LA TRAVESÍA DE LOS DÍAS ANIMALES. Una lectura de “Los días animales”, de Keila Vall de la Ville

Por Olga Colmenares—


La travesía es siempre igual, la misma meditación
cada vez, el mismo sudor ácido; y cada vez es
diferente, cambia de acuerdo al clima, la roca es
más o menos adherente dependiendo de su temperatura.

Keila Vall de la Ville

 

Conocí a Keila hace años en un taller de narrativa de Monte Ávila Editores. Quedé enamorada de su voz, de la intensidad con la que leía sus cuentos, de su dulzura y de lo etérea que, a veces, me resultaba. Leyendo su primera novela sentí que me tomaba un café con mi testigo[1] favorita en algún café de Caracas o de Nueva York en donde nos vimos por última vez. La voz de Keila, en mi memoria y en mis lecturas, dibuja una tensión maravillosa entre la prosa y la poesía. Los cuentos de Ana no duerme (Monte Ávila Editores, 2007) son viajes sensoriales, ocurren dentro y para adentro, hacen de un mínimo sonido un universo entero y de un gesto el centro de la Tierra. Al menos así recuerdo la lectura de sus borradores, que tuve la dicha de escuchar en aquel taller. Así como sus cuentos son lírica, diría que sus poemas cuentan historias, son narraciones que te hacen viajar a esa cotidiana magia que lo envuelve todo pero que se esconde también de todo. En el cuento y en el poema se permite ese juego, esos malabares entre las dos orillas; la novela, en cambio, lleva el peso de la anécdota encima, el plot la restringe. Sin embargo, Keila es capaz de manejar los diferentes registros; cuando se escapa una grosería, se mete en el camino un conocido “primero muerta que bañada en sangre”[2], se adentra en el sexo sin aspavientos o se crea un poema hermoso para terminar en menos de una página su regreso a Ítaca.

Los días animales (OT editores, 2016) es una travesía, siendo ésta el trayecto entre dos puntos en el tiempo, un antes y un después de Rafael, del cáncer, de la escalada, de la universidad, del recorrido por el mundo en busca de un punto de partida. Los días animales es el viaje de una heroína mundana, cuyo único poder es el de confundirse y dejarse revolcar por la olas de esa etapa de la vida en la que somos salvajes, en la que la razón no fluye tan fuerte como el semen, la saliva, sangre y la humedad sin nombre. Por ello, Los días animales es también un coming-of-age un poco más allá de la adolescencia pero en el que se muda de piel, pues siempre “algo se termina y algo vuelve a nacer” (p. 209). Los días animales no es una historia ni de amor ni de desamor, aquí la relación de tormentos de Rafael y Julia es el pasaje a la jungla para esta mujer, es el permiso de dejarse llevar con la excusa de perseguir al escalador maldito por medio mundo. Los días animales nos permite husmear en otros animales y nos regresa a nuestro propio animal, nos deja escalar las paredes de nuestro propio abismo mientras nos sujeta fuerte para evitar la caída.

¿Cómo sobreviviste tú a tus días animales? ¿Cómo los digeriste y encontraste el camino de vuelta si es que no te perdiste para siempre? ¿Cómo fueron aquellos días en los que te alimentabas del mundo entero? ¿Cómo te recuperaste? ¿Qué perdiste? Porque no hay ganancias, no, esos días son de pérdida. Te pierdes y lo que encuentras al final ya no eres tú, es otra cosa que se parece a ti, que se amolda a otro, a un constructo que le resulte de cierta manera racional. Julia pierde muchas cosas a lo largo de su travesía, una de las cosas que pierde es a su madre y ese momento inunda el libro entero. La maestría con la que Keila describe la agonía, la enfermedad es también un movimiento, una mudanza en sí mismo, en sus palabras:

“Te dicen que la enfermedad queda en un lugar y de pronto se muda, ya no está allí, o no sólo allí. Es un mapa mutante (…) Lo que queda decir es poco y a la vez un lugar común. Hoy en día todo el mundo muere de cáncer. Se conoce bien cómo es, primero las dudas, las molestias sospechosas. Luego la mala noticia y unos pocos días en blanco, entonces la cinta elástica. Un futuro sobre la cinta elástica puede estirarse si le imprimes el peso adecuado (…) Eso sí, si pones demasiada presión a la cuerda, rebotas y sales disparado hacia el cosmos. Lo mismo si te apresuras por llegar al otro lado, si te desesperar por salvarte” (p. 22).

Más allá de la enfermedad, durante una porción de la vida estamos en la cuerda floja hasta que llega la estabilidad o envejecemos o morimos. ¿Qué tanto extrañas tú la cuerda floja?

Mis propios días animales llegaron a borbotones cuando cerré la contratapa del libro. Luego de una semana de acompañar a Julia (Pájaro) y a Rafa, a El Cap, y a la mamá de Julia mientras moría o la regañaba, a Fabio, al Gocho, a Federica y Dylan; personajes entrañables, cuyas caras metamorfoseadas bailaban en mi montaña de los 90s y me recontaban mis propias historias, mis escaladas y también mis caídas y los abismos que se cerraron y se convirtieron en volcán que solo muy de vez en cuando vuelve a estar en erupción. Quien se disponga, atreva o desee abrir la tapa de esta novela se va a reencontrar con sus propios demonios. Es inevitable. Es necesario. Es placentero. Es doloroso. Es animal racional, animal salvaje, animal domesticado, animal libre. Me pregunto qué sensación me habría producido su lectura cuando yo misma era un animal salvaje. Ahora que soy más parecida a los humanos y he sido domesticada me produce mucha nostalgia, me produce temor. Quizás, son los días animales a los que hay que aferrarse como Rafael, dejarse las uñas pegadas a la montaña y disfrutar el dolor de la carne viva rozada por el viento. Quizás, los días animales sean sólo el paso necesario para que la razón reine y la raza humana no se extinga de puro golpe. Quizás son un rito de iniciación en el que te matas o te mueres.

Soy incapaz de culpar a Keila por todos estos vacíos y torbellinos en los que me metió, pues de alguna manera me lo advirtió todo en la página 75 y yo la seguí leyendo. Me dijo que

“Las personas comprimen. Obligan. Restringen. Las palabras confunden. No sabes quién serías hasta que no sales del ecosistema que te obliga a ser de una manera u otra. No sabes de qué eres capaz hasta que no estás ahí (…) Un instante estás acá, al siguiente estás en un limbo que sólo puede terminar en el tope: a media pared no te puedes quedar” (p. 75).

¿Salir o no del ecosistema? ¿Quedarse a mitad de pared, saltar al vacío, terminar en el tope? ¿Dónde estás tú, que me lees ahora?

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[1] Así la llamo desde un día frío de febrero en New York por el 2013.

[2] Una típica expresión venezolana.


Keila Vall de la Ville, Los días animales, OT Editores, 2016, 216 páginas.

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