Alberto Hernández, una voz siempre en busca de otros nortes

Por María Luisa Angarita—


La poesía une mundos, integra dentro de sí todo el poder mágico, onírico y ontológico de la vida humana. Para muchos es un lenguaje incomprensible, para otros, el único modo posible de expresión y entendimiento. Una de las voces de la poesía venezolana que durante las últimas décadas ha reforzado la expresión poética, es la de Alberto Hernández (Calabozo, 1952). En su poesía confluyen diferentes formas literarias que comparten la integración en un mismo decir. Narrativa, ensayo, prosa poética, crónica, poesía, todas se integran de manera armónica en el espacio de lo posible: el poema. 

Hablar de la poesía de Hernández es hablar de una labor literaria que ha generado nuevas visiones y consolidado dentro de sí una fortaleza expresiva y una interesante ampliación de los referentes inmersos en nuestro imaginario. Sumergida siempre en los aspectos sociales que le ha tocado vivir, su poesía ha sabido navegar por otros universos y desde otras maneras un tanto diferentes a las de sus contemporáneos, si bien se enmarca entre la poesía surgida durante la generación correspondiente a los años 1980, época en la cual también se iniciaban las voces de Yolanda Pantin, Armando Rojas Guardia, Miguel Márquez y se consolidaban las voces de Eugenio Montejo, Rafael Cadenas, Ramón Palomares y Juan Calzadilla. Pero la voz de Hernández, cargada de otros horizontes, se mantuvo a la distancia de sus congéneres, siempre buscando otro norte. 

La ciudad y sus avatares, el paisaje del llano, la muerte, el silencio, el exilio, la reflexión por el oficio escritural, lo femenino y lo erótico, forman parte del universo de temas que se vuelven constantes en la poesía de Hernández. Imaginario que se construye puntualmente en sus libros: Intentos y el Exilio (1996), Nortes (2002) y El Poema de la Ciudad (2003), así como en Ropaje (2012) o en el más reciente Nervio Poético (2018).

Uno de los elementos fundamentales de su poesía es el trato que se hace de lo femenino. En ellos la feminidad es asumida desde la voz poética como una constante, pero no es una voz femenina ni una reflexión sobre la feminidad, sino una convergencia. La urbe, junto al decir poético, integra dentro de sí características de lo femenino y así son presentadas por el sujeto. 

Así encontramos en sus libros una palabra que toma atributos inherentes a la feminidad como la capacidad materna de crear, destruir y re-crear. Lo poético se vuelve de este modo ente femenino y arquetípico dibujando una relación dual en la que voz poética y palabra quedan unidas de modo irreversible. Se construye de esta forma un arte poética autentica que reconoce la existencia de la palabra y su condición de dependencia a ella, una relación en la cual el lenguaje asume el rol femenino de dar vida, y al nombrar, fundamenta la existencia de las cosas. No obstante, al comprenderse como ente dador de vida, comprende también que puede dar muerte, y es allí donde muestra su faceta obscura de hechicera y destructora, arremete contra la voz que la crea, llevándole al desgano y la lucha interminable por hacerla surgir de la página en blanco.

La expresión depende de la voz que la construye pero ésta a su vez depende de la palabra que le da vida y la fundamenta. Ambas se integran en la contrariedad de la imagen y en ese integrarse regeneran nuevamente la vida del lenguaje y la creación. Desde esta perspectiva, la mujer se recrea en el arte poética, es esa señal que incita a quien escribe a apresarla dentro del texto y sin la cual el alma poética no puede sobrevivir. 

 En la poesía de Hernández el verbo toma conciencia de su condición y se constituye como referente de lo femenino. Es una palabra que crea y re-crea con la misma facilidad con la cual puede destruir, por ello la voz insiste en reflexionar sobre ella, es el único modo de vida y subsistencia que conoce. A ella están atados sus pensamientos y sentimientos y por más que pudiera intentar abandonarla siempre volverá a ella porque es el medio que conoce para expresarse. Palabra y mujer se toman de la mano, una depende la otra y ambas conforman el ars poética. La imagen de lo femenino y su insistencia por mantenerse en el poema nos remiten a esa lucha interior que el poeta libra a diario en su afán de asirse de la poesía. La ambivalencia entre el discurso poético y feminidad queda reducida y lo que antes pudo parecer distante se vuelve, en la poesía de Hernández, un nuevo sentido. Mujer y palabra poética se hacen una: reflexión constante del oficio poético.

Si bien lo femenino se transforma en palabra, de igual modo se trasforma en urbe. La ciudad aparece también de modo constante en la poética de Hernández, transgrede su significado empírico y se vuelve esa mujer creadora y destructora a la cual el sujeto se encuentra irremediablemente atado. Así, se vislumbra la relación existente entre el espacio urbano y el ente femenino. A pesar de la alteridad que implica, un elemento integra al otro y ambos modifican la significación de la imagen, la ciudad se torna ente femenino en el mismo instante en que los opuestos se funden. La urbe adquiere, entonces, el atributo del hogar y del refugio, la morada anhelada por el espíritu de quien la habita, pero es un espacio que de forma repentina se convierte también en opresión y caos, un lugar capaz de destruir a quien la recorre sin preámbulo alguno, sólo con la intención de volver a generar la vida. El aspecto femenino de destrucción y regeneración se encuentra íntimamente ligado al espacio de la ciudad, en ella convergen los referentes de la muerte y la cotidianidad como una forma de aprisionar el alma de ese poeta que constantemente le reconstruye desde la palabra.  Mujer y ciudad confluyen en la poesía de Hernández y le otorgan un nuevo significado a la urbe y sus elementos. 

Existe también otra forma de aparición de lo femenino en la obra de Hernández, el aspecto erótico del cuerpo y del instante mágico del encuentro amoroso. Es un resurgir de la esencia femenina en su concepción como ente erótico. El cuerpo y el amor se constituyen como constante de la poesía de este autor, la mujer y toda su voluptuosidad, su capacidad de recibir al ser amado y de hacerle perder el asidero de la razón, se funde junto a la visión de lo amoroso, no obstante, es una visión colmada también de contrariedad, puesto que así como el amor erótico es placer y gozo, también implica tormento.

Encontramos así una voz que nos habla de la sensualidad, del amor y encuentro de los seres opuestos, de su convergencia en el hecho amatorio pero que al mismo tiempo se dispersan, que se enfrentan en sus contrariedades y que desfallecen en la acción erótica. Muerte y vida se integran así en el cuerpo femenino, la vida otorgada desde la continuidad de la existencia que implica el desfallecer en el justo momento del acoplamiento de los cuerpos. La poesía de Hernández reúne la imagen de la feminidad en la transfiguración, el cuerpo y el deseo, la pasión y el acto erótico convergen en la plenitud de lo que Georges Bataille llama en El erotismo (1957) “la aprobación de la vida hasta en la muerte”.

En esta poesía no hay prejuicios, no hay una mirada hacia lo femenino surgente del patriarcado o el machismo, tampoco hay exaltación. Simplemente la concepción de lo femenino se realiza en función a la experiencia que la voz ha tenido con el ente que refiere. El poeta, desde la condición genérica de masculinidad que le define, construye un referente femenino donde coexisten el lenguaje, la urbe y lo erótico, donde mujer y deseo, palabra y creación, urbe y refugio se integran para redefinir la imagen de la feminidad en la poesía venezolana.  En la poesía de Alberto Hernández, la mujer se reinserta en la literatura con base en referentes menos discriminatorios y de mayor significado. Lo femenino es palabra y su poder de creación, urbe en su concepción como refugio, y ser erótico desde su conformación, no sólo sexual, sino desde la integración, en un mismo instante, de la vida y la muerte. 

Palabra, urbe y erotismo conforman así los rasgos que de lo femenino hay en la poesía de Hernández, rasgos que redefinen la esencia femenina insertándola en un nuevo orden socio-cultural.  La feminidad asume pues, nuevos valores en la poesía venezolana, gracias a la labor escritural de la voz, siempre reflexiva, profunda y siempre en busca de otros nortes, del poeta Alberto Hernández.  


 

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