Utopías y espejismos. Sobre “Juana la Roja y Octavio el Sabrio”, de Ricardo Azuaje

Por Fabián Coelho—


Venezuela. Corren los años ochenta. Una década turbia. Agazapados están (nos esperan) un Viernes negro (1983) y el Caracazo (1989): dos grietas o dos bombas o dos agujeros negros inevitables cuando se narra o se piensa la historia contemporánea venezolana y sus intersecciones con otros relatos: la política, claro, y la literatura, esa herencia incómoda.

Son, decía, los ochenta en Venezuela. Hay democracia, una democracia defectuosa e ineficaz, impura y problemática, con sus conquistas y sus deudas: una democracia que exige ser repensada, reformulada. Y ante ella, dos nítidos extremos: el conformismo despreocupado, refugiado en la comodidad de la inercia y defensor de ciertos privilegios de clase, y la furia revolucionaria y su pasión transformadora, siempre agitadora, contestataria, inconforme y violenta.

Es en este marco/dilema donde se teje la novela breve Juana la Roja y Octavio el Sabrio (Caracas, 1991) del venezolano, exiliado en Buenos Aires, Ricardo Azuaje (1959).

Sus protagonistas son Octavio y Juana, una madre y un hijo que, después de mucho tiempo separados, vuelven a encontrarse.

Octavio es un joven sobrio, conservador, que lleva una vida ordenada y ejemplar. Es estudiante de derecho en la Universidad Central de Venezuela, mantiene una relación formal con una chica de su mismo nivel, y goza de una liquidez y una independencia que corren a cuenta del padre. En este sentido, en Octavio se retrata o pretende retratar a un tipo de individuo, perteneciente a cierta clase media o alta, políticamente pasivo, al que se acusó de dar la espalda a la realidad social del país y se le endilgó la etiqueta de “generación boba”.

Juana, la madre de Octavio, es lo opuesto: idealista, activista de izquierdas, con una vida nómada que sobrelleva con jovialidad. Está convencida de la revolución como utopía posible y cree en el poder redentor de las luchas sociales y la defensa de las causas justas. Es vital, alegre, sensible, portadora de un relato optimista que contrasta con el escéptico Octavio.

Ambos se encuentran, luego de mucho tiempo sin verse, en un mitin político en la universidad. Juana no tiene dónde quedarse a pasar la noche (ni siquiera ha comido) y Octavio le ofrece posada en el apartamento donde vive solo y que paga su padre.

Es entonces cuando la nueva convivencia con Juana activa la memoria. Octavio revive reproches y sentimientos de abandono, remira y reescribe su infancia y adolescencia con Juana, los traumas de la separación y el divorcio, la larga estadía con la abuela en Valencia, un viaje familiar a Curaçao. El pasado siempre vuelve y hace preguntas. En este sentido, Juana la Roja y Octavio el Sabrio es también una novela sobre la memoria y los afectos, sobre la necesidad de hacer las paces con el pasado.

La nueva convivencia entre madre e hijo revela, asimismo, otra cosa: que Juana y Octavio encarnan un enfrentamiento que ocurre en dos planos simbólicos distintos: en el relato de la relación materno-filial, con sus desencuentros y complicidades, con sus zonas más oscuras y más nítidas, pero también en otro nivel de significación: el político-ideológico, donde Juana y Octavio responden a una dinámica de opuestos enfrentados, de la que surge una tensión que es (o se supone que sea) transformadora. Así, el idealismo cándido de Juana viene para contagiar a Octavio, para refrescar su severidad vital:

“Déjate ir, Octavio, dale riendas al caballo, deja salir toda esa energía y llegarás lejos, más allá de Mérida o Doral Beach. La mitad de la carrera se corre adentro, muchos ignoran ese importante detalle y por eso se quedan, y después se pasan el resto de su vida responsabilizando a causas externas su estancamiento, esa inercia que les corroe el alma y la salud moral”.

La política, sin embargo, irrumpe en el relato para resolverlo o destruirlo. Si bien su presencia hasta el momento parecía tener una función anecdótica y dinamizadora (la madre guerrillera confrontada por su hijo, los intentos por remediar el abandono), hacia el final emerge como violencia (la violencia que nunca desaparece en Venezuela), y sabremos que Juana acabará en una fosa común en Cantaura, en una de las más sonadas masacres (1982) de la era democrática.

Cantaura es una mancha más para un país que tiene que repensar la naturaleza de su modelo democrático, la salud de su sistema de justicia, otra más que se suma al magma de un estallido que se avecina, y es sobre esta realidad que Juana la Roja y Octavio el Sabrio indaga.

Por eso, supongo, esta es una novela que continúa, a casi treinta años de su publicación, generando nuevas lecturas y sentidos y significados sobre aquellos convulsos años en que los signos de la encrucijada moral por venir ya se anunciaban. Eran, ya lo dije, los ochenta. El país caminaba hacia el horror, un horror lleno de espejismos ideológicos, de máscaras redentoras y de supuestas utopías renovadas que nos conducirían, en fin, hacia este cataclismo social, esta especie de Cantaura eterna, sin redención.


Ricardo Azuaje, Juana la Roja y Octavio el Sabrio, Fundarte, 1991.

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