EL BARRO DE LA REGIÓN. Sobre “El ojo y la flor” de Claudia Aboaf

Por Mercedes Alonso—


En un pasaje de El ojo y la flor (2019), la última novela de Claudia Aboaf (Buenos Aires, 1979), Andrea, una de sus protagonistas que habita del Delta del río Paraná, evoca un supuesto proyecto trunco de Rodolfo Walsh: “una novela sobre un hombre que, en una bajante de sicigia, consigue atravesar a caballo el Río de la Plata” (88), una novela sobre el río o los ríos de la región. Desde entonces hasta ahora, la cantidad de novelas sobre el Delta se ha venido multiplicando, como si la literatura argentina quisiera saldar esa deuda, llenar ese vacío. Me refiero a literatura argentina en el sentido que le daba Nicolás Rosa, la que está cerca del río que en una larga serie de malos entendidos y transferencias le da nombre al país. Podríamos decir rioplatense, no en el sentido de integración con Uruguay sino para diferenciarla de la que se produce en el resto del país y que no tendría por qué ocuparse de estas aguas a pesar del peso del nombre y la tradición.

La novela de Aboaf no está sola, no inventa un territorio literario. Hay incluso novelas con las que comparte el tono poético, como Delta (2014) de Fedra Spinelli (Buenos Aires, 1970), en la que los ríos son los caminos de la experiencia, las islas del Delta un lugar de fuga interior. Y otras con las que comparte la creación de una realidad alterna en el territorio conocido pero extraño o extrañado del Delta: toda la ficción que Marcelo Cohen sitúa desde 2001 en el Delta Panorámico, una región ¿futura? que somete las islas a un sistema totalitario. Una de las virtudes de Claudia Aboaf, en esta novela y la anterior, El rey del agua (Alfaguara, 2016), es haber sabido combinar las dos. La primera cuenta cómo se afirma el sistema sostenido por el sujeto del título; la segunda, el derrumbe precipitado por el empuje de una sequía que deja a la sociedad bajo su dominio sin el recurso que la distinguía, en el sentido de identidad y prestigio: el agua.

Es solo uno de los aspectos que se puede considerar sobre la novela de Aboaf. Está también la trama que viene desde Pichonas (2014), una novela editada por notanpüan que contaba la relación entre dos hermanas, el matrimonio y sus desastres de una de ella, una historia de lazos y secretos familiares y personales antes del río de la segunda novela que es justamente el espacio a donde fugar de todo eso. En El ojo y la flor la relación entre las hermanas se despega de lo genéricamente familiar hacia la relación entre mujeres, se hace cuerpo, naturaleza, fronda y fluido en coincidencia con el paisaje.

El giro hacia las formas corporales del afecto sucede en el marco de una realidad alterada por el clima y los elementos, un movimiento de alianza entre lo humano y lo no-humano acorde a los tiempos (sociales, políticos pero también teóricos y críticos). En un nuevo paisaje de limo y residuos transcurre El ojo y la flor; de él obtiene sus imágenes: “Ha abierto los ojos para descubrir los sedimentos castaños que, flotando, crean la figuración del río marrón y hacen parecer que el agua hubiese renunciado a su condición incolora” (2019: 73). Aboaf saltea juntas la convención del agua cristalina y del río “color de león” que veía Leopoldo Lugones para revelar lo que literalmente oculta, el sustrato que capta la mirada atenta a la composición natural y su deterioro.

Los espacios distópicos, los paisajes del final y después del final ponen a Aboaf en la línea de Cohen. Pero ahí no hay paisaje, el Delta Panorámico es una sociedad urbana y en la ciudad la literatura se dedica menos a la contemplación. Podría hacerse la salvedad de Gongue (2012) y su Gabelio Támper, que habita en el agua y se dedica a la contemplación porque vive de vigilar, que es otra forma de la mirada. La combinación de sus dos posiciones, social y laboral, lo hacen productor de paisajes. Pero para Aboaf este es el centro: lo que pasa es un cambio en la naturaleza que se registra en el paisaje, en el sentido de un recorte de ella, y por lo tanto, su narración es la creación de paisajes, en el sentido de su representación estética.

Este es uno de los hallazgos de Aboaf en El ojo y el agua y una de sus marcas distintivas. El otro es la integración del Delta en una región mayor. Por un lado están las islas y por otro el Tigre continental. Las hermanas, Andrea y Juana, se reparten los espacios, a cada una le corresponde uno como en la infancia les habían correspondido exclusivamente el día o la noche, el padre o la madre. En el contexto de crisis, los problemas de cada una son diferentes porque, sabemos ahora, el orden distópico excede el mundo isleño para abarcar toda la región o toda la nación o todo el mundo. En el continente rige un orden de clase modelado por las ciencias naturales –hay parásitos y depredadores– y la xenofobia –los migrantes de las islas son “pies de barro” y ocupan uno de los escalones más bajos de la sociedad que los obliga a comer de las sobras de otros y sin cubiertos.

Pero además, el Delta forma parte de una región que se organiza alrededor de la red de ríos de la cuenca. Si Quiroga en “El regreso de Anaconda” y Débora Mundani en El río (Corregidor, 2016) hacen del Delta la desembocadura de itinerarios fluviales que empiezan en el Amazonas o el Alto Paraná respectivamente, Claudia Aboaf propone la continuación hacia el sur. Expulsada por la crisis del agua y los planes de reubicación de los habitantes del Delta, Andrea sale de su isla-refugio hacia el Río de la Plata que la lleva a Buenos Aires. Así como El rey del agua invocaba uno de los clásicos de la literatura sobre el espacio al llamar “Tempe” al gobernante por El tempe argentino (1858) de Marcos Sastre, en esta nueva novela, la isla Martín García trae la presencia de Sarmiento y el proyecto utópico de integración regional que trazó en Argirópolis (1850). El río produce además un movimiento más inusual de formación de un sistema literario para la región: uno de los personajes de la novela, con el que Andrea hace el recorrido fluvial, remite a uno de los grandes narradores de ese espacio, Juan Bautista Duizeide (con el nombre repartido entre el Juan Duizeide de los agradecimientos y el Bautista de la ficción). Gesto consagratorio, la inclusión del autor de textos fluviales como la novela Kanaka (Alfaguara, 2004) o las crónicas de Crónicas con fondo de agua (Sudestada, 2010), arma una red literaria sobre la red de ríos. La tradición no es solo el pasado. Estuvieron Sarmiento y Sastre a mediados del XIX, Walsh y Conti, que vivía en la misma isla que Bautista, en la segunda mitad del XX y Duizeide y Aboaf en el presente. La fuga del delta durante la que Andrea y Bautista fundan una región que se conecta por sus ríos –y que Bautista sigue hasta el mar como Duizeide en sus libros– incorpora a los nuevos narradores a la tradición prestigiosa de una literatura del río que no deja de escribirse.


9789877385564

Claudia Aboaf, El ojo y la flor, Alfaguara, 2019, 256 páginas.

Imagen de cabecera: Claudia Aboaf por Claudio Larrea

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