EL PLACER SUPERA EL DOLOR. Sobre los cuentos de Lucia Berlin

Por Ricardo Montiel—


Supongamos que la vida nos depare experiencias calamitosas: lidiar con una madre difícil, alcohólica y suicida; mudarnos agitadamente, entre la infancia y la adultez, a Chile, México, Estados Unidos; trabajar como mujer de la limpieza, enfermera, recepcionista en hospitales, telefonista, profesora; tener cuatro hijos y observar, mientras bebemos un buen trago de raicilla, la expresión “intensamente sexual, una expresión de codicia, de necesidad desesperada” de nuestro tercer marido y su dealer al chutarse heroína bajo la luna de Yelapa. Roberto Bolaño escribió una vez: “Un poeta lo puede soportar todo. Lo que equivale a decir que un hombre lo puede soportar todo”. Pero esta no es la vida de un hombre, sino la de una mujer, lo que equivale a decir que la estadounidense Lucia Berlin (Alaska, 1936- Los Ángeles, 2004) lo pudo soportar todo.   

Y es que Berlin (de la que habrá que esperar si en sus archivos hay poemas), además de soportar la vida intensa, tuvo que lidiar con su propio alcoholismo, inscribiéndose en la ya célebre tradición norteamericana de escritores como Cheever, Carver o Buckowski, con quienes a menudo es comparado su estilo. Pero los críticos son como la muerte… tardan, pero llegan –que diría Onetti–, y, cuando lo hacen, se ponen de cuclillas y posan como vanidoso cazador. Vanidad que suele durar poco. Se sabe que en literatura siempre hay presas dormidas irrumpiendo cada tanto en los bosques del tedio, revelándonos otra manera de estar y rugir.

Porque lo importante no es haber tenido una vida, sino cómo demonios contarla. Y la irrupción de Lucia Berlin, con sus dos libros de cuentos traducidos Manual para mujeres de la limpieza (2016) y Una noche en el paraíso (2018), viene a decirnos que la mentada autoficción está hoy más viva que nunca, pero, como nos dice Lydia Davis en uno de los prólogos, “percibida con tanta agudeza, y tan divertida, que a pesar de sentir dolor, hallamos ese placer paradójico en el modo en que está contada, y el placer supera el dolor.”

Prosa sin lamentaciones, que no ahonda en el grito, sino que lo supera. Treta estilística que recuerda, más que a sus coterráneos etílicos, a Kafka. Estilo muy cercano a la conversación directa con el lector, que la conecta con la argentina Hebe Uhart. “No me importa contar cosas terribles si consigo hacerlas divertidas”, dice Berlin en ‘Silencio’, cuento donde la narradora habla de su infancia previa al viaje a Sudamérica, al que es empujada por su padre minero. Otra narradora, una mujer de duelo por la muerte de su amante y su padre (‘Perdida en el Louvre’, de Una noche en el paraíso, de prosa más detenida y extensa que Manual…), buscando la salida del cementerio del Père-Lachaise, en un día de aguacero que le arrebata el mapa, se topa con “una tropa de seguidores de Jim Morrison, con un casete portátil donde sonaba a todo volumen This is the end, my friend.”

Pero una narradora que parece identificar la escritura de Berlin (Lu-chí-a, como la llama el indio coprotagonista de la historia), es la que abre Manual para mujeres de la limpieza, que nos dice: “Yo voy a la lavandería de Ángel. No sé muy bien por qué, no es solo por los indios. Me queda lejos, en la otra punta de la ciudad. A una manzana de mi casa está el campus, con aire acondicionado, rock melódico en el hilo musical. New Yorker, Ms., y Cosmopolitan. Las esposas de los ayudantes de cátedra van allí y les compran a sus hijos chocolatinas Zero y Coca-Colas. La lavandería del campus tiene un cartel, como la mayoría de las lavanderías, advirtiendo que está TERMINANTEMENTE PROHIBIDO LAVAR PRENDAS QUE DESTIÑAN. Recorrí toda la ciudad con una colcha verde en el coche hasta que entré en la lavandería de Ángel y vi un cartel amarillo que decía: AQUÍ PUEDES LAVAR HASTA LOS TRAPOS SUCIOS.”


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Lucia Berlin, Manual para mujeres de la limpieza, Alfaguara, 2016, 400 páginas.

 

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Lucia Berlin, Una noche en el paraíso, Alfaguara, 2018, 320 páginas.

Imagen de cabecera: Lucia Berlin por Buddy Berlin.

 

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