WINSTON CHURCHILL, AUTOR DEL QUIJOTE

Por Gabriel Ossa


En su visita a la Argentina el año pasado, robaron a Michael Rosbash, Nobel de Medicina. En la Ciudad Universitaria de Buenos Aires los motochorros le quitaron una valija con su computadora, una muda de ropa y su pasaporte. Otras veces sucedió al revés: el Premio Nobel de Obama, el que no le dieron a Borges, el de Dylan, y el Nobel de Literatura de 1953 para Winston Churchill.

La película Las horas más oscuras (2017), que le dio el Premio Oscar a Gary Oldman por su interpretación de Churchill, sigue de cerca los días de 1940, la encrucijada en que se encontraba Gran Bretaña ante el avance de Hitler y la elección de Churchill para darle salida. Si bien la película tropieza con los hechos narrados en Dunkerque (2017), se centra en el punto de vista del líder británico; de la guerra, tan solo algunas tomas aéreas de la destrucción aparecen.

En todo momento hay libros, distribuidos a lo largo del púlpito del Parlamento Británico, contrastando sus lomos verdes con una estética semejante a un primitivo sótano de jazz o a la Ciudad Gótica de Batman; y, fundamentalmente, en el cuarto de Winston Churchill: una pared de libros en el respaldo de su cama. Desde allí dicta los discursos, apurando el primer whisky de la jornada (o el décimo de la noche), que pronunciará en el Parlamento, o bien por cadena nacional. Tendido así el arco completo de la creación, de la niebla de la mente a la expresión oral que traduce en palabras escritas una secretaria anónima, para ser devueltas a su forma oral cuando sean leídas: en un caso tratando de persuadir al Partido y a la oposición, en otro apuntalando la moral del pueblo británico y escamoteando una abundante porción de verdad. Esa es la pequeña consideración entre Churchill y otros escritores, que pueden compartir los vicios, tener un gato, pero nunca los mismos lectores ni la responsabilidad política. La misma diferencia que observa, por ejemplo, en Lenin el argentino Martín Kohan, quien a raíz del centenario de la Revolución Rusa, publicó 1917 (2017), enfocándose en esa esquina donde la palabra y la política se absorben, una neutraliza a la otra, con la eficacia de la magia (gracias, Miguel Nigro, por la nota).

Pocos confían en Churchill, “está enamorado del sonido de su propia voz”. Imaginen a Charles Bukowski en la primera magistratura. Hay una escena en la que llega, en mitad de la noche, el rey –el mismo que muchos conocimos en El discurso del rey (2010)– y, en pijama, en un desván húmedo en el que buscaba inspiración, sellan su alianza. Estaba bloqueado, buscaba las palabras que encontraría en boca del pueblo, al bajar al subte de Londres.

El Comité de Guerra buscaba una salida diplomática: negociar con Hitler por intermedio de Italia. No estaba en los planes de Churchill cederle una coma al Führer: “somos un Imperio ultramarino”. Treinta años después del Premio Nobel de Churchill, un general argentino, desde el balcón presidencial que la dictadura había usurpado seis años atrás, lanzaba una amenaza, lisonjeando al pueblo, declarando una guerra a ese mismo Imperio de ultramar. ¿Fue dictado, redactado por un tercero el discurso, o inspirado en el momento? Apurado por numerosos whiskys, dicen, a juzgar por el tono de la voz.


Las horas más oscuras, Joe Wright , Reino Unido, 2017. Trailer oficial

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