Vera Bello, la poeta portuguesa que pateó mis sesos con su “Arqueología bohemia de la heterodoxia”

Por Ciro Herrero—


Inesperadamente, uno de esos días mezcla de lluvia y de sol, que cambian fácilmente de expresión, igual que un rostro humano, cometí un delito. Fue en una sucursal de la Agencia Rent-a-Car de la ciudad de Nancy, la antigua capital del ducado de Lorena, en la región del Gran Este francés. Estacioné el automóvil vetusto, que había alquilado dos días antes, en la gigantesca playa de estacionamiento y me encaminé hacia la diminuta e inmunda oficina de administración, donde un empleado hediondo, adiestrado para timar a la clientela, me recibió con exagerada amabilidad. Le entregué las llaves y la documentación del vehículo, a la cual le echó un vistazo ligero, invitándome a chequear el estado del coche. Tomó nota del kilometraje, del combustible y comenzó a revisarlo minuciosamente, buscando, indudablemente, algún estropicio para facturar. Finalmente, hizo una observación acerca del mal cerrar de una puerta y un pequeño rayón que había en el capó. Abrió la puerta de un auto lindante y retiró del asiento trasero un sobre manila A4, que estaba cerrado, abultado y carente de destinatario. “Siempre olvidan algo”, dijo en tono quejoso y regresamos a la oficina. A través de un ardid evidente, acerca del cual no tuve ganas de discutir, terminó esquilmando mi billetera. Depositó el dinero del despojo cometido, con un ademán ordinario que lindaba la malicia, en una pequeña caja portavalores que extrajo del único cajón que poseía su escritorio. Su celular había sonado un par de veces y finalmente atendió la llamada que modificó su semblante. Se puso de pie e ingresó al baño de aquel cuchitril devenido en oficina. Abrí sigilosamente el cajón de su escritorio y tomé casi la totalidad del dinero que había en la pequeña caja portavalores, guardándolo en el enorme bolsillo interior de mi chaqueta. Mientras recogía del suelo mi pequeño bolso de mano, con intención de marcharme, el hombre salió del baño. “Un momento, no se vaya, olvidó esto en el auto”, me dijo cortésmente y me entregó el sobre Manila A4 que anteriormente había retirado del vehículo aparcado junto al que devolví. “Gracias, muy amable. Que termine Ud. bien el día”, le respondí con una sonrisa y me marché del lugar. Atravesé la playa de estacionamiento, que aún conservaba vestigios de la escasa nieve caída la noche anterior, con pasos aplomados. Caminé unas cuatro o cinco cuadras, casi asustado de sentirme tan tranquilo, y me subí a un tranvía que me dejó a pocos metros de mi nueva casa, a sabiendas de haber cometido un hurto, teñido de leve adrenalina y carente de matices.

Al anochecer,  mi buena amiga Stephanie Constans me invitó a cenar a la casa de unos amigos suyos: Theresa y Jacques, dos profesores de filosofía que habían recibido, la noche anterior, la visita de su sobrina portuguesa. Fue allí donde conocí a Vera Bello. Una diminuta estrella de cinco puntas, tatuada en su nuca, parecía indicar que ella no se inclinaba ante nadie. Durante la cena, que se prolongó hasta la madrugada, hice buenas migas con ella, que hablaba pausado y con un timbre de voz cautivante. Pensé, por momentos, que aquella mujer veinteañera parecía tener a Dios y al Diablo adentro; quizás porque todos los tenemos y porque siempre he creído que quien niega esto es un hipócrita. Un par de días después, nos encontramos en el centro principal de la ciudad: la Plaza Stanislas, que data del siglo XVIII. Desde esta grandiosa plaza, decorada con puertas doradas de hierro forjado, salimos a recorrer un poco la ciudad del Art Nouveau, hasta que finalmente recalamos en mi bar favorito: Le Royal. Sobrios, ante el espejismo mundano, vimos nacer nuestro amorío, que perduró unos siete u ocho meses, con interrupciones de todo tipo. Simplemente ahí, donde las palabras verdaderas no son agradables y las palabras agradables no son verdaderas, dejamos de vernos.

Dos años después de aquel desenlace amoroso, al embalar las cosas de mi casa en plan de mudanza, encontré arrumbado aquel sobre Manila A4 que el empleado de la Agencia Rent-a-Car me había entregado inequívocamente. Al abrirlo, encontré un pequeño libro en su interior: Arqueología bohemia de la heterodoxia, de Vera Bello. Una vez más, mi capacidad de asombro renació a través de un cortocircuito emotivo, pues Vera nunca mencionó que había publicado un poemario. Alelado, comencé a transitar con voracidad sus páginas, que osadamente me condujeron a un mundo donde su prosa poética destruye la verdad y todo se torna posible. Ese mismo día, como un lunático, quise saber de ella y le envié un extenso mail, que me respondió, escuetamente, varios meses después: “Lo único que sé es que piso firme por donde paso. Me gusta mucho mirarme a mí misma, y al entorno en el cual estoy, con los ojos de alguien que no está relacionado con ninguna línea artística particular. Recibí muchos elogios por mi escritura, pero en comparación con Sophia de Mello soy nada. Siempre seré nada. No me preguntes lo que es verdad. Lo que no digo tú lo sabes. Beso”. Enmudecí ante su respuesta y no tuve coraje para responderle. Han pasado varios años y he vuelto a releer su libro, cuyos versos, una vez más, lograron inflamar mi cerebro. La línea final de uno de sus poemas, mientras observo a través del ventanal de un bar el trajinar de la gente, patea mis sesos: “Un montón de vidas sumidas en el error. No puedo imaginar peor tragedia”.

A continuación, algunos fragmentos de Arqueología bohemia de la heterodoxia:

“El océano no es azul y la pradera no es verde.

Desde un sótano sucio, donde las cosas no tienen nombre, colorearon tu mundo”

*

 “No hay nada impresionante aquí.

 Sólo un volcán falaz.

Solo una lava embustera, en el centro de un espíritu erguido erradamente”.

**

“Un himno moldea el logotipo espurio de tu vida,

Convirtiendo tu diamante en un simple fósforo húmedo”.

***

La poeta lisbonense Vera Bello (1983) se convirtió en ermitaña a la edad de treinta años. Las constantes neuralgias, vértigo y arrebatos amorosos fueron algunas de las razones, según sus allegados, por la cual tomó está decisión. Radicada actualmente en el Reino de Suazilandia, al sur del continente africano, se ha dedicado a escribir poesía sin prácticamente salir de su casa. Sus poemas tienen un estilo característico, cuyos rasgos más destacados son el valor intrínseco de la palabra, la riqueza de alegorías, las sinestesias y la ornamentación del lenguaje, obtenido mediante abundantes elementos retóricos. Entre sus temas recurrentes figuran el bien y el mal, la verdad y la mentira, la búsqueda de la armonía y la añoranza de un tiempo absoluto y eterno, donde no hay lugar al absurdo imperante de una cultura que se ha tornado abúlica.

Arqueología bohemia de la heterodoxia fue publicado por primera vez en el año 2005, siendo nominado al Premio Fundação Eça de Queiroz, galardón importante de la literatura en lengua lusa. Nada es fortuito en este excelso poemario. “Cada palabra me ha costado una gota de sangre”, sostenía Vera Bello en una entrevista publicada en la Sección Cultura del Diario de Noticias de Portugal. Las sutilezas metafóricas y las constantes referencias a lo verdadero y lo falso, con los que la poeta juega permanentemente con el lector, adquieren un significado crucial: los versos hacen mella sobre aquellos conceptos humanos de bien y de mal, que nos enfrentan continuamente a nociones reduccionistas de la existencia humana. La heterodoxia de sus líneas hace gala de una originalidad que incita a no perseguir ningún fin moral que transporte absurdas exigencias. No hay correcto ni incorrecto, no hay blanco ni negro; simplemente advierte que los hombres no son perturbados por las cosas, sino por sus opiniones sobre ellas. Su poemario intimida al lector desprevenido, quizás porque entre líneas la autora deja traslucir que ella sabe que un hombre nunca es feliz, a menos que muera o que su montaña de extrañas creencias se desmorone en la llanura de su poesía. La verdad es casi nula para ella; por eso en sus expresiones líricas, que parecen predestinadas a estallar, todo es posible. “No me preguntes lo que es verdad. Lo que no digo tú lo sabes”, me había respondido Vera sin rodeos. Algo que el lector debería, también, tener en cuenta. Vera Bello y su Arqueología bohemia de la heterodoxia son, sencillamente, el brillo de una gota de rocío que se resiste a morir sobre la atómica hierba.

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Vera Bello, Arqueología bohemia de la heterodoxia, Publicações Dom Quixote, 2005, 125 páginas.

 

 

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