Gómez Jattin, el poeta maldito que embriagó su locura en el vergel de su lucidez

Por Ciro Herrero—


En el limbo de los jardines de la Mazorra, el Hospital Psiquiátrico de La Habana, la lucidez de la locura corroe cualquier punto de vista, como una extraña brújula que despedaza el tedio de observar siempre el norte. Fue a comienzos de 1994, no recuerdo bien, cuando fui a visitar a mi entrañable amiga Ana Beatriz Larramendi, que estaba internada allí. Un año más de aquel tiempo obsceno que los cubanos llamaron “Período Especial”, donde la escena dantesca reinante no cesaba de inocular crispación por doquier, viéndose recrudecida, cada día un poquito más, por la crisis económica que había comenzado con el colapso de la Unión Soviética en 1991. Ana Beatriz se erguía en soledad frente al umbral del pabellón donde estaba alojada. Me recibió, en aquel aparente refugio post humano de los vencidos, con una sonrisa y un fuerte abrazo. Nos sentamos ahí mismo, en unas mecedoras coloreadas con ahínco.

“No hablemos de mi aciago. Me sería fácil hacer un relato dramático, pero ni a ti ni a mi nos interesan los dramas… y hay muchas cosas que se pueden dar a entender muy bien sin contarlas”, dijo Ana Beatriz con el semblante severo y comenzamos a hablar de pintura y poesía: dos temas que la apasionaban. Finalmente, comenzó a explayarse acerca de las mecedoras sobre las cuales estábamos sentados, aseverando que una tal Condesa de Merlín, en 1840, se había expresado acerca de esas sillas que se balanceaban solas: “Creo que en 1860 o 1870, Thonet, el pionero en el diseño de muebles, diseñó una mecedora. Para nosotros, los cubanos, es una imagen de nuestra identidad, estoy segura de que casi todos fuimos arrullados por nuestras madres con su balanceo. Gracias a ellas he ganado un nuevo amigo aquí: Raúl, Raúl Gómez Jattin, el poeta colombiano. Él dice que adónde vaya siempre lleva una hamaca, pero no ha traído una, entonces siempre viene a sentarse en estas mecedoras. Es el único pabellón donde se puede disfrutar del fresco de un portal sentado en una mecedora; aunque el jardín ya no se ve tan bonito, he tenido suerte. Lo conocerás en un rato, siempre viene al atardecer”, dijo Ana Beatriz con calma y silenciosamente se sumió en el placer de mecerse.

Al cabo de unos minutos apareció Raúl Gómez Jattin, entonando con desparpajo una canción cuya letra, un poema de su autoría, popularizó la cantautora colombiana Beatriz Castaño: Ombligo de luna. No me resultó extraña su llegada al portal, simplemente porque, al verlo venir hacia nosotros, comprendí que era parte del aire de aquella postal, digna de ser captada con una cámara Leica o una Polaroid. El encuentro imprevisto con aquel hombre que poseía el rostro profético, extravagante e inquisidor de un artista, se prolongó hasta el anochecer. Jattin hablaba pausado mientras la serpiente que anidaba en su boca emitía amenazas sibilantes y lanzaba, de tanto en tanto, escupitajos de lucidez al cielo. Escupitajos que cayeron esparciéndose sobre nuestras cabezas. Su aspecto indómito y vital me hizo pensar en mí mismo. Me preguntó si me gustaba leer poemas, aclarándome de antemano que no le agradaba aquel tipo de lector para el cual la poesía no era más que una vanidad necesaria. “Siempre me ha parecido que la poesía debería ser el misterio de un gran silencio que busca su expresión. Por ejemplo, una fuente, donde el agua muda llena los conductos, se acumula, desborda y la gota que cae es sonora… Eso debería ser la poesía, el desbordamiento de un gran silencio”, sostuvo Jattin mientras acomodaba la fiaca de su cuerpo en la baqueteada mecedora.

Ana Beatriz, con su habitual extravagancia e inteligencia, refutó su concepto con un argumento desopilante y las carcajadas estallaron en aquel portal alejado de la moral ordinaria. Al anochecer, Jattin se despidió de nosotros y regresó a su pabellón, atravesando los jardines como un halcón salvaje que aún lograba volar con las alas cercenadas por la tijera de una cura inútil. No volví a verlo. Un par de años después recibí, en Santo Domingo, República Dominicana, un ejemplar de su último poemario publicado en vida: Esplendor de la mariposa. La belleza trágica, impermeable e imputrescible de sus poemas me recordó la frase con la cual se despidió de nosotros aquel día en que lo vimos por última vez. Dirigiéndose a mí con tono secreto y divino: “Un pequeño detalle: morirás, nadie vive para siempre. A tus veinte años debes entender que la vida puede apagarse en un segundo”.

 

“Mariposa” / Poemario Esplendor de la mariposa

Estoy prisionero

en una cárcel de salud

y me encuentro no marchito.

Me encuentro alegre

como una mariposa

acabada de nacer,

¡Oh quién fuera hipsílica

que dejó la crisálida!

Vuelo hacia la muerte.    

 

El poeta colombiano Raúl Gómez Jattin (1945 – 1997) nació en Cartagena de Indias y vivió su infancia en Cereté, un pueblo costero de Colombia que ha sido recurrente en su poesía. A los 21 años se trasladó a Bogotá, donde comenzó a estudiar derecho en la Universidad Externado de Colombia. Allí, aparte de sus estudios que nunca terminó, se dedicó al teatro, participó como actor y escribió adaptaciones de obras de Kafka, Aristófanes y García Márquez, que se dieron a conocer en la revista literaria Puesto de Combate. Luego de pasar ocho años en Bogotá regresó a Cereté, donde vivió deambulando en las calles y se abocó a escribir poesía. En 1989 se trasladó a Cartagena de Indias, donde vivió en las calles y parques, pasando temporadas en clínicas psiquiátricas e ingresando varias veces en la cárcel de la ciudad. Fue allí donde comenzó a deteriorarse física y psicológicamente, en parte debido al consumo indiscriminado de diferentes drogas. Según el historial clínico, Jattin sufría de esquizofrenia maníaco-depresiva. A través de gestiones que realizaron sus amigos del ámbito cultural, fue enviado en 1993 a Cuba para someterse a tratamiento dentro del Hospital Psiquiátrico de La Habana. El 23 de mayo de 1997, a los 52 años, murió en Cartagena de Indias atropellado por un bus, sin que se haya podido determinar si se trató de un accidente o un suicidio. Su trágica muerte alimentó el mito del poeta maldito caribeño: esquizofrénico, drogadicto, homosexual, marginal, mendigo y vagabundo. Su obra literaria, que sorprende por la manera sencilla y libre en la que está escrita, comprende: Poemas, Prima, Tríptico cereteano: “Retratos” – “Amanecer en el valle del Sinú” – “Del amor”, Hijos del tiempo, Esplendor de la mariposa y una publicación póstuma titulada El libro de la locura, donde se incluyen los poemas que escribió en los últimos momentos de su vida. El documental Raúl Gómez Jattin o la ensoñación, realizado por Roberto Triana Arenas en 1995, muestra un atisbo de su vida, donde el propio poeta, hospedado en el modesto Hotel La Muralla, habla de su niñez, sus lecturas y de la poesía como su único medio de expresión.

Su poesía, por momentos descarnada y realista, atrapa al lector a partir de una escritura honesta y sencilla, donde la lucidez de un lenguaje vigoroso y preciso invita a deshacerse de toda camisa de fuerza, pasando por alto distintos tipos de convenciones. Su libro final, Esplendor de la mariposa, comienza con un pequeño poema titulado “Mariposa”, donde el poeta deja al descubierto su estado físico y mental, dentro del cual presiente su muerte. No se muestra derrotado, quizás porque a fuerza de recaídas miserables y victorias aún más miserables logró forjar, al igual que la mariposa que vive solo un día, un momento de esplendor antes de abandonar este mundo. Temeroso del absurdo reblandecimiento que producen las sensaciones dulces, manifiesta en este último poemario que la única forma de habitar este mundo y superar el dolor es entregándose a las fauces filosas e hirientes de la ensoñación poética. Alguien sostuvo por ahí que la obra de Jattin hace tambalear el andamiaje crítico con el cual se ha intentado explicar su generación y la poesía colombiana de finales del siglo XX. No sé si esto sea así, porque para mí solo es visible, en su obra, un poeta al cual la poesía lo hacía libre, sacándolo de la estrechez de un mundo efímero y limitado, que sólo confiere cosas efímeras, como el soporte racional de cualquier andamiaje crítico. Qué más podría decirse de este gran hombre que una vez en un reportaje manifestó: “Y yo tan lúcido que hasta loco fui”. Los rezagos de su inconfundible vozarrón, al terminar de leer su poemario, invaden mi memoria con aquella frase con la cual se despidió en los jardines de la Mazorra: “Un pequeño detalle: morirás, nadie vive para siempre… ”, como el esplendor de una mariposa.


Tapa-Libro-Jattin

Raúl Gómez Jattin, Esplendor de la mariposa, Editorial Magisterio, 1995, 67 páginas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s