ALGUIEN QUE SE SABE SAMURÁI. Un repaso por “Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta”

Por Ricardo Montiel—


Al escuchar Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta (Córdoba, España, 1966-1996), percibimos a alguien que se sabe perdedor. Alguien sin otro atributo que el deseo de amar, privado de herramientas materiales por torpeza o desdén hacia el sistema, o sencillamente por cuidar el umbral al divertimento y a la simpleza inteligente en el crear. Y lo hace prestando mínima atención a la eficiencia técnica, propia de las grandes producciones discográficas, o a esa brillantez chaposa del sonido, afín a las fórmulas comerciales y, por cálculo directo, frágiles al tiempo. No tener nada, solo el deseo de “besar en la nuca”.

Querer. Ese “tonto sentimiento”, entre el eco de un garaje de Córdoba (lugar donde se realizó la grabación) y la trova boleril ritmada con loops, a la espera de la “pretérita belleza” (la de Catherine Deneuve), sabiendo que la musa no será vista, ni en la cama, ni en el ascensor, sabiendo que la espera es el estado natural: lo que permite imaginar lo imposible, lo que permite proyectar el deseo, sin dejar de obsesionar jamás, aunque haya otras vacantes.

La bella infelicidad de la espera, que lleva a veces al anacronismo. “Por un error de distancia” –nos dice Canta, excorista de iglesia en sus inicios–, un barco alemán de la Segunda Guerra Mundial puede hundir a nuestra novia. Y el pelar un langostino es morder la magdalena, recordar que se es “viudo del submarino”. El amor en el fondo del mar, saboreado en el “pescaíto frito” que comemos languidecidos, pero en diálogo constante con las almejas, para saber “si alguna la ha visto”, porque tras ciertos accidentes, hay un peso invisible que nos ata, “como un preso que tiene la bola en el fondo del mar”.

¿Puede el malestar existencial parodiarse? ¿Puede una figura desaparecida del golf ser la metáfora de nuestros desaciertos, de nuestra comiquísima falta de puntería? ¿Puede John McEnroe, hábil y temperamental con la raqueta, abanicar nuestras desgracias? ¿Puede el alma ser una canica? Tony Rominger, exciclista suizo, “¿puede ser que tenga el casco de Koji Kabuto?”, Fermín Cacho, corredor; Arantxa Sánchez y Gabriela Sabatini, ambas tenistas, completan la olimpiada coral, singing que te singing entre el alcohol, la política y la melancolía, tríada que Canta –o El Patuchas, como era conocido en sus años con Pabellón Psiquiátrico, banda anti Hombres G que grabó cuatro discos y cuyos temas resonaron en Argentina en los 80– condensa en sus letras con maestría, libre de vindicaciones panfletarias.

“Tantos años pasando el hambre de la esperanza, para rendirse al becerro de oro”. Y otra vez el amor como revolución, pero ya acontecida. Eventos que se toman del pasado fallido, para que no falle en los ojos del otro. Porque la pugna ideológica se resuelve en la cama, a la que no llega Deneuve, pero donde sí cabrá la valentía, otra efervescencia estudiantil como la del 68, “el ocaso sobre la marea”. Y entre lo malo y lo peor, no elegiremos nada, y seguiremos soñando. Y, como en todo sueño, habrá confusión, habrá visión oracular, para luego en la vigilia, sentir “esa fuerza poderosa (…) eso, que en todas las ciudades, enriquece los bares, / y hay quien llama amor”.

Amor por el carbón, cuyos mineros parten la vida, para que el burgués esté calentito. Amor por el tomate que no tiene la culpa. Amor por las aceitunas violadas. Y así vamos, amando y deshojando limones, hasta ser vegetal al fin. O un bonito huevo frito. Caer o salpicar con el humor de la fina ironía, arma cervantina contra la acidez generalizada, que Canta ya asoma desde el título de su disco. Como alguien que se sabe perdedor, sin otro atributo que el deseo de amar. O como alguien que se sabe samurái, aquél de Roberto Bolaño que, aun sabiéndose vencido, sale a dar la pelea.


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Juan Antonio Canta, Las increíbles aventuras de Juan Antonio Canta, Virgin Records España S.A, 1996.

Imagen de cabecera: Juan Antonio Canta, El Patuchas.

Álbum disponible para escucha gratuita en YouTube

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