MULET, el beatnik de la manzana loca que medio siglo después disparó de nuevo su “Tiro de gracia”

Por Ciro Herrero—


El estruendo provocado por una pequeña heladera Whirlpool, lanzada como un burdo Sputnik desde el balcón de un décimo piso, paralizó mi apresurado andar con su atroz aturdimiento. Cayó a unos siete u ocho metros delante de mí, entorpeciendo la boca de acceso del edificio al cual me dirigía, frente al arco de entrada que da comienzo al famoso paseo oriental del Barrio Chino en Buenos Aires. El destierro abrupto del refrigerador alborotó a los transeúntes, que segundos después vieron caer ininterrumpidamente una lluvia de objetos que se hicieron añicos contra el suelo: una caja repleta de botellas vacías, una mesa ratona de diseño estrambótico, un par de sillas tapizadas de un color estrafalario, un globo terráqueo y un colchón cuyas sábanas comenzaron a flamear con el viento, sin llegar a desplegarse enteramente. Finalmente, un puñado de hojas blancas de papel, arrojadas con violenta prontitud, comenzaron a flotar como plumas en el aire, coronando el supuesto desenlace de aquel episodio extravagante e incomprensible hasta ese momento. Alguien anunció la llegada inminente de la policía y desde el balcón, convertido en una base tosca de lanzamiento, asomó la cabeza de un muchacho que comenzó a gritar todo tipo de improperios, acallando el murmullo de los vecinos y transeúntes que contemplaban la escena. Lo reconocí inmediatamente: era mi entrañable amigo Max. Indudablemente había olvidado que esa tarde a las 14:00 iría a visitarlo y me prestaría un ejemplar inhallable de la novela que escribió su padre: Tiro de gracia.

Al llegar la policía, subí con ellos hasta el décimo piso. Ante la negativa de Max en abrirles la puerta, terminaron derribándola e ingresando, por suerte, sin arrojar el consabido gas pimienta. Él recibió el procedimiento sentado en el suelo, con una carcajada evanescente que rápidamente dio paso a una expresión carente de balbuceo: “Literalmente tiré la casa por la ventana. ¿Algún problema? ¿Vinieron a verme? Estoy en el infierno… yo vivo aquí, aquí en el infierno. Este es mi hogar. Tengo el chiste más cruel para contarles. ¿Quieren escucharlo? Una broma cruel digna de ser contada. ¿Qué pasa?¿Qué diablos hacen ustedes aquí en el infierno? ¡Diablos azules! Sépanlo, este infierno es perfecto”. Curiosamente, desde una vieja compactera sonaba sin estridencia: “Estoy en el infierno”, tema principal de la banda sonora compuesta por el trío Manal para el film Tiro de gracia, basado en la novela homónima de su padre: Sergio Mulet. Finalmente lo esposaron y se lo llevaron. Al retirarnos del lugar alcancé a divisar en un rincón del agónico living, sobre una pequeña pila de libros, el ejemplar de la novela que había ido a buscar. Consternado por lo sucedido me pregunté qué diablos estaba yo haciendo allí.Nada es perfecto, pero aquel infierno no  era perfecto para Max.

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Max

Tres días después del incidente fui a la casa de Sol, que rescató del asolado departamento de su hermano Max el ejemplar de Tiro de gracia para entregármelo. Sobre una gigantesca pantalla, instalada en su living de impronta marroquí, indudablemente diseñado para el hedonismo, un proyector portátil emanaba imágenes de un concierto de Hooverphonic realizado en el Koningin Elisabethzaal de Antwerpen. La elegancia de la cantante, Noémie Wolfs, parecía competir desde la pantalla con la inigualable prestancia de Sol. Nos referimos al suceso protagonizado por su hermano con desparpajo en el hablar, hasta que finalmente recalamos en el enigma de la síntesis biográfica de su padre. “Papá es el mito dentro del mito de los integrantes de Opium. ¿Viste, alguna vez, un ejemplar de la revista Opium?”, me preguntó con entusiasmo y me mostró uno de los números que fueron publicados en los años sesenta. Mientras yo hojeaba el ejemplar, Sol continuó: “Recuerdo el título de una nota periodística que decía: ‘Los poetas de Opium, ¿son náufragos llegados del futuro? Dios, nadie sabía cómo catalogarlos… para mí simplemente fueron los anti poetas de la manzana loca, los poetas salvajes del Bar Moderno de Buenos Aires”. Luego, señalando el ejemplar que yo sostenía en las manos me dijo: “Mira el lema de Opium, ahí en el ángulo superior izquierdo: ‘Cantemos al amor y al ocio, nada más merece ser habido’. Es la máxima de Ezra Pound, ¿se entiende? Es simple, muy simple. Los críticos no lo pillan, se ponen demasiado intelectuales porque no son muy versados en el idioma de la calle.Le dan muchas vueltas a las cosas para decir algo. Esta gente no vino a este mundo a arrepentirse de sus pecados. La contracultura beatnik no tiene nada que ver con estos hípsters de hoy, con estos imberbes con barbas, paradójicamente,que insisten en cambiar el mundo con hashtags creativos. Estos solo son ‘progrezombies’ con pretensiones revolucionarias que ilustran la progredumbre que se propaga como una enfermedad porque es cool, porque es lo que toca pensar”, sentenció Sol, con tono afilado.

No hablamos mucho más de su padre, quizás porque ella sabía, al igual que yo, que Mulet hizo de su estadía en la tierra un cuento atractivo, que sobrevivió a su propia marca de outsider. De manera imprevista me marché de su casa. Sol me despidió con su habitual empatía, mientras el concierto de Hooverphonic anunciaba su final, con uno de sus clásicos: “Eden”. Mientras caminaba, con el libro a cuestas, pensé que si bien el edén le sentaba divinamente a esta gran mujer y artista, con la cual alguna vez mantuve una relación amorosa superficial y pasajera, tampoco era perfecto. Nada es perfecto, ni siquiera en un edén donde sobrevuelan constantemente centenares de maripositas multicolor.

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Sol

Sergio Mulet (1942-2007) fue actor, modelo publicitario, boxeador, guardaespaldas, escritor y protagonista de su propia novela y película: Tiro de gracia, considerada en la actualidad como un film de culto. Entre los años 1963 y 1969 formó parte, junto a Reynaldo Mariani, Ruy Rodríguez e Isidoro Laufer, de la gavilla literaria que publicaba la revista Opium, conformando el primer y tal vez único movimiento beat en la poesía argentina. Este grupo, que se reunía en el Bar Moderno, se abrió camino en la jurisdicción de la llamada “manzana loca”, delimitada por las calles Marcelo T. de Alvear, Leandro N. Alem, Maipú y Av. Córdoba, donde confluían sitios emblemáticos de la cultura alternativa como el Instituto Di Tella. La historia de la literatura argentina no reparó en la poesía y narrativa de aquel grupo de escritores salvajes del Bar Moderno, hasta la aparición del documental Opium, la Argentina Beatnik (2014) del documentalista y escritor Diego Arandojo, y del libro Argentina Beat. Derivas literarias de los grupos Opium y Sunda (2016), de Federico Barea.

El manifiesto redactado por los poetas de Opium para anunciar su aparición quedó expuesto, en la actualidad, como un síntoma de la época:

“Porque no somos ángeles, porque no somos santos, porque no somos buenos vecinos, porque somos inútiles, porque somos escritores que no escriben, porque no fuimos a academias para que nos dieran un diploma que nos permitiera escribir gansadas por el resto de nuestros días, porque siempre seremos estafados por otros más vivos que nosotros, porque continuamente decepcionamos a aquellos que creen en nosotros, porque estamos completamente equivocados y porque no queremos competir ni triunfar en la vida y ser alguien; además porque somos testarudos. Asomados a la confusión de Baires, nuestro pan cotidiano, sintiendo todo el peso del hemisferio sur del caos, aparecemos nosotros y OPIUM. Nosotros: sátiros – cínicos – borrachos – enamorados – hijos de la decadencia de Occidente, gritando y cantando con los dedos manchados de nicotina apuntándote. Nosotros: amigos hasta que dejemos de serlo, entretanto nos dedicaremos poemas. Nosotros: que nos conocimos en revistas, en bares y en confusas reuniones a las tres de la mañana. Nos conocimos orinando en baños donde leímos que Perón o Tarzán nos salvarían; nos miramos a los ojos y sonreímos: ninguno quería ser salvado”.

Sergio Mulet, además de ser uno de los cuatro integrantes del Grupo Opium y de colaborar asiduamente con el realizador cinematográfico Ricardo Becher, publicó en 1966 Soy tu patrón, una edición de catorce cuentos reunidos por Montanari Editores. Escribió también, según Max me contó alguna vez, varias notas sobre boxeo, actividad literaria que posteriormente, en los años 90, volvió a realizar para la revista española Cuadrilátero. Al finalizar la década del sesenta, Mulet publicó su novela Tiro de gracia, material que no volvió a reeditarse y que resulta imposible conseguir en la actualidad. Cultor de una literatura confesional e inconformista, su escritura invita a ser leída sin prejuicios y a dejarse llevar por las imágenes y sensaciones, más que por una trama que avanza en línea recta sin sobresaltos. La novela representa con lealtad el apetito creativo de aquel grupo de jóvenes que oponían una fuerte resistencia al clima cultural de la época. Los artistas que frecuentaban el Bar Moderno, el Instituto Di Tella, la música de Manal y la bohemia porteña, entre otras cosas; pueden verse en la ahora célebre película Tiro de gracia, dirigida en 1969 por Ricardo Becher. Mulet, además de coguionista junto a Becher de la adaptación de su propia novela, desempeña el rol protagónico en el film, junto a Javier Martínez (ex vocalista y baterista de la agrupación Manal), los pintores Roberto Plate, Alfredo Plank y las primeras actrices Perla Caron y Susana Giménez. La banda sonora del film estuvo a cargo del incipiente grupo Manal, que más tarde se convertiría en una de las bandas fundacionales del rock en Argentina, junto a Los Gatos y Almendra, además de ser considerada como la primera agrupación en componer blues cantado en castellano.

Sergio Mulet o “el Yeti”, como lo llamaban sus amigos, no fue un representante de un mundo de paseantes. Una muerte novelesca, carente de exequias, lo sorprendió en Transilvania. Su cuerpo, apuñalado por su esposa rumana, fue encontrado por la Interpol luego de una ardua búsqueda que duró tres años. El hecho, ocurrido en 2007, pasó casi desapercibido para los medios de comunicación argentinos, pero no ocurrió lo mismo en España, donde Mulet se había radicado. Miguel Grinberg, editor de la legendaria revista Eco Contemporáneo, manifestó en una entrevista: “En Nueva York, Mulet habría sido un ángel subterráneo digno de una novela de Kerouac; en París podría haber rivalizado con Alain Delon como transgresor irreverente; y aquí en el sur del fin del mundo nos quedan apenas fotogramas de Tiro de gracia y un aura de rufián melancólico a lo Roberto Arlt”. Medio siglo después de su estreno, el domingo 07 de abril de 2019, Tiro de gracia disparó nuevamente su balacera inoxidable de frescura, al proyectarse en el Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente (BAFICI), demostrando, una vez más, que continúa siendo un film de culto. Una vida plena de vivencias oscilando constantemente entre el infierno y el edén; donde nada es perfecto y al mismo tiempo todo lo es, simplemente porque una mota de polvo contiene el universo entero.


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Sergio Mulet, Tiro de gracia, Ediciones del Mediodía, 1969, 106 páginas.

Imagen de cabecera: Sergio Mulet

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