FIESTA LOCA EN LA BANQUINA. Sobre “Búsqueda del tesoro”, de Lael Servicentro

Por Ximena Villalba—


I

Paprika.

Eso fue lo primero que pensé cuando puse el cuerpo en “Búsqueda del tesoro”, la instalación de Lael Servicentro en marco del Festival Chatarra en Córdoba. Durante su 5ta edición, en el centro cultural 220 Cultura Contemporánea, el Chatarra se pensó en relación al espacio: la conexión y desconexión que cada espectador creaba con las instalaciones. También eso fue la búsqueda de un tesoro: descubrir otros lugares, otras zonas probables. Y si no, fundarlas.

En la obra de Lael, la primera impresión con la que uno se topaba era el juego, la fiesta, el exceso descocado al que invitaban los objetos abigarrados. Porque había una habitación llena de cosas para hacer lo que uno quisiera. Entonces, uno vivía un primer momento de querer agarrarlo todo, algo así como una bocanada de aire que inundaba. Después, la indecisión. ¿Qué hacer con todo eso? ¿Cómo jugar? Y uno empezaba a toquetear los objetos, a meterse entre ellos, a oler el plástico… Mucho agite, pero la cosa no arrancaba.

Paprika, la película de Satoshi Kon.

Apenas uno entraba lo recibía el amarrillo chillón, bien estridente. Había que atravesar un pasillo angosto con paredes que se podían intervenir, por eso los frascos de vidrio con lápices y gomas en el piso ―estaban para escribir o dibujar. Hacia el final del pasillo, libros apilados a los costados: ciencia, arte, literatura, historia, lo que venga. Ese era el ingreso solemne. Más adentro, la bizarreada: una habitación que reventaba de colores y cosas apiñadas, envueltas en un plástico transparente, una especie de papel film que lo sellaba todo. El brillo blanco investía los bloques de objetos y oprimía levemente la retina del observador.

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II

Había algo muy kitsch en esa profusión colorinche: una fiesta grotesca, un modo de barroquismo que escenificaba la hibridez, el exceso cotidiano que nos corroe. Ahí estaba lo desquiciado. Esa manera tan loca en la que nos movemos, la acumulación desbordante, el mar de objetos que pululan hasta taparnos. Por eso, Paprika. Por el reviente, por el modo enfermo de hurgar y amontonar tanto adentro como afuera. Porque la instalación nos llevaba a esa instancia donde había una consciencia reprimida que emergía y salía a flote. Monstruosa, la masa de objetos bien dispares cobraba vida: propio de toda instalación, cada elemento fuera de contexto se infundía de un aura que lo resemantizaba, lo escenificaba para hacerle decir otra cosa.

“Búsqueda del tesoro” era la materialización del desfile demencial de la película. Sobre todo por los peluches, por esa cosa infantil tan lúdica y oscura a la vez. No era difícil recordar el primer momento sinfónico del anime, después de que la psiquis del personaje Shima Torataro eyecta y él recita el discurso inaugural:

“Las damas de la corte bailaron
en armonía con las flautas y tambores de las ranas.
El torbellino del papel reciclado era digno de verse.
¡Parecían gráficos de computadora!
El hecho de que yo no apoye el perfeccionamiento del tecnicolor
junto con la insufrible pequeña burguesía
es un conocimiento común en Oceanía.
Es el momento para regresar a casa al cielo azul.
El confeti bailará por las puertas del santuario.
El buzón y el refrigerador guiarán el camino para los otros.
Aquellos que se preocupen por las fechas de caducidad y los horarios,
no serán un obstáculo en el camino del tren de la gloria.
Necesitan ver el epicentro del triángulo.
Este festival fue organizado por la clase de tercer grado
con la cámara de telefoto de laboratorio.
¡Vengan! ¡Únanse!
La fiesta es para los elegidos.
Soy el último gobernador.
¡Ahora! ¡Ahora mismo! ¡Llévenme!”.

Por supuesto, un delirio, porque en la película se pone en cuestión un método de psiquiatría. La protagonista se convierte en una “detective de sueños”: busca en el inconsciente, busca entre millones de imágenes bizarras. La búsqueda onírica la lleva hasta un parque temático llamado “Sueñolandia”. Algo parecido atraviesa el artista en el proceso creativo. Vaya a saber cuál será ese tesoro a encontrar.

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III

La obra del artista argentino nos ubicaba en ese borde de ficción y realidad, de libros y objetos lúdicos. Desde esa intersección entre el adentro y el afuera, lo interno y lo externo, Lael Servicentro montaba un espectáculo cómico y trágico a la vez. Nos invitaba a un juego, a intervenir y crear, pero también denunciaba la otra cara de la moneda: la sobredosis. ¿Qué se busca? ¿Hasta dónde podemos llegar? Resulta interesante cuando el artista trabaja en esas fronteras que evidencian los conflictos dando lugar a lo heterogéneo, a lo plural-contradictorio. Por eso, la fiesta loca, el barroquismo berreta.

En este caso, la primacía de la información como fuente totalizadora del sentido legítimo fue desafiada desde un procedimiento que evidenció la acumulación compulsiva de objetos y teoría. Desde la banquina, desde lo periférico-intersticial, se buscó una reconversión, sobrepasar los límites del saber cerrado y desplegar otros bordes inciertos del arte contemporáneo. De allí que se le dio “voz” y libertad al espectador: cada uno le podía poner su condimento a la instalación -su paprika-, ya que las paredes fueron intervenidas por la expresión espontánea de la gente. El día de la inauguración no era cuestión de abandonar la obra así nomás, por eso dejé escrito un “Paprika” enorme en la pared.

 


Lael Servicentro, Búsqueda del tesoro, Instalación Site Especific, En el marco de la 5ta Edición del Festival Chatarra, realizado en el centro cultural 220 Cultura Contemporánea. Del 8 de junio al 15 de julio de 2018, en Córdoba Capital, Argentina.

Fotografías: Ximena Eliana Villalba

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