“Galiza” o la poeta que hablaba con las piedras

Por Claudio Archubi—


“Cuidaos de la piedra, recogeos, caminantes cotidianos, la piedra canta, no calla (…)” Así comienza este bello libro de poemas en prosa de Virginia Segret (Buenos Aires, 1953), con una advertencia que puede leerse también como un arte poética de la memoria. Pero a diferencia de la piedra sartreana, siempre igual a sí misma, sólida y silenciosa, como contrapuesta a la existencia en su devenir que encierra el vacío, la piedra de Galiza canta, no calla. Y su canto es el canto de los antiguos dioses, con la música de la vida y la muerte. Y este canto intuitivo previo a cualquier abstracción religiosa o filosófica o política, se materializa en el aire con palabras también intuitivas en una sintaxis jadeante, como esculpida con breves y delicados golpes en la piedra, y que sólo puede ser encarnada por la voz particularísima de la autora en persona, al ritmo de un mantra individual, en los poemas en prosa de Galiza.

Lejos, muy lejos de la velocidad del mundo, cuando apagamos los televisores, cuando nos apartamos de la aturdidora maquinaria social, más allá del chisme y el entretenimiento y de la rueda interminable de ambiciones y de egos, adentro del silencio, podemos escuchar el canto de la piedra.

Lo han escuchado todas las grandes civilizaciones. Lo han encarnado las voces de grandes poetas (Los coros de la piedra de Eliott, La unidad del poeta peruano Alejandro Romualdo: “Hombre del pueblo, mira los muros y no las nubes que pasan, aprende de las piedras…”, y nuevas generaciones de poetas como Teresa Orbegoso que ha hecho un seguimiento del tema de la piedra en la tradición peruana, y por su lado la Elegía de la piedra que canta de nuestro Bustriazo Ortiz).

Muchos tienden al prejuicio de que un poema en prosa debe responder a una sintaxis del continuo, fluyente como el agua de un río para reflejar la durée bergsoniana, o responder a un puro coloquialismo desordenado, en aras de la naturalidad, y que la mejor forma de lograrlo es eliminar todo signo de puntuación. ¿Y quién determina que la vida deba fluir de esa manera? No fluyen no, estos poemas, jadean, agónicos, pero vivos, desesperados, auténticos, como palabras talladas en la piedra: “hay que oír, la cuerda de granito, el tañido, escuchad, dios se desviste para su baño lustral (…) na tua quietude, pedra (…)” nos dice Galiza, porque esta es otra de las particularidades estilísticas del libro, el uso de un vocabulario que nos remite musicalmente al idioma gallego ancestral, una lengua fiel o no, pero viva, porque fue aprendida de la voz de la abuela, contribuyendo a la atmósfera emocional del texto y mostrando que no sólo en América sino también en Europa pesan los vestigios de los pueblos originarios, pesa como la piedra nuestra historia.

Pero también, entre las piedras y los bosques, está el trigo y el olor dulce del cuero y de las bestias, y corre el río que desemboca en el mar y se escucha sacramental la gaita de las cantigas. “Y es que un, tal gesto de amor, viene rodando a mí, desde el desmoronamiento de los siglos”, nos dice uno de los textos construyendo una erótica de los elementos del paisaje, el agua, el viento, la tierra y los árboles, que se levantan  en la sangre desde el canto de las piedras.

“¿Pero quién, se atrevió a, quiénes, negar el viento el perfume el idioma de, negar negar negar, para la gloria de la muerte?, tanto largamente, ¿quiénes?”, aquí vemos también un enrarecimiento de la gramática que responde a la necesidad y no al mero esteticismo. Puesto que nos traslada a los giros del lenguaje medieval, un protolenguaje todavía sin reglas precisas, que nos remite a una búsqueda ciega y a toda la atmósfera contenida en el mismo.  Y como parte de estos experimentos formales, entra el libro como totalidad, incorporando en una edición muy cuidada el manejo de la distribución espacial de los textos (mérito también de Ojo de Poeta), y facilitando la entrada del lector, como contrapunto a la complejidad sintáctica, se introducen, por indicación de la autora, fotos de los paisajes que inspiraron los poemas. Todo en función del arte como una barricada que nos saca de las percepciones habituales y nos obliga a detenernos a mirar el mundo de otra manera, como postulaba el viejo pero nunca anacrónico formalismo ruso, ya que una gran obra debe aspirar a impactar en el receptor con la fuerza de una revelación. ¿Qué sentido tendría el arte sino despertar nuestras voces dormidas, mostrarnos o recordarnos que esa porción olvidada o nunca experimentada de la vida estaba oculta también en nosotros? El arte no debe ser  necesariamente entretenido, fluido y fácil sino por sobre todas las cosas y, esencialmente, revelador. Lo supieron siempre grandes poetas de todas las latitudes. Dijo el poeta yugoslavo Vasko Popa: “O tus palabras serán irrepetibles como lo es tu vida, ese mero instante en el destino de tu pueblo, o búscate otro trabajo”.

Por eso, estimada Virginia, te vamos a pedir que sigas dialogando con las piedras. Porque cuando estás en el camino de la auténtica poesía, como dice Vasko Popa: “(…) Hablas a la pared. Hablas a la oscuridad, hablas hacia la oscuridad. Le hablas al enorme fuego. Les hablas a los esperpentos de tus pesadillas. Le hablas a la muerte. Le hablas a la muerte de la muerte. Le hablas a la inmensa agua. Le hablas a la vacuidad, hablas al vacío”.

La poesía debe tener la fuerza, la permanencia y la intensidad de la piedra.  Nos puede cantar la piedra con la intensidad del viento que jadeando la roza casi como el susurro de un amante, pero también con la intensidad dolorosa del golpe que nos sitúa en toda nuestra fragilidad ante la muerte.

Por eso como nos advierte Galiza, les digo a ustedes: cuidaos de la piedra, porque la piedra canta, y habremos de escucharla.


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Virgina Segret Mouro, Galiza, Ojos de poeta.

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