y se da a un juego de preguntas, interrogantes, planteamientos “¿qué tema no penetra nunca estas páginas? ¿Y si esa exclusión no pondrá en peligro todo el proyecto?”. Son develamientos de la verdad, son campos de tránsito de lo posible, que componen esta máquina estética. No poder escapar a esa mirada en sentido universal, cuando se atraviesan los portales, esa mirada hospitalaria y la otra desconfiada que hacen acortar las distancias del adentro-afuera, la interioridad a que todo poeta se refiere, la forma de vivir las cosas. Y siempre el sondeo de situación del yo, cuestionamiento crítico, autoconocimiento como el testigo “en esa experiencia de deseo y satisfacción”: “¿qué te pasó a vos? ¿dónde estaba el yo?”; “vi esos nuevos colores y traté de identificar los sentidos que me importaban”; “el logro tenía que ver con un rito supersticioso de cumplir con las obligaciones y no con recrear tu plenitud”; “crezco en etapas, la misma una y otra vez”.


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Harry Mathews, Veinte líneas por día, Mansalva, 2015, 142 páginas.

Imagen de cabecera: Harry Mathews

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