LAS RAÍCES DEL SURREALISMO. Sobre “Cartas de guerra”, de Jacques Vaché

Por Augusto Munaro—


Resulta paradójico el caso del joven, culto y rebelde Jacques Vaché (1895-1919). Murió tan solo a los 23 años producto de una sobredosis de opio, pero un puñado de cartas iconoclastas le redimió del olvido catapultándolo como el iniciador del surrealismo. De ese breve y misterioso lapso de tiempo que fue su vida, logró asombrar a cuantiosos amigos, en especial a André Bretón, responsable de agrupar, póstumamente, la selección de esas cartas con el título Cartas de guerra. Hoy, Editorial Cuneta da a conocer una nueva edición traducida por Nicolás Rodríguez Galvis. Pero detengámonos en el contenido de las misivas. ¿Qué atesoran dichas cartas? Para muchos, el pulso descarnado de la libertad en su estado puro: los borradores de lo que serían, históricamente, los primeros textos surrealistas jamás escritos.

Este prodigiosamente culto y excéntrico marginal francés, que prefería definirse como un artista sin obra, fue quien en 1917, vestido con uniforme del ejército británico y empuñando una pistola, irrumpió en el teatro en el que se representaba, nada más ni nada menos que Las tetas de Tiresias de Guillaume Apollinaire, amenazando con disparar contra el público en señal de protesta por lo «excesivamente literario» de la pieza. Pero hay más de ese talento visionario que fue Vaché, el mismo, sí, que se atrevió a afirmar la inexistencia del arte.

La historia de la literatura lo acredita.  Fue él quien acuñó antes que ningún otro el “espíritu nuevo”. Vaché, quien esbozó una suerte de método hasta entonces insólito: la escritura automática. Un proceso escriturario asociado al juego rebelde de las imágenes en relación al pulso intimista del inconsciente. Cartas de guerra lo demuestra cabalmente. Su pensamiento descentrado, caótico –casi siempre “fuera de foco”, como él mimo recrimina-, pero altamente inventivo, se irradia en el hilo narrativo delirante de estas cartas. Textos escritos desde las trincheras francesas, mientras prestaba servicio -en calidad de intérprete- a las tropas británicas. Veamos: “Vivo en un hueco perdido entre restos de árboles calcinados y, periódicamente, una especie de obús se arrastra, parabólico, y tose”. Y aún algo más: “Me hubiera gustado responder a su lejana misiva con una visita -le confiesa a su querido amigo Breton-; pero, naturalmente, usted aprovecha para irse – Estoy casi siempre en la cárcel por ahora, hace, durante el verano, más fresco – Tengo a pesar de esto muchos asesinatos divertidos que contarle – Pero bueno (…) Espero que este documento le llegue mientras siga usted con vida, y mientras esté seguramente harto ocupado cortando miembros con una sierra, según la tradición, y armado con un pálido delantal en el cual se imprime una mano aceitada con sangre fresca”. Y por fin: “Saldré de la guerra dulcemente atontado, es muy posible, al estilo de esos espléndidos idiotas de pueblo (y así lo deseo)… o si no… o si no… ¡vaya película en la que actuaré! – ¡Con automóviles locos, usted los conoce bien, puentes que ceden, y manos mayúsculas que gatean en la pantalla acercándose a algún documento!”. Hay agudeza fantasiosa, ternura –inclusive- un ingenio expansivo, tan melancólico, como alegre. ¿Cómo no habrían de sentirse en su salsa Breton, Tzara, Péret, Soupault o Aragon? ¡Aquella insólita y sublime sintaxis! Nada tan misterioso como ese manejo maestro de la elipsis, que articula y potencia cada frase desacralizadora, posibilitando un lenguaje tan hermético como hipnótico. Pulsión rupturista que quiebra una idea para fundar otra, completamente inesperada, deseando por sobre todas las cosas restablecer la curiosidad y el asombro. Pues bien, esa respiración ácrata que destila su estilo, difícilmente explicable con el lenguaje convencional, asentó las bases de toda la escritura surrealista posterior, desde la fulgurante Una ola de sueños (Louis Aragon, 1924) y Pez soluble (Breton, 1924), hasta la no menos poética ¡La libertad o el amor! (Robert Desnos, 1930), entre tantas otras. No en balde Cartas de guerra, auténtica joya augural, aún continúa deslumbrando.

La presente edición chilena publicada en el marco del Programa de Ayuda a la Publicación (PAP) Pablo Neruda, y que recibió el apoyo del Ministerio de Relaciones Exteriores de Francia, de la Embajada de Francia en Chile y del Instituto Francés de Chile, asimismo cuenta con un conspicuo prólogo firmado por Enrique Vila Matas, varias imágenes de la Bibliothèque Municipale de Nantes y una cronología del autor.


Vache_Tapa

Jacques Vaché, Cartas de guerra, Traducción de Nicolás Rodríguez Galvis, Editorial Cuneta, 2012, 76 páginas.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s