RACE THE SUN Y EL ESTADO DE FLUJO. Sobre “Race The Sun”, de Flippfly

Por Javier Alemán—


Hace ya décadas que desde la psicología y la psiquiatría se investiga y trabaja con un concepto que viene del budismo, desproveyéndole de la parte religiosa y de cualquier tipo de espiritualismo. Seguro que les suena: mindfulness o atención plena. Aunque a menudo se han exagerado sus resultados en terapia y también muchos charlatanes se han apropiado de él para todo tipo de cosas, la realidad es que como complemento o parte de muchos tratamientos puede ayudar mucho. Al fin y al cabo, las técnicas que se usan van dirigidas a estar en el momento presente, a disfrutar del aquí y ahora, a simplemente disfrutar del instante sin evadirnos de él.

En esta línea, cada vez aparecen más videojuegos que tratan de centrar al jugador en el momento y de disolverlo en la experiencia. A mí me gusta llamarlos videojuegos zen. Al igual que muchas de las etiquetas que utilizamos, no deja de ser un artefacto caprichoso en el que encajo ciertas experiencias, pero hay algo que lo puede definir muy bien: son pequeñas obras de arte digital que consiguen ponerme en un estado mental de claridad, disfrute y cuasidivinidad. La resolución de un kōan hecha videojuego, si gustan.

Obras como Far From Noise o Race the Sun entran perfectamente aquí, y bien podrían ser su máximo exponente. Aunque el primero probablemente sea el que mejor abraza esta idea, el segundo es una pequeña obsesión mía  y quisiera hablarles de él. Endless runner desarrollado por los hermanos Forest y Aaron San Filippo, se trata de un simulador de carreras eternas contra uno mismo y un enemigo al que nunca podremos vencer: el sol. Manejamos una navecilla que funciona mediante energía solar, y nuestro objetivo será avanzar, avanzar y avanzar. Mientras recorremos los bellísimos escenarios del juego y esquivamos los obstáculos que nos van apareciendo el sol irá poniéndose, amenazando la autonomía de nuestra nave, incapaz de vivir en la sombra.

Y ya está, nada más. Como Sísifo, nos vamos a enfrentar a una tarea inútil: llegar un poco más lejos que en la carrera anterior, avanzar unos metros más hasta que la crueldad de la ley de gravitación universal acabe con nuestra ilusión. Cada victoria es breve y pírrica porque el sol no para de recorrer el horizonte.

Aunque sí hay algo que podemos hacer: a medida que recojamos tris (unos triangulillos que pueblan el escenario) y superemos desafíos, podremos ir subiendo de nivel y desbloqueando algunos añadidos para la nave y power-ups nuevos, desde verdes que nos permiten saltar hasta rosas para sobrevivir a un choque. También, si somos hábiles, podremos prolongar la duración del sol en el horizonte cogiendo estrellas amarillas, que nos acelerarán temporalmente. Pero todo seguirá siendo en vano. Lo intentaremos cientos de veces, aprovechando que cada día los escenarios se reinician y que podremos jugar a los mundos de la comunidad, algunos de ellos sin nada que envidiar a los originales. Y nunca ganaremos.

Una lección de humildad, eso es Race the Sun. Sus creadores no han cometido el inmenso error de contaminarlo con una historia ni añadirle un trasfondo, sino que lo han dejado como pura jugabilidad, como oasis de diversión y concentración. Pero, a la vez, es mucho más que eso.

race the sun

El psicólogo de impronunciable apellido, Mihály Csíkszentmihályi, describió hace años (1975) la experiencia de flow, o flujo. Habla de esa sensación (que en algún momento, todos hemos experimentado) de total atención a una tarea, de sensación de dominio y de éxito en algo que estamos haciendo. Hipermotivación e inexistencia abrazándose, con el tiempo subjetivo desintegrado a nuestro alrededor. Lo que los psicólogos llamamos también fusión: todo lo que eres está implicado en lo que estás haciendo, y no eres nada más.

El propio diseñador de videojuegos chino Jenova Chen (cabeza pensante tras flOw, Flower y Journey) ha insistido en que uno de los enfoques de sus juegos está en someter al jugador a una experiencia así (sólo hay que mirar el título de la primera incursión de Thatgamecompany) y estoy seguro de que todos tenemos experiencias así con algún videojuego. En mi caso, Race the Sun es un baño de flow constante, es lo que busco cuando quiero sentirme así durante un pequeño rato. La combinación de movimiento, velocidad y la concentración requerida acaban zambulléndome en un estado de flujo, que se interrumpe con los choques y vuelve a nacer al darle a continuar. Su diseño, tan limpio y minimalista, ayuda a no distraerse con efectismos, pero se permite de cuando en cuando algún gesto para maravillar al jugador. Quizá sea un pájaro dorado recompensándonos al final de cada vuelta o un escenario que con sus elementos nos escribe una máxima sencilla: LIFE HAS MEANING[1].

La música de Race the Sun es indisociable de la experiencia del jugador, es prácticamente la mitad del título: no ya porque cambie cuando queda poca luz, sino porque es el otro elemento que se grabará en la cabeza mientras uno pilota su nave en la carrera más inútil de todas. La batalla contra el tiempo la marcan las cinco canciones que Forest San Filippo ha creado para la ocasión, música de carácter electrónico e instrumental, pero igual de breve y sencilla que el juego. Música que resuena con grandiosidad.

Es curioso porque hemos hablado de una serie de elementos más allá de la propia actividad de manejar la navecita y volar, música y obstáculos en el escenario dirigiéndose a nosotros. Lo lógico sería pensar que actuarían como distractores, y lo cierto es que a cierto nivel de concentración lo hacen. Mirando lo que nos cuentan las enormes letras podremos chocar o dejándonos llevar por la música podremos despistarnos… hasta que entremos por completo en el juego. La suma de factores, la Gestalt que acaba por formar, acaba por arrastrarnos a la experiencia al completo. La música, las montañas, las letras… todo se convierte en un mantra machacón que fija nuestra conciencia dentro del juego y contribuye a los bocados que nos dará Race the Sun, a que nos consuma y atrape hasta que el sol nos vuelva a derrotar.

Como juego, Race the Sun tiene todo lo que se le puede pedir a un endless runner. Es tremendamente divertido, es frenético y horriblemente adictivo. Es una experiencia (a dios gracias) solitaria, pero nos va mostrando cómo quedamos en los marcadores frente a otros jugadores, cosa que acentúa el pique. Es virtualmente eterno por la generación de escenarios procedurales, pero además tiene contenido creado por otros jugadores para darle aún más vida. Si el jugador quisiera sufrir de verdad, tiene un modo Apocalipsis aún más difícil. Y como colofón, una pequeña extensión llamada Sunrise que elimina todo desafío, al sol y los obstáculos y nos permite volar eternamente, licuarnos en la cabina de nuestra navecilla mientras nos arrulla su música. Todo lo que quiera el jugador, todo le da.

Así que en esta lectura final podríamos hablar de dos cosas, de Race the Sun como juego o como sensación. Como juego, para fans del género, es una maravilla. Pero es como sensación cuando hablamos de algo aún más poderoso. Es capaz de vaciarte la mente y hacer que durante un rato, para ti sólo exista el sol, la trayectoria y la obligación de llegar un poco más allá. Si además te fascina el minimalismo como a mí, es bastante probable que el síndrome de Stendhal te juegue una mala pasada mientras juegas.

Pero no te emociones, el sol acabará ganando.

 

[1] En inglés en el original, literalmente: “la vida tiene sentido”.


Race The Sun, Flippfly, 2013, PlayStation 4, PlayStation 3, PlayStation Vita, Microsoft Windows, iOS, Wii U, GNU/Linux, Mac OS, Xbox One, Trailer oficial

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