LAS CASAS EMBRUJADAS O SUBIRSE A LA COLINA DE THE HAUNTING OF THE HILL HOUSE

Por Olga Colmenares—


“El miedo”, dijo el doctor, “es la renuncia a la lógica,
la renuncia voluntaria a patrones razonables.
Nos rendimos o luchamos, pero no podemos
enfrentarlo a medias”.

Shirley Jackson

Bingewatching –cuando dejas de dormir y trabajar para ver 10 episodios seguidos de una serie– es la nueva pasión de muchos, entre los que me incluyo. Soy Olga y soy bingewachera, y se escucha el coro que dice: “Te queremos, Olga”. La premisa es sencilla: una casa embrujada. Una pareja junto a sus cinco hijos se muda a una casa con el propósito de restaurarla y venderla, invierten los ahorros de la familia, es decir se quedan atados a aquel lugar pase lo que pase. Los fantasmas comienzan a aparecer y a asustar a los más pequeños, nada extraordinario. No obstante, la verdadera historia empieza años más tarde, después de que lo que resta de la familia logra escapar de la maldición, bueno de la casa, pues la maldición se supone que los persigue. Una a una vamos conociendo las versiones de cada personaje–este recurso es uno de mis predilectos– y armamos las piezas del rompecabezas. Hasta este punto quiero dejarlo, para no estropearles la vida. Me refiero a The Haunting of the Hill House (2018).

Quisiera contarles que además de haber disfrutado esta serie con locura, también me abrió una puerta gigante–hablando de casas embrujadas–, pues me llevó a la bendición de Shirley Jackson, autora del libro en el que se basa la producción netflixiana. ¿Quién es esta mujer? El New Yorker me contó sus chismes completos y no pude más que sentir una profunda tristeza por la vida desventurada de esta mujer, pero una egoísta felicidad al enterarme de que dejó un camino lleno de migajas para mí como lectora. Me inunda tanta emoción que no tengo una idea clara de por dónde quiero comenzar, así que lo más sabio me parece contarles un poco de lo que leí en el reportaje The Haunted Mind of Shirley Jackson[1] de ZoëHeller.

Un crítico la llamó Virginia Werewolf, tratando de encasillarla en el fantasma del género:una mujer que se atreve a escribir en el género del terror, qué horror. Quizás los fantasmas son los únicos compañeros posibles en tanto materializaciones de las voces de su madre y su esposo, quienes hicieron de su vida un infierno. Un infierno que muchos hemos vivido de parte de un padre o un amigo o un familiar, ése que nos lanza a un abismo de desprecio, un desprecio que tiene como fuente mayor el espejo. En el caso de Jackson es la madre, que deja claro que la pequeña no es suficiente para llenar sus expectativas, que no es tan bonita ni tan presta a jugar su rol en la jerarquía del Country Club. Eventualmente llegó el momento inexorable de la rebeldía: gorda, escritora, casada con un judío también escritor, que le era infiel y controlaba sus finanzas, a pesar de que ella llegó a ganar más dinero que él,era la combinación perfecta para la depresión y la ansiedad que terminaron en alcoholismo y otras adicciones. Aquello no le impidió escribir, podría decirse que la impulsó a ello, siendo quizás el papel el único lugar en el que podía estar a salvo. Entonces, ¿por qué plagar sus hojas de fantasmas y dolor? Sin embargo–no deseo confundirlos– esta mujer también podía ser muy agria en sus comentarios y su agudeza la caracterizaba. Vivian muchas mujeres en ella. Y a algunas las podemos ver un poco en la serie.

La madre domina la escena, primero desde el amor maternal que se supone debe brindar a sus hijos, luego desde la concentración de la podredumbre espectral que se esconde detrás de las paredes de aquella casa. La madre es la casa, o se convierte en la casa: el hogar y la protección se convierten en el principal agresor. La madre que nunca suelta, se queda con el contrato de propiedad que la hace dueña de sus vástagos y hasta que ellos no vuelvan a ella, no puede descansar. Poco se cuenta de lo que la casa ha hecho a las familias anteriores, solo hay algunos indicios aquí y allá que dejan escapar los capataces,hundidos en la casa para siempre. Al final es revelado su papel en este juego, y su tremenda irresponsabilidad al no advertir claramente el peligro, pero los perdonamos porque sin esa omisión no habría libro ni serie.

Shirley –¿casualidad?, insertemos un guiño–, la hija mayor del matrimonio de la serie, quizás sea la proyección de la escritora que funciona como un muro de contención para sus propios demonios:la inflexible, tal vez un deseo oculto, que a la misma autora se le derrumba al final como una represa llena de huecos. Imagino que así se sentía la escritora, llena de huecos por los que se escapaba y sin poder contenerse, sin poder controlarse. ¿Cumplirá esa función la obra para el escritor, la de contenerlo? Mejor sigamos a Theo, en mi opinión la adversaria de la hermana mayor y la rebelde misteriosa e inaccesible,con una extraña habilidad que solo trae dolor –por aquello de que la ignorancia es la felicidad, lo entenderán cuando vean la serie–. La rebeldía de este personaje me da una cachetada y me deja en silencio.Esta mujer se rebela falsamente, se rebela en un ocultamiento que en lugar de fuerza es un barato sinónimo de cobardía. Esta mujer, que en la serie es un clon de Angelina Jolie, representa la ansiedad, la parálisis de la ansiedad. Y finalmente está Nell, la frágil.El núcleo de esta mujer desdoblada, la vulnerabilidad de la niña que nunca escapó de las garras de la madre posesiva, es el epicentro de la historia.

La casa que ataca, la casa que te deja en la calle–en la calle de verdad porque te echa–, te expulsa de ti mismo, te abandona sin remedio y te lo echa en cara además. La verdadera maldición es del tamaño de un puño, del tamaño de una casa.

Más allá de ser un excelente relato de terror, un terror muy sutil, tan suave que huele un poco a verosimilitud, The Haunting of the Hill House se puede leer como la maldición de la ansiedad y el terror que producen la enfermedad mental. Te comes a ti mismo, te consumes,cada una de las partes que te conforman se convierten en víctima de la enfermedad. Algunos dirán, y con razón, que a esta serie le falta un cierto punch final, quizás un acto más contundente, y hasta sangriento, por parte de los fantasmas que parecían tan poderosos. En lo particular, pienso que dicho punch le hubiese robado la magia del verdadero terror, aquel que te hace mirar debajo de la cama después de cerrar el libro o apagar el televisor.

[1]Disponible para su lectura en el portal de The New Yorker: https://www.newyorker.com/magazine/2016/10/17/the-haunted-mind-of-shirley-jackson


The Haunting of the Hill House, Mike Flanagan, Estados Unidos, Netflix, 2018. Trailer oficial

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