EN EL FIN DEL MUNDO, CON UNA VENDA EN LOS OJOS. Sobre “Bird Box”, de Susanne Bier

por Gabriel Payares—


Desde finales del siglo XX, el mundo no ha dejado de acabarse. O al menos así ha sido en la mayoría de las superproducciones del cine hollywoodense, cuyo espíritu pareciera ser que luego del triunfo del capitalismo al término de la Guerra Fría, al mundo no le restaría sino terminarse. Una variante, tal vez,de la célebre máxima del fin de la historia del politólogo Francis Fukuyama. Desde invasiones alienígenas y noches de los muertos vivientes, hasta epidemias víricas, meteoros indetenibles y catástrofes climáticas, la industria fílmica norteamericana no ha cesado en su empeño de proponer el fin de la civilización, haciendo gala de mucha o poca imaginación, de mayores y menores atrevimientos, y casi siempre sucumbiendo a una nostalgia avant la lettre por el consumismo perdido, por un supuesto capitalismo feliz e irresponsable.

Y no se trata de que no pueda serlo, de cara al menos a panoramas distópicos tan agrestes como el de The road (2009, inspirada en la novela homónima de 2006 de Cormac McCarthy) o el de la recién estrenada Bird Box (2018, disponible en Netflix) de la danesa Susanne Bier, antigua integrante del grupo Dogma 95. El quid de este tipo de relatos se encuentra, más bien, en el ejercicio de recomposición al que someten al mundo y a sus personajes, cuando no al tipo de dilemas éticos, morales y humanos a los que se ven estos últimos obligados por circunstancias que, sencillamente, los superan. ¿Cómo será el mundo después del apocalipsis? ¿De qué males sufrirá? ¿Quiénes serán los nuevos favorecidos y quiénes los conducidos al matadero?

La tentación de mostrar calamitosas inundaciones, demoliciones de ciudades enteras o conmociones planetarias son, en ese sentido, un mero efectismo que a lo sumo serviría de preludio, de justificación narrativa, al planteamiento de personajes otrora inconcebibles. Es lo que ocurre en A boy and his dog (1975), dirigida por L. Q. Jones e inspirada en una serie de relatos de Harlan Ellison, en donde un apocalipsis nuclear fuerza un pacto entre el joven y hormonal protagonista y su hambriento perro, consistente en dar cacería a las pocas mujeres sobrevivientes. Un argumento cáustico, sin duda, pero eficaz.

No ocurre lo mismo en Bird Box, enfocada en el colapso del mundo conocido y la supervivencia de sus protagonistas. El argumento se resume de la siguiente manera: Una serie de presencias aparece en la Tierra y conduce a quienes las miren al suicidio, obligando así a los supervivientes a encerrarse en sus casas y a transitar con los ojos siempre vendados. Solamente aquellos clínicamente desquiciados,es decir, locos, son inmunes a este fenómeno; pero entonces se dedican a cazar a sus semejantes y obligarlos a mirar. En este contexto se nos cuenta la huida de Malorie (Sandra Bullock), una pintora de quien apenas sabemos que está enemistada con la maternidad, junto a los niños Boy (“Chico”, Julian Edwards) y Girl (“Chica”, Vivien Blair), en un periplo bastante inverosímil hacia la salvación.

A lo largo de los 124 minutos de duración del filme, presenciaremos el colapso galopante de la sociedad frentea la ola de suicidios y un recorrido igual de veloz por todos los tópicos y lugares comunes de una película de supervivencia: el egoísta pragmático (John Malkovich), el confianzudo ingenuo e imprudente (Danielle McDonald) e incluso las necesarias cuotas raciales y sexuales, sacrificadas por el bien común (Trevante Rhodes y B. D. Wong); una galería de personajes débiles, a medio bosquejar, cuyas muertes nos dejan indiferentes y cuyos nombres ni siquiera nos molestamos en aprender. Hasta la aparición de los dos chiquillos, a mediados de la historia, no hay nadie en quien uno pueda realmente interesarse. Da la impresión de que los guionistas de Bird Box estuvieron mucho más interesados en la caída del sistema que en la naturaleza de sus propios personajes.

He allí que el relato tampoco genere una verdadera sensación de opresión, mucho menos de terror, sino a lo sumo de angustia: la trama es morosa y no avanza en ningún sentido propio, ceñida a la supervivencia de los valores familiares, o sea, de los más tradicionales de un mundo que está por acabarse. Así, el relato termina siendo una excusa para la vindicación de la maternidad, de la manera más manipuladora posible: hará falta que el mundo se acabe para que Malorie se reconcilie con su rol materno, tal y como hacen otros filmes (como I am Legend del 2007 o World War Z de 2013) con la sociedad de consumo perdida o amenazada.

Otro gran núcleo narrativo desaprovechado lo constituyen los antagonistas. Las presencias invisibles no pasan de ser un murmullo en un viento que arrastra hojas secas. Y sus esbirros delirantes, que bien podrían constituir un nuevo y pesadillezco orden social imperante (cosa que sí ocurre en la novela Soy leyenda de Richard Mathewson, de 1954, bastante alejada del filme homónimo con Will Smith), se conforman con arrebatarle las vendas a los demás y repetir consignas misteriosas (“Es hermoso” o “Limpiarán el mundo”) sin que formen parte de nada al final.

El fracaso del filme se da a pesar de las poquísimas encrucijadas éticas en el destino de la protagonista, entre las que podemos citar al menos dos: el dilema de permanecer o no en el supermercado abarrotado de comida al que se logró milagrosamente ingresar (a ciegas), lo cual supondría abandonar a su suerte a quienes esperan su retorno en el refugio; y luego el dilema de si sacrificar o no a Girl a cambio de un descenso seguro en barco, a través de los rápidos de un río. Dos situaciones retadoras que, sin embargo, son resueltas con integridad a prueba de balas por parte de la protagonista. Nada remotamente comparable con la elección de la protagonista de Melancholia (2011) de Lars von Trier, de esperar tumbada de espaldas el apocalipsis, mirando de frente al meteoro que se avecina.

Quizá la metáfora más útil de Bird Box sea justamente la venda en los ojos de los personajes: la misma que impidió a sus creadores echar un vistazo a las pulsiones políticas del momento, que claman entre otras cosas por la problematización de ciertos roles tradicionales. En ello el filme apuesta por lo radicalmente contrario: reafirmar la idea vetusta de la realización femenina a través de la maternidad. Pero lo hace,al menos, como una respuesta paranoica a la presencia invisible y contagiosa de la locura, a una manipulación masiva ante la cual apenas puede cerrarse los ojos. Así se enfrenta Bird Box a un suicidio colectivo que, sin embargo, lejos de plantearse como la decisión política que bien puede ser (a juzgar, al menos, por el comportamiento actual de muchas de nuestras democracias occidentales), se asume con la anónima despersonalización de a quienes, en el fondo, no les invita ni siquiera a una reflexión.


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Bird Box, Susanne Bier, Estados Unidos, Netflix, 2018. Trailer oficial

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