NO EXISTE FECHA AÚN PARA SER ELLOS CUANDO NOS TOQUE. Sobre “Caricatura de un enfermo de amor”, de Vicente Luy

Por Ricardo Montiel—


“Sólo se lanza desde un edificio / quien está irrevocablemente determinado a morir”, dice Jacqueline Goldberg en “El más hermoso suicidio”, poema dedicado a Evelyn McHale, aquella bella californiana que, una mañana de mayo de 1947, desde el alto mirador del Empire State Building, voló al vacío. Mirando su célebre retrato post mortem tomado por Robert Wiles, vienen ahora a mi memoria otros saltos, no necesariamente de trágico destino: el de Charly García, por ejemplo, cayendo desde el piso 9 del sugestivo Hotel Aconcagua, en Mendoza, sumergiéndose en una no tan profunda piscina, sobreviviendo; el de Héctor Lavoe, también desde el noveno de un hotel, en su natal Puerto Rico, impactando sobre las máquinas de aires acondicionados, sobreviviendo; el de Vicente Luy, poeta argentino que, encontrándose en la ciudad de Salta y haciéndose pasar por interesado, en las narices de una agente inmobiliaria, cruzó el ventanal del séptimo, para segundos después caer muerto en la vereda, caer y quemarnos otra vez con la pregunta, ya epígrafe de antología general: ¿acaso es más vitalista / quien está irrevocablemente determinado a morir?

“La mayor posibilidad era caer sobre uno de esos techos de chapa para guarecer coches. Me tiro igual, pensé al principio, pero vi al instante que casi seguro hubiera terminado hecho mierda, pero vivo. (…) Mañana si concilio con un agente me van a mostrar uno”, había escrito Luy a un amigo el día previo a aquella caída definitiva, la semana de los carnavales salteños de 2012. Pero antes de su obsesión por los alquileres, había intentado con veneno; y más tarde con pastillas, de cuyo efecto retardado acabó quejándose cuando no pudo soportar el dolor: “¡Estos culiados no sé a qué le llaman sobredosis! ¡Tenés que comprar toda la farmacia para poder matarte!”. Hablaba de sus planes de suicidio –y de su infructosidad– con esa naturalidad extrema. Y con la misma produjo una obra que, en sus últimas producciones, fue tornando hacia la esencialidad ósea, cercana al humor y a la contundencia de los Artefactos de Nicanor Parra. Y es Caricatura de un enfermo de amor –primer libro aparecido en Córdoba, en 1991, ahora reeditado por Añosluz–, el concentrado inicial de una voz ya sólida y madura, “dedicada –nos dice Luciano Lamberti en la contratapa– a explorar los temas que trabajará a lo largo de su vida: la soledad, la falta de empatía, la búsqueda de lo humano”.

Escrito entre 1980 y 1990 en variedad de sitios (que van desde Córdoba a Venecia, según las notas de pie de página dispersas en el libro), Caricatura de un enfermo de amor habla, entre otras cosas, del rechazo a la autoridad: “No insistas; no vamos a jugar”, dice Luy al enemigo que “no distinguimos”, pese a que “Damos vueltas a su alrededor, alertas a todo / movimiento”. Del inminente reemplazo de éste, del enemigo escurridizo, nos advierte: “No existe fecha aún para los nuevos idiotas”. Pero también habla del desasosiego posterior a la muerte de su abuelo, el poeta español Juan Larrea, exiliado republicano y fundador en la Universidad Nacional de Córdoba del ya desaparecido Centro de Documentación e Investigación César Vallejo, autor del que fue compinche durante sus años en París, antes de instalarse definitivamente en Argentina. Tras la muerte de los padres de Luy en un accidente aéreo (apenas meses después de que éste naciera), Larrea decidió hacerse cargo de él. Lo adoptó y, tras su muerte, dejó una herencia que el nieto secaría. Y es que de Luy abundan las anécdotas de derroche. No invirtió en los tranvías de México, como Proust con la fortuna familiar, pero sí se dice de él que tomaba aviones para ir a ver fútbol en Europa, que hacia largas distancias en taxi y que tenía secretario, que financió el debut musical de amigos (Flopa-Manza-Minimal, Gabo Ferro), y que no escatimaba en gastos cuando se trataba de autoediciones, como la de La vida en Córdoba (1999), lujoso segundo libro que podemos oír gratis cliqueando aquí.

La vida en Córdoba le seguiría Aviones (2002), No le pidan peras a Cuper (2003), La sexualidad de Gabriela Sabatini (2006), Vicente habla al pueblo (2007), ¡Qué campo ni campo! (2008), Poesía popular argentina (2009, 2013 reeditado también por Añosluz), Plan de operaciones/La única manera de vivir a gusto es estando poseído (2013), y Caricatura de un enfermo de amor, opera prima en que podemos encontrar poemas como el dedicado al linchamiento de un cóndor (“Caja de fósforos”), una auténtica obra maestra. Y en el que el genio de Luy, autor vitalista y de amplísimo riesgo, parece ya haber percibido, en su temprana juventud, el nada prometedor futuro “en el que / la guerra no es vista”, y en donde “Todo ha caído; y nada excede a nuestra originalidad. / Estúpido incluso lo de ser libres, o ser otros; y hasta / ser ellos cuando nos toque”. 


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Vicente Luy, Caricatura de un enfermo de amor, Añosluz Editora, 2018, 88 páginas.

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