TATUAJES CRIMINALES RUSOS O LA MEMORIA DEL CUERPO

Por Alberto Hernández—


1.

La piel reconoce el tiempo y sus peripecias en las marcas que la nutren. Dibujos, trazos de tinta, cicatrices leídas como la gramática de la memoria. La tortura como aprendizaje. El cuerpo es conocimiento a través de sus distintas experiencias, pero más en los signos que lo hacen lectura desde el ojo ajeno, desde la memoria que la piel ha sabido retener en el dolor, en la grima, en medio del frío de la muerte, atravesado por la miseria, el hambre y el totalitarismo.

Fedosy Santaella emerge como poeta. Su trabajo narrativo, uno de los más sólidos de nuestro país, se ve ahora tomado por los versos que registran parte de muchas historias en la que está comprometida la suya. Las marcas de una herencia, de una genética que ha dejado huellas, rasguños en la memoria, en esa historia tan personal que es la de todos, de toda una cultura que es aún un deslave en el imaginario del presente.

Tatuajes criminales rusos (2018) confirma el talento de este venezolano hoy radicado en México, desde donde delinea este libro, estos poemas que nos perfilan a través de imágenes, no sólo en la piel sino en el tiempo que ha invadido como recuerdos a los personajes que conviven en estas páginas.

Detrás de esta voz, la del autor y sus fantasmas, hay otra u otras, la de tantas pieles sumergidas en el sopor del martirio, de la prisión, en el odio que transmite la memoria, el peso del tiempo que no pasa en vano, la voz de quien golpea con “sus manos de lija” el pellejo, el cuero de un niño cuya carne ya estaba marcada, tatuada por el fanatismo.

Estas son las voces del pasado y el presente. Voces atávicas, voces hoy libres que no sucumben a lo que les sucedió, que siguen vivas en las llagas, pinchazos y aldabonazos y golpes que un proceso político, un experimento humano, apostó a ser parte de la vida y la muerte.

El poema, los poemas, le ajustan cuentas a esa historia, a esas distintas travesías del cuerpo y el alma. Tantos cuerpos marcados, vacíos, muertos, vivos, encerrados otrora y hoy aún presas del recuerdo, de los dibujos que aún dicen mucho en la piel desvencijada de sus dueños, protagonistas de “Silencio y muerte, y mi nacimiento,/ ese otro silencio, esa otra muerte”.

Desde ese instante, las voces invaden estas hojas que Santaella esgrime como herencia, como legado, como motivación para desentrañar el corolario de aquellas marcas, de aquellos dibujos, de aquellas celdas, de aquellos esqueletos. Se trata de la biografía de la piel dibujada, trazada por santidades y demonios, pero también de la topografía de la mirada que la descubre.

“Cada atardecer, apenas llegaba yo de la calle, mi abuela me perseguía con sus gritos, me atrapaba y azotaba, y luego, de pie y desnudo sobre una jofaina de peltre, me restregaba el cuerpo con sus manos de lija.

Así decía la vieja:

‘Eres fiel, eres tu piel’.”

Y esas mismas manos de lija descubren las manos de quienes matan en nombre de las ideologías: “Me lo mató// La revolución mató a mi hijo”, expresa una de esas voces en el poema frente a la plaza Roja de Moscú, que también podría ser la de Tlatelolco, la de Tiananmen o la cerca armada de La Carlota en aquella y esta Caracas convertida en cementerio.

Hay un cuerpo interior tatuado por las falsas conciencias, por la maldad del pensamiento.

Esas “manos de lija” igual aparecen en la figura de la madre, que podría ser una representación simbólica del proceso invasivo que respiraron y respiran muchas sociedades. Representación simbólica del poder, como aquella de Gorki, toda belleza, toda bondad, pero cuya mano era capaz de lijar, degollar, matar de hambre y frío a toda una cultura, hasta “comprobar cuánto afecto me negaba, / era triste y ardoroso, / era tatuaje”.

Todo tatuaje es una mentira,  un artificio para cubrir la piel o destapar la verdadera. Todo tatuaje crea y recrea un cuerpo: lo define como mensaje y mensajero, significado y significante: metáfora de su disolución. Pero igual puede destacar permanencia, presencia cuando ya el cuerpo deje de ser.

Cuerpo acupunturado, identificado, versificado, versado, jeringuizado, apodado, renombrado. Cuerpo nuevo el tatuado, pero igual espiado por quienes se ven en el tatuaje. Los criminales se tatúan para demostrar lo que son o han dejado de ser. Los pandilleros, las manadas, las piaras sociales, los soviéticos, los nazis, los revolucionarios de “nuevo cuño”, los que ambulan entre pesadillas y aún continúan tatuando sus nombres a los pies de ídolos de barro.

 

2.

En su ensayo “Heridas. Palpitaciones. Fisuras. El habla del cuerpo” (Obras completas, 2008) Hanni Ossott escribe:

“Quien narra la historia alberga una esperanza. En la cercanía del cuerpo doliente lo expresable son las excrecencias, la contorsión, las respiraciones cortadas…

Desde aquí, el libro, la obra, no se cierran en un círculo ofrecido al descanso del contemplador. Desde aquí la promesa de la obra no es un sentido sino la descripción de una quema.

El cuerpo es lo discontinuo; acercar la obra al cuerpo, a la vida, significa acercarse a una geografía de temblores, hendiduras, paisajes inconclusos, tránsitos” (p. 750).

Todo se revela en esa afirmación de nuestra poeta y ensayista. La “biografía” de Fedosy Santaella no dejará de ser su cuerpo en el del otro que habita en el pasado y transmigra al presente, y se queda para el futuro en el poema/cuerpo.

Ossott continúa:

“La obra que es cuerpo y respiración es descriptiva, situacional, acontecimiento. La extensión de una náusea, la asfixia, la debilidad o la fuerza, al ansiedad del cuerpo en negación de sí mismo son sus ‘visiones’ (…) Desde el cuerpo no hay ‘uno’ que habla: se habla” (p. 750-751).

El discurso del cuerpo, el habla del tatuaje, el idiolecto de cada trazo sobre la piel, en la memoria, desde el “eco” que habita en cada verso, en cada quejido o herida.

Estos cuerpos tienen nombre: Iósif Lapidus (el apellido, ese apellido), en San Petersburgo; Konstantin Lérneshev, en Kungur; Alexei Morozov, en Siberia; Peter Stormore, su voz prestada en baladas para leer el cuerpo de ese tiempo; Dirna Vorobiov, en Kopeisk, y el hambre, la “fame” mortal, y Mikhail Kovanev, en Sosua, y también John Malkovich. Presos tatuados, inflexiones que andan y desandan el sufrimiento de quienes con nombre propio hicieron posible el monumento al martirologio de aquellos y estos días. Podríamos tomar los nombres de Anna Ajmátova, Ossip Mandeshtam, Boris Pasternak, Marina Tsvietávieva, entre tantos otros cuyos esqueletos físicos y verbales han desaparecido del mapa del dolor.O se han traducido en el dolor de sus lectores. Nombres tatuados por criminales marcados, por las mafias de una revolución que sigue siendo la misma en las cicatrices de sus víctimas.


rusos

Fedosy Santaella, Tatuajes criminales rusos, Oscar Todtmann Editores, 2018.

Imagen de cabecera: Fedosy Santaella, por Vasco Szinetar.

 

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