Sobre “Hoja de tabaco”, de Manuel Bolóm Yaxcal

Por Teresa Orbegoso—


“Entre tantas preguntas sin responder,
una será respondida: ¿qué revolución
compensará las penas de los hombres?”

La revolución es un sueño eterno

Andrés Rivera

 

Siempre me he preguntado cómo no enloquecieron los hombres, las mujeres, los ancianos y los niños de nuestros pueblos originarios ante tanta violencia cometida contra su cuerpo, su mente, su espíritu, durante los años de la conquista y lo que vino luego, con la independencia que nunca dejó de excluirlos. Pienso en la pérdida de la razón de la reina troyana Hécuba, en su sanguinaria venganza ante Poliméstor  y sus hijos por haber matado a su nieto, al cual le había confiado su vida, siendo su amigo. ¿Cómo hicieron los pueblos originarios para superar no sólo la muerte de un niño sino la de millones de personas? Pienso en la idea de resistencia desde la lengua materna que no se olvida. Pienso en ese castellano que no se habla a la perfección. En esos símbolos escondidos de su origen dentro de las paredes de iglesias católicas. Podría planteárseles la pregunta que se hizo San Agustín a sí mismo, sobre qué aman cuando aman a Dios. Y quizá responderían algo así como: amamos lo que escondemos de ti.  Había que esconder. ¿Había que entender a medias lo que se decía en castellano para no enloquecer? ¿Y quizá ese sea el motivo por el que floreció la poesía de manera natural en nuestros países coloniales? Si cuando pronunciados fueron todos sus nombres, pronunciadas fueron también todas las equivocaciones. Quizá el hombre de nuestras tierras quiso que el español se confundiera y por eso nombró el lugar por el que preguntaban con el nombre de otra cosa. Quizá todo debía entenderse mal desde el principio. ¿Por qué tendrían que compartir lo que sabían con aquellos que los estaban matando? ¿Por qué entregarles su nombre?

La socióloga Saríah Acevedo en su ponencia “Vencer a la muerte, pervivir: la constante política en la vida artística de los pueblos mayas” nos recuerda que este lenguaje artístico, “como el de todos los pueblos en el mundo, es un metalenguaje, es un lenguaje que va más allá de lo hablado y refleja obviamente la totalidad de la cultura, la cosmovisión y la resistencia de sus formas espirituales”. En síntesis, su estética no puede dejar de ser política. Siendo la memoria, la denuncia, la resistencia y el resurgimiento actual como pueblo los motores esenciales para la creación. Debo entonces decir que la obra del guatemalteco Manuel Bolóm Yaxcal no se aleja de esta lectura. Hoja de Tabaco es un poemario esencialmente político. No puede dejar de serlo desde el momento en que el autor se declara perteneciente a la cultura Maya Quiché.

En su libro Hoja de Tabaco se desenvuelve la Historia como una intuición nietzscheana: la idea del hombre de ser el sueño de lo desconocido. En el primer poema de Manuel, a diferencia del despertar del hombre de la civilización occidental junto a un dinosaurio en el microrrelato de Monterroso, el yo poético del maya que abre los ojos ha perdido a su jaguar. Siendo el dinosauro en el cuento una metáfora de la barbarie, de la sombra que sigue durmiendo junto al ser humano; el jaguar de la cultura maya, figura sagrada que pertenece a otro espacio y mundo que no es el de los pueblos ni el espacio civilizado, desaparece y ante esta nueva realidad el corazón del poeta se abisma y se sumerge en el inframundo. Así leemos: “Cuando abrí los ojos/el jaguar no estaba ahí/sudaba frío/respiraba exhausto//algo no estaba en su lugar//era mi corazón andando/que no hallaba por dónde entrar”.

No podemos pasar por alto que el poeta se llama Bolóm, palabra maya con la que también se designa al jaguar. Hecho que nos hace pensar que el poeta no sólo ha perdido un símbolo de su cultura sino además su nombre. Sin embargo, en los poemas siguientes parece ser el conocimiento de la memoria y el amor de sus antepasados lo que le permitirá seguir su viaje en el inframundo. Serán sus padres, su abuela, los mártires de la resistencia maya como Atanasio Tz´ul, Lucas Aguilar, los masacrados en la cumbre de Alaska, los que le devuelvan la comprensión verdadera. Esa manera de entrar en diálogo con el mundo lejos de los libros y más profundamente con la voz sagrada de las montañas, las cuevas, los animales, los climas: la defensa de lo justo, la lucha por la libertad. O como él lo dice tan bellamente en el verso del poema “Analfabeta”: “(…) ella en cambio comprendía/el lenguaje del viento/-la brisa/la gama de las nubes/la vociferación del trueno// no era analfabeta”. ¿Serán acaso las palabras las sombras de este tiempo?

El poeta sabe que hay que desconfiar de este lenguaje pues éste sirve para decir las cosas que el poder quiere que digamos. Sus palabras sólo dicen lo que es útil para el sistema y no dice ese río de vida incomprensible, ese silencio que cada uno lleva adentro, esa montaña, ese retorno a lo puramente humano como bien le reconoce Rodolfo Kusch al hombre de América. Será desde este otro lenguaje que podremos hablar recién todos los lenguajes, aquéllos que expresen el misterio de ser hombres. Y su cultura ha sobrevivido a este sistema colonialista por siglos conservando su propia lengua que sí dice lo que ellos quieren, que si habla de ellos y cómo entienden la existencia. Así lo reconoce en el poema “Historia”:

“Nuestro tiempo/ha resistido a la muerte/con el día y la oscuridad/ha tejido cada hilo que cubre nuestro cuerpo//nuestro tiempo tiene memoria/porque somos cada hilo/que sostiene nuestra propia historia//algunos/han querido tejer nuestra historia a su manera/pero resistimos a esa muerte/porque la historia sin nosotros/son historias mutiladas/remendadas con sangre y huesos (…)”.

Aquí la desgracia no cancela a quien la padece. Aquí la esperanza ha aprendido a sobrevolar sobre el estiércol. Aquí el horror de quien es sometido logra ser transformado por ese corazón. No hay destrucción para esta cultura que ha sido expulsada infinitas veces de su paraíso. Porque el maya nunca dejó de contarse su propia historia.

Este libro tiene además otra clave de lectura posible. Y con esto quiero referirme concretamente al título maya del libro: Xxaq May. Siendo que para el maya la hoja de tabaco, dentro de su saber tradicional, es considerada como una entidad viva, será ella la que le permita comunicarse y relacionarse con las personas muertas, el universo y todos los seres en una especie de ritual de diálogo.

Este uso ceremonial del tabaco podemos encontrarlo en la cultura maya quiché en el libro sagrado del Popol Vuh. En él aparece Tojil, el dios del fuego, a quien los mayas adoraban y agradecían fumando tabaco. A través de la combustión de las hojas de tabaco, Tojil, aparece y accede a los cuerpos de los fumadores. La estimulación producida por fumar tabaco permite al Dios Tojil habitar y controlar los cuerpos. Una vez inundados por el calor del dios Tojil, el espíritu se separa de la materia para habilitar un pensamiento superior. En el poema “Repensar” el autor lo menciona por única vez para volver sobre sí mismo con estas palabras:

“(…) repensándome/ la voz de una abuela murmura a mi espalda/ y la danza de sombras se relucen/ con el fuego del tabaco entre sus dientes// repensándome/ bebiendo de mi propia esencia fermentada/ digiriendo las sobras del puro de Junajpu e Ixb’alamq’eh/ mientras se manifiesta el fuego de Tojil”.

También, en un extenso poema llamado “La trampa” nombra a la hoja de tabaco como una ofrenda al búho mensajero de Tzuul Taq’ah, al enemigo de la comunidad:

“(…) vuelve a tu casa/ vuelve con quien te envió/ aún nos queda la palabra/ contra la tuya/ reconstruiremos los caminos/ se iluminarán nuestros ojos/ oiremos de nuevo/ no seremos de tuza/ no seremos de petate/ y la esencia será sensible e impenetrable// porque el fuego/ aún sigue vivo.//aquí te dejo tu puro / tu hoja tabaco”.

Asimismo, en el poema “Difuntos” aparece el acto de fumar tabaco como protección para los que hacen su viaje por el inframundo:

“(…) no olviden sus ocotes/ no olviden sus candelas/ no olviden la piedra del fuego/ porque en los caminos de xib’alb’a/ la obscuridad tiene filo/ el silencio devora/ coman, beban/ fumen su tabaco/ para ahuyentar a las serpientes/ que cuelgan en los caminos subterráneos del mundo”.

Finalmente, no podemos dejar de hablar del rol principal que en este poemario ocupa la muerte. La muerte es la casa del poeta, aquella casa que lo une con lo sagrado. Si el cuerpo es muerte, entonces los cuerpos también son los abuelos, los ancestros, todos nuestros muertos. Serán ellos los que guiarán, los que fortalecerán la sabiduría de los vivos porque no están solos.  Será también la hoja de tabaco un símbolo no sólo del ritual que pervive a la colonización impuesta, sino además la gran metáfora de la resistencia maya que el poeta retoma como fundacional para salvaguardar su identidad cultural. Él sabe que estos tiempos exigen para los escritores mayas la superación de esa visión folclórica que se tiene y que los mismos mayas han dejado que se tenga de su pueblo. Así en el poema “Autocrítica” escribe:

“(…) ya basta de ser/ el cosmético,/ la india /el indio/ que adorne la independencia criolla// ya basta de ser pueblos objetos de discursos/ de lo romántico/ de lo intolerable/ del atraso/ basta de ser los sitios del retiro citadino/ el patio, la sabana, la finca del kaxlan// ya basta del discurso/ sin saber qué es dejar caer/ una semilla de maíz en la sagrada tierra// basta de ingenuidades/ basta de conceptos desgastados/ que no concuerdan con nuestras vidas/ como si nuestras lenguas no fueran suficientes/ para nombrar el universo”.

Este llamado exige a los creadores y al pueblo en su conjunto a  rechazar esta imagen absurda y a involucrase  en la construcción, difusión y defensa de su propia cosmogonía y su propia ética. Y es la palabra en la lengua maya de los antiguos la que les dará fuerza y vitalidad. Por eso el bilingüismo de este libro se vuelve esencial. Pues en él se refleja el diálogo y el debate que el escritor establece con su cultura, el diálogo con el corazón que ha sobrevivido como tradición milenaria. Una tradición que le permite trascender lo contemporáneo sin renunciar a la idea de que el creador es depositario de la cosmovisión y sanación de su cultura.

 

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