HUIR DE LA SOMBRA DE LOS PADRES. Sobre “Indignación”, de Philip Roth

Por Olga Colmenares—


Y así era: estaba loco por la preocupación de que su
querido hijo único estuviera tan poco preparado para
los riesgos de la vida como cualquiera que llega a la
edad viril, loco por el aterrador descubrimiento de que
un chiquillo crece, gana estatura, eclipsa a sus padres, y
entonces no puedes retenerlo, tienes que cederlo al mundo.

 Philip Roth

 

Marcus Messner está indignado contra todo lo que se lo opone a su sistema de valores. Y es que durante ese confuso período que es la juventud, vivimos en un estado perpetuo de enojo contra ese otro del que tratamos de diferenciarnos. Ignoro si Messner estaría de acuerdo conmigo, pero pienso que la ira más grave y confusa –no sólo durante la juventud– es hacia los padres, esa primera sombra de la que tratamos huir. En el caso de la novela de Roth, en mi opinión, este enojo desencadena toda la tragedia. A pesar de que el suceso que termina de voltear el destino de Messner es su breve encuentro sexual con Olivia Hutton, o quizás lo sea más bien la guerra de Corea, que todo lo mete bajo su paraguas, o puede que un compañero de cuarto insoportable, o ser un judío obligado a escuchar una misa cristiana para graduarse. Volvemos a un Edipo tratando de huir de su hado para encontrarlo a la vuelta de la primera esquina. Roth lleva las consecuencias de la indignación al extremo como lo haría un trágico griego.

Cualquier sentimiento negativo hacia la familia está prohibido y tiene que ser acallado. Calla si alguna vez pensaste en deshonrar a tu padre o a tu madre. Calla si alguna vez pensaste en culparlos de algo, que ningún hijo viene con manuales y se hace lo mejor que se puede con lo que se tiene. El padre de Messner, después de todo, sólo protege a su único hijo de los peligros del mundo, ¿no? Es digno de admiración, así mate a su hijo de tanta acción admirable. Así que habría que disculparle todo: la paranoia, el acoso, las acusaciones sin fundamento, las exigencias visibles e invisibles y hasta la hostilidad que provocan que el muchacho huya de casa.

Cuando leo la vigésimo novena novela de Roth también me indigno, pues la sombra de los padres se extiende, muchas veces, más allá de los límites normales. Me indigno ante la imposibilidad de atacar la sacrosanta imagen de los padres. Me indigno ante mi propio silencio y el castigo al que me expongo, soltando estas sentencias al mundo. En mi lectura de la novela, se hace claro que el tema es el intento de lograr la independencia, que empieza con la huida de la familia, luego de la ciudad para extender la distancia y, en última instancia, del mismo mundo. Digo intento, pues siento que Messner nunca logra salir de esa habitación llena del aire viciado, primero por la sangre de la carne, aunque luego la cambie por el cuarto lleno a cada minuto de la música insoportable de Beethoven, la turbulencia y turgencia de Olivia y la invasión de la cristiandad y el judaísmo tras el manto de una ayuda no solicitada.

Olivia se apunta como la culpable de la desgracia de Marcus, un hombre hechizado por la mujer. No, esa explicación es muy tonta. También podríamos mover el dedo índice un poco y apuntar al propio protagonista y su pacatería y arrogancia de ateo, auspiciada por Bertrand Russell[1]. Mejor buscamos en el antagonista a este culpable: el rector ultra católico que lo obliga a responder a unos cánones de conducta normales –dentro de la norma–. Pero también culpables son la madre silente, los compañeros de cuarto insoportables e idiotas, las fraternidades judías, las costumbres de todos, los trucos para esquivar las obligaciones. En fin, todos son culpables y responsables por el destino de Marcus. Sin embargo, mi lectura acusa al carnicero kosher –como lo califica despectivamente el rector de Winesburg University–, el padre que no entendió que su hijo no era parte de su propiedad y que, por tanto, no tenía derecho a protegerlo como se protege a un automóvil o a una casa con enrejados y alarmas y perros guardianes que recorran el perímetro.

¿Es que acaso Messner tenía salvación? ¿O estaba condenado, como Edipo, desde el comienzo de la historia? ¿Es que acaso sería exagerado decir que los padres son oráculos no tanto por su tino sino por su influencia, sus límites y sus exigencias? Edipo comete un error fatal. Marcus también comete un error fatal. Marcus termina por mudarse a un cuarto de la universidad que nadie quiere por solitario y frío. La sentencia cae junto a la fiebre que lo lleva al hospital. El mundo conspira para que saque la cabeza de los libros y se enfrente con una realidad para la que él no está preparado, una realidad en la que hacer lo correcto no es la norma, en que los actos de la mayoría indignan por faltos de rectitud, por subrepticios e hipócritas. ¿Y con qué regla medía este muchacho que escapa de la guerra de Corea? Quizás allí mismo está el problema, los libros solo brindan argumentos e ideas, pero la experiencia no está allí, nunca estuvo allí. La experiencia no se adquiere en la trastienda de una carnicería trabajando con papá. La experiencia le fue negada a Messner en tanto residente de la sombra de un padre que estrangula y una madre que calla.

Cuando por fin la madre se decide a hablar, ya es demasiado tarde: ya Marcus no puede concebir un mundo en el que su padre no sea la norma, en el que su padre no tenga de cierta forma la razón, en el que su padre no merezca ser justificado de alguna u otra manera. El padre como el designio, como el atentado al libre albedrío o, en este caso, como su asesino. Los kilómetros de distancia no impiden que el muchacho fracase en convertirse en hombre, al tomar decisiones propias o después de acostarse con una mujer. Nada se concreta en su vida, sólo la constante justificación de su huida y los vanos intentos por continuar su plan de fuga. En mi opinión, Roth escribe una novela sobre el odio al padre y la impotencia del hijo ante su influencia.

Me reconozco en Marcus, me reconozco como una mujer normal que ha odiado a su padre y a su madre. Inmediatamente, luego de escribir la frase anterior, mi instinto fue proseguir con una suerte de justificación, con un “también los amé”. Sin embargo, de eso no es de lo que estamos hablando. La idea de que los padres cometen errores es una muy difícil de afrontar en la cultura latinoamericana, sobre todo. La idea de que los padres no son dioses y que el cuarto mandamiento de la ley de Dios debería tener un poco más de explicación. Honrarás a tu padre y a tu madre, pero ¿siempre? ¿No importa lo que hagan? ¿No importa quienes sean? ¿No importa lo que sientas? ¿Les perteneces?

Al terminar este libro, algún tiempo después, sigo indignada. Una idea no me sale de la cabeza: ¿Es que acaso la única manera de honrar al padre y a la madre, cumplir con el mandamiento de Dios y el otro que siempre observa, es pagar la vida que te dieron con la propia?

 

[1] Marcus basa su ateísmo en el ensayo “¿Por qué no soy cristiano?” de Russell.


md22871726320

Philip Roth, Indignación, Literatura Random House, 2009, 176 páginas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s