Sobre “La hija de la española”, de Karina Sainz Borgo

Por Jesús Lugo—


Este libro fue sorpresivo: hasta hace un par de semanas nadie sabía de su existencia y de pronto los medios comenzaron a publicar elaboradas e interesantes entrevistas de su autora, la venezolana Karina Sainz Borgo (Caracas, 1982). Esas entrevistas me empujaron a interesarme por el libro, quizá es un mérito ganado a pulso entre los entrevistadores y la autora. Igual de desconocida en el panorama de la literatura venezolana y del mundo, sin embargo, a buen talante y con ingenio de versados en el asunto, la autora expone su novela sin titubeos y con espontaneidad.

Lo cierto es que partimos con que La hija de la española es un éxito –aún sin ser publicada- vendida a grandes editoriales conocidas como Lumen (España), Gallimard (Francia) y Harper-Collins (USA), y con contratos de publicación en 22 países. Literalmente consumida antes de imprimirse, incluso intentando conseguir un ejemplar, busqué a Sainz Borgo por Instagram, donde (aún faltando un día para su estreno) la autora ya tenía en sus manos una segunda edición: ¡la había pegado en el techo! Presumiblemente esto pudo ser producto del enorme impacto que ha tenido la crisis venezolana en el mundo, de que al fin se han dignado a escuchar nuestros gritos: hay una dictadura sangrienta en Venezuela. Una crisis que, además, como un rayo, trozó el país en pedazos desde las coníferas hasta la raíz y que, tristemente, sigue en caída libre en el infierno chavista. Es, pues, normal que un libro ambientado en la Venezuela actual tenga cierta ventaja mediática, y de seguro Sainz Borgo supo bien cuáles puertas tocar.

Pero en el medio del ruido está el libro. Y aportando mi cuota de ruido me he animado a opinar sobre él. Empecemos con los fallos:

La hija de la española: “Adelaida Falcón, una maestra caraqueña, fallece tras una larga enfermedad. Su hija Adelaida, de treinta y ocho años, no tiene a nadie y vive en una ciudad donde la violencia marca el ritmo diario de la existencia. Poco tiempo después del entierro, encuentra su casa tomada por un grupo de mujeres a las órdenes de la Mariscala. Llama a la puerta de su vecina sin hallar respuesta: Aurora Peralta, a quien todos llaman «la hija de la española», ha muerto. En la mesa del salón, una carta le comunica la concesión del pasaporte español: un salvoconducto para huir del infierno.”

Así reza la sinopsis del libro en Amazon, y no puedo agregar nada a esto porque no hay más que decir: de eso trata el libro. Lo que dice y da a entender la sinopsis –sin ánimos de brindar spoilers- es el argumento entero de la novela. Un tropezón, a mi entender, de la campaña de promoción donde el tráiler nos muestran de pe a pa la totalidad de la película.  Y puede ser decepcionante alzarse en expectativas para que en siete líneas pateen todo. Es natural pensar, con la tajada de sinopsis que se gasta, que de seguro hay giros inesperados, saltos temporales, factores externos que tuerzan la trama, incluso ¿quién sabe? Un final insospechado. Pero no. Lo que se ve es lo que hay.

Esto me parece un defecto importante, puesto que si no eres Virginia Woolf o Raymond Carver, en cuyos libros el argumento pasa a un segundo plano y el lenguaje, por su elaboración o su modestia se lleva los méritos, es primordial cuidar el secretismo de las tramas. Claro, no digo que la técnica narrativa de Sainz Burgo sea menos cautivante que su argumento, solo que las dos en conjunto hubiesen funcionado mejor desde el misterio.

Otro fallo. Adelaida, la protagonista, en ocasiones se olvida que es venezolana y nos sorprende nombrando las cosas como una española (a pesar de nunca haber cruzado el mar). Como lector venezolano el uso de españolismos en medio de Caracas por una protagonista venezolana es disonante y me sacó de la experiencia del libro en varias ocasiones. Le resta credibilidad. Por ejemplo, la narradora cuenta que su madre, oriunda de Ocumare de la Costa “… si había prensa, ella bajaría al quiosco a por él” (subrayado mío). En otra ocasión, hablando sobre la invasión de viviendas, un acto tenebroso y real que ocurre impunemente en Venezuela, la protagonista dice que su invasora “…puso pies en polvorosa”; o se queja porque debe pagar en efectivo y no mediante “datáfono”; o hablando sobre los centros de tortura en el país “…Si no lo hacías, te cortaban los huevos”. Estas permutas (refresco/gaseosa) en el modo de hablar de la protagonista son notorias, pues en su mayoría la autora se esfuerza en reproducir las maneras locales, sobretodo en sus diálogos, pero tiene estos tropezones ocasionales que me hacían sentir que estaba leyendo una novela traducida al español por alguien que no había hablado con venezolanos en mucho tiempo, como en esas películas gringas donde no importan los acentos de los latinos: todos hablan como mexicanos, así sean argentinos.  

Pero dejando de lado las ostias, hay algo muy español en la novela, y no lo digo solo por el nombre. Está en los verbos, los párrafos largos con muchas comas (que en ocasiones se desbordan y se pierden en sus propias metáforas) y frases lapidarias al estilo de Rosa Montero. Con cierto aire a La Hija del Caníbal (1997), La hija de la española pudiera ser una hermana en estilo, sin alcanzar, a mi entender, los niveles de diversión de la novela de Montero. Siento que a los que disfrutamos con algunas obras de Rosa, esta novela puede resultar amena y ligera. La logré terminar en dos días, sin aburrirme, leyendo desde mi celular, cosa que no acostumbro. Su técnica narrativa es amena, una confesión de la protagonista en primera persona que fluye entre el pasado y el presente (¿y el futuro?) con acertadas metáforas tropicales, que nos envuelven en un ambiente de costa en Ocumare, y en un ambiente de guerra en Caracas. Contraste que espejea y arroja un camino en su narración, alternando el Caribe, la infancia y la felicidad con la adultez, la ciudad y el desastre. Ingredientes que de seguro están mezclados en la memoria de muchos cuando recordamos el país y que, en mi opinión, es el mayor acierto de la novela.

Es por ello que, aunque está lejos de ser la novela venezolana que todos necesitamos o queremos, es un libro grato. Sirve para encontrarnos con nuestras tradiciones, virtudes y defectos (incluso cierto racismo que pudiese percibirse en la protagonista), y para analizar cómo se vería nuestra crisis desde la literatura, situación que todavía es novedosa, y que sin dudas va a crecer y nos va abarcar varias décadas de temas trágicos, como sucedió y sucede en Chile, y en la propia España.

Parafraseando el refrán venezolano: es más la bulla, pero no está mal la cabuya.


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Karina Sainz Borgo, La hija de la española, Lumen, 2019.

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