DANZA CONTRA UNA PARED. Sobre “Arthrópoda”, de Liliana Velandia Calderón

Por Claudio Archubi—


Arthrópoda, el primer poemario de la poeta colombiana Liliana Velandia Calderón, inicia su recorrido con un reclamo a los dioses porque han sembrado el aturdimiento y la muerte –así como otras especies detectan al grillo por su “canto” para sembrar sus larvas en él. Frente a ellos, contra ellos, el yo poético agita su canto de resistencia como el grillo que agita sus alas llamando a su verdugo.

Su blasfemia es instrumental: no busca la plenitud semántica sino el puro ritmo que no es más que pura inquietud, estridulación.

Su blasfemia es instrumental: es un mero instrumento no para rechazar a los dioses sino para reclamarles que cambien de actitud, que ofrezcan su amparo.

Se pide silencio a los dioses porque lo que han hablado en el “yo” ha conducido a un camino sin salida.

Lo que queda es un sujeto en crisis. Así el grillo estridula para llamar a la hembra, que en los distintos poemas está representada por un desdoblamiento simbólico del yo poético confrontado con su “sí-mismo”: la hija negada de todos los dioses, la otra niña sentada al final del barranco.

Se pide silencio a los dioses, pero lo que en realidad se pide es que los dioses hablen de otra manera.

Porque lo que queda de su hablar es una enumeración obsesiva de circunstancias y jirones de recuerdos, sin más ilación que una secuencia temporal, en una búsqueda frustrada de sentido existencial.

Así como el grillo es combativo y defiende su territorio con su estridulación, el último poema, el más extenso del libro, avanza también con tono iracundo, con ritmo agresivo, a rápidos latigazos, con la irrupción de estribillos sin más función que la función rítmica: Suéñame Verlaine. O la súbita aparición de frases que parecen avisos publicitarios: Reparación de equipos de audio […], colección curso de fotografía […], ¿Cómo desarrollar la inteligencia de su hijo? […]. Se recorren temas como la infancia, el aprendizaje, el desarraigo y la pregunta por lo femenino, en rápidos fogonazos que sólo contribuyen a aumentar el aturdimiento y la ceguera. Porque ni siquiera la memoria es aquí un refugio. La memoria resulta una parte más del desarraigo. La memoria es la pared que clausura el paso de esta estridulante danza al final de un callejón sin salida. Sin puertas ni aberturas. Sólo varios carteles que no ofrecen ningún consuelo.

Entonces la aparente libertad rítmica es sólo la máscara de un yo poético atrapado, que no encuentra el camino hacia los distintos matices de la vida.  El juego y la infancia no son manifestaciones de libertad sino parte de esa máscara o caparazón con la que el yo poético intenta protegerse de la desesperación: mi coraza se llamará infancia. Así el grillo también fue una araña atrapada en su propia tela, y al fin se nos mostró como un cerrado molusco.

Pelear contra la semántica no es sinónimo de libertad. Es mucho lo que falta recorrer. Y el final en blanco de este poemario (Soy:   ) es apenas la promesa de un camino de escritura en donde se entrevé un sujeto más allá de la pared, en la incansable búsqueda de un nuevo comienzo. La unicencia: unidad e inocencia. Epojé: un lugar donde alcanzar la plenitud.


Liliana Velandia Calderón, Arthrópoda, Buenos Aires Poetry, 2018.

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