LOS EXTRAÑOS CARNAVALES DE PAPÁ GRANDE

Por Ysaías Lucas Núñez—


En Los funerales de Mamá Grande (1962) de Gabriel García Márquez (Aracataca, 1927-Ciudad de México, 2014), justo en el momento en que Mamá Grande muere, se gesta en torno a ella una especie de celebración que poco a poco se va tornando carnavalesca, porque un personaje de ese calibre no podía ser enterrado de una manera tan vulgar. Por eso, “se impartieron órdenes para que fuera embalsamado el cadáver, mientras se encontraban fórmulas, se conciliaba pareceres o se hacían enmiendas constitucionales que permitieran al presidente de la república asistir al entierro”. Tal era la importancia de la Mamá Grande, que no es sino hasta la llegada del Sumo Pontífice cuando empiezan los ritos fúnebres, las calles son atiborradas de vendedores ambulantes con sus “ruletas, fritangas, y mesas de loterías”, al igual que de residentes que se apostaron en la plaza junto con los foráneos a la espera no solo del funeral, sino del presidente para reclamarles un pago de guerra.

Y es que el Carnaval es usado como medio de protesta, en la que se aprovecha el momento para criticar al gobernador de turno y provocar, si se puede, la risa de los demás, al tiempo que “las reinas [de la belleza] nacionales, habidas y por haber” desfilan juntas, desde la reina universal hasta las reinas del frijol cabecita negra, o la de los huevos de iguana, todas acompañan la carroza (¿fúnebre?) de la Mamá Grande. Y así, catorce días después, finalizar “los funerales más grandes del mundo”, los cuales superaron, un siglo antes, el entierro de Melquiades, en Cien años de soledad (1967).

No obstante, en Cien años de soledad el carnaval toma otros matices: comienza como cualquier otro, con la elección de la reina (Remedios, la bella), situación que moverá a los hombres casi de la misma forma que lo hizo la Mamá Grande, solo que esta vez por una mujer viva y sobre todo famosa por su belleza. Una mujer que no pudieron ver nunca, debido a que estuvo encerrada como una santa, pero que ahora sería exhibida en el pueblo. Y así, “Por un momento, los pacíficos habitantes de Macondo se quitaron las máscaras para ver mejor la deslumbrante criatura con corona de esmeraldas y capa de armiño, que parecía investida de una autoridad legítima, y no simplemente de una soberanía de lentejuelas y papel crespón”.

De igual manera, como pasó en el entierro de Mamá Grande, el carnaval de Macondo será salpicado por la política cuando alguien grite: “Viva el partido liberal” y se produzca a su vez una descarga de rifles contra la muchedumbre, dejando entre los muertos “[…] nueve payasos, cuatro colombinas, diecisiete reyes de baraja, un diablo, tres músicos, dos Pares de Francia y tres emperatrices japonesas”.

Ocurre que la tragedia y el barbarismo están muy ligados a Latinoamérica, y Gabriel García Márquez los representa en su obra a modo de la serpiente que se muerde la cola: así como algunos factores de poder pueden transformar el carnaval en una tragedia, su gente puede convertir algunas desdichas en carnaval.

Otra referencia en su obra viene a reforzar un poco esta idea: en el prólogo de Doce cuentos peregrinos (1992), el narrador cuenta un sueño que tuvo: “Soñé que asistía a mi propio entierro, a pie, caminando entre un grupo de amigos vestidos de luto solemne, pero con un ánimo de fiesta. Todos parecíamos estar dichosos de estar juntos”. Da la sensación de que para sus personajes cualquier excusa es válida para alegrarse, desde las más obvias hasta las que no lo son tanto. Pero así nos retrató en Cien años de soledad, y sus demás obras citadas este escritor colombiano ganador del Premio Nobel de Literatura en 1982: Gabriel García Márquez, el Papá Grande.


Imagen de cabecera: Gabriel García Márquez

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