Gerhart Hauptmann: la lucha por la razón

Por Ysaías Lucas Núñez—


Publicada en 1910, la novela Emanuel Quint suscitó muchas críticas en su momento; pero pasado el tiempo ha permanecido olvidada, hasta el punto de que muy pocos saben de qué va y quién la escribió. Lo hizo el poeta y dramaturgo alemán Gerhart Hauptmann, quien mucho antes había tenido considerable éxito con sus obras de teatro Antes del amanecer (1889) y Los tejedores (1892). Dos años después de la publicación de Emanuel Quint, fue galardonado con el Premio Nobel de literatura.

Comparada, y con razón, con Así habló Zaratustra (1883) de Federico Nietzsche, por aquello del súper hombre, la necesidad del cambio de consciencia o evolución del ser, el autor estudia con esta obra y con El hereje de Soana “la viabilidad de la tradición cristiana en el mundo moderno” (1). Aunque dicha comparación no fue del todo un halago para Hauptmann (2), se cimenta más que todo en la trama: los protagonistas (Zaratustra y Quint) salen del bosque y se adentran en la muchedumbre donde disertan frente a ella, responden preguntas sobre la vida, la carne y el espíritu, con una sabiduría que parece no estar al alcance de todo el mundo, como lo hiciera Cristo.

La novela inicia en 1890 con la detención de Quint mientras predica en una plaza, ya que según la gente y los oficiales, altera el orden público. Quint será perseguido e interpelado por la orden de la razón (representada por los párrocos de las iglesias protestantes u ortodoxas): “[…] En las cuestiones del espíritu, yo soy tu superior […] predicar no es cosa tuya” (p. 46). Estos superiores y algunas otras personas interpretarán a su manera los pasajes bíblicos para humillar al protagonista, quien a su vez se defenderá con el mismo instrumento, haciendo retroceder a sus atacantes de una manera tan eficaz como chistosa.

Es de esperarse que los residentes se sientan confundidos ante esa lluvia de argumentos espirituales y, ¿cómo creer en ello cuando las puertas del siglo XX están tan cerca? Ante tantas similitudes bíblicas, le preguntan si en verdad es él el hijo de Dios o un loco, como muchos aseguran. Quint, cada vez que tiene la ocasión, les responde que no: que es apenas un hombre más. No obstante, las exigencias de los demás por presenciar un milagro, primero los párrocos y después sus adeptos, hacen perder el rumbo al protagonista, quien poco a poco comenzará a comportarse como el Mesías. Por ejemplo: un herrero, queriendo ridiculizarlo, le cita la vez en que Jesús resucitó a Lázaro y a otras dos personas, así como también los milagros hechos a personas ciegas y la sanación de leprosos; poco después de que alguien le hubiera preguntado cuáles señales estaba dispuesto a hacer para que creyeran en él. Y así responde el personaje: “¡Necios! Vosotros, que sois una señal del Dios, pedís señales” (p. 323).

Al transcurrir de manera más o menos análoga a lo relatado en la biblia, la novela se presta para acrecentar las dudas en quienes oyen al orate, gentes que esperan impacientes a que se cumplan las Escrituras. Sin embargo, Quint siempre les dará una interpretación más acertada (aunque mucho antes había estado de acuerdo con el prodigio de la multiplicación de los panes): “[…] el Hijo del Hombre nunca dio de comer a cinco mil personas con cinco panes y dos peces […] les dio de comer pan del cielo, del mismo modo que a vosotros os ha dado pan del cielo y vosotros lo habéis arrojado a los cerdos.”

Si aún hoy en día se siguen cometiendo y diciendo barbaridades en nombre de Dios, ¿cómo tuvo que haber sido a mediados del siglo XIX y principios del XX para llegar a exasperar al autor? Su represalia llegó en forma de novela. Emanuel Quint es una crítica inteligente, no irónica, pues su objetivo no es ofender, sino que busca clarificar y hacer entender que el texto bíblico no es más que eso, un texto. Así, dice:

“[…] En mi opinión, en esta vida brilla la luz sin mancilla del Espíritu, pero en la vida terrena las lacras oscurecieron esta luz divina, y más en esta tercera vida, en un libro que reproduce algo narrado por hombres, oído por hombres y por hombres escrito. ¿O es que hay algún hombre que crea que la gloria que irradia del Hijo de Dios procede de ese libro? Ese libro no contiene sino un pobre y débil reflejo de su gloria”.

También se destaca la filosofía de vida y acción de Emanuel Quint, las cuales contrasta con las características de los clérigos, hombres que piden austeridad, recato, y son los primeros en incumplir dichas recomendaciones. Vamos, que Quint no sólo predica con la palabra, sino que también con el ejemplo.

Hacia el final de la novela los ataques contra las iglesias se vuelven más directos, tal vez en respuesta a la exasperación que siente Quint ante la desconfianza de sus discípulos o ante la incomprensión de éstos: “[…] Satanás es el Señor de los dogmas. […] Satanás está sentado en la silla de Pedro” (p. 303). Y un poco más adelante dirá: “Entrad a las iglesias y veréis cómo almas torturadas y atrofiadas rezan a huesos de difuntos y al cadáver de aquel que fue muerto por Satanás, en lugar de ser ellos mismos ángeles y receptáculos del espíritu” (p.304).

La obra está poblada de hermosos pasajes, interpretaciones mordaces, reflexiones que tratan de acercar al hombre a lo místico y lo místico a la carne; se siente como un grito desesperado que intenta derribar los muros de las creencias como un vendaval. Lo malo es que la irracionalidad parece estar resguardada en alguna fortaleza, y un solo hombre no puede luchar contra todo ese aparataje. No es de extrañar que libros como éste terminen sepultados en los escombros de la consciencia, en los escombros de las batallas perdidas.

 

(1) Warren R. Maurer Understanding Gerhart Hauptmann (p. 140).
(2) José-Miguel Mínguez Sender Gerhart Hauptmann, significado de su obra para la literatura alemana [1974] (p.39).


Gerhart Hauptmann, Emanuel Quint, Bruguera, 1974.

Imagen de cabecera: Caravaggio, La incredulidad de Santo Tomás, 1602.

 

 

 

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