LA FICCIÓN COMO LABERINTO. Sobre “Matilde debe morir”, de Cristian Acevedo

Por Angie Pagnotta—


El fin o el comienzo de una historia, —cualquier historia— es materia de discusión y de apreciaciones que cada lector, cada crítico y cada escritor, establecen para sí en un contrato íntimo del que solo a veces se develan algunas de sus partes. Matilde debe morir (2016), primera novela de Cristian Acevedo, autor argentino nacido en 1980 en Buenos Aires y que ha publicado ya tres volúmenes de relatos: Canibalísmico (2014), Indignatarios (2015) y Sommelier de infiernos (2016), es una novela que no escapa a esta formulación y sin embargo, en esta reseña, intentaré develar lo que, según mi lectura, ocurre con ella.

No hace falta llegar a mitad del libro para comprender el juego al que nos expondremos al leer la novela. Desde el inicio, en el apartado “Advertencia” se devela el juego que empieza a proponerse, juego que el mismísimo autor nos hace. Pues en este apartado nos invita lisa y llanamente a dejar de leer o seguir adelante:

“(…) Más atrás, a un lado de la barra, siguiendo por el pasillo que da a los baños, habrá otro personaje. Ahí es donde usted se ubicará. Caminará hasta esa mesa y se ubicará en ese personaje. No a un costado, no frente a él. Sino en él. Usted será ese que ahora se mantiene estático, aquel que sostiene un pequeño libro y que ni parpadea”

De esta forma, entonces: no hay escapatoria posible: nosotros, lectores, nos convertimos y, efectivamente, somos ese personaje y, en tanto sigamos leyendo, nos convertiremos en parte de la historia. Tal vez esto dicho así, suene a poco o a lo mismo de siempre, pero créame: es así, nos volveremos parte fundamental de esta historia. O quizás, para ponerlo en otras palabras, esta “Advertencia” no es, únicamente, una utilización literaria conveniente para definir los encuadres teóricos del texto, o la trama argumental de una novela. Entonces, si el lector avanza y continúa en su lectura, notará que toma posesión de uno de los personajes del lugar que se describe y —a partir de ese momento y para siempre— será ese personaje, un personaje que, por cierto, está activo en la trama.

Desde el comienzo se advierte que Matilde, la protagonista de esta novela, va a ser asesinada. Ella es una joven que todas las tardes se dirige a un bar en la calle Charcas y Armenia, se sienta junto a la ventana y se pone a escribir y a tomar notas. A partir de su muerte, se desencadenarán un sinfín de elucubraciones. No sería inteligente de mi parte ahondar o profundizar en este aspecto, porque si no develaré todo el libro; aquí lo importante es hacer notar que Acevedo refleja en sus palabras un entrecruzamiento literario complejo, un laberinto de ficción bien logrado con personajes sencillos —que son más bien pocos— en donde todos tienen la ineludible tarea de averiguar quién es el asesino de Matilde y cuáles fueron sus causas para matarla. En las idas y venidas de esta necesaria incertidumbre, el juego de la ficción se comienza a revelar y su autor lo hace, página a página, de forma extraordinaria.

Por momentos, el narrador trasciende las páginas y está sobre el lector: nos irá llevando por una trama que, por su agilidad y su elocuencia, nos pone capítulo a capítulo en un interés permanente y la sensación de ser parte de la historia jamás se desdibuja. No hay fisuras ni pausas en la lectura: Acevedo nos lleva, nos mete, nos vuelve personajes y ahora, al leer, somos y asumimos ese rol que nos fue impuesto… y nos encanta.

Este juego que mezcla la ficción y la realidad de forma constante se va moldeando en una novela que por momentos parece el (buen) capricho de su autor, y por otros, sin embargo, parece un brote irónico al que el lector asiste sabiendo que se trata de una intrincada y pensada paradoja o, en el mejor de los casos, una vuelta de tuerca que hace notar, creer o saber que todo aquello que estamos leyendo está pasando, está sucediendo y, para mejor, que somos parte de lo que sucede.

Los capítulos están conectados de forma tal que tanto trama como diálogos fluyen de modo ulterior, uno con otro son un enlace perfecto, tal como lo son los epígrafes de cada una de las partes del libro: “Advertencia”, “Matilde no debe morir”, “Matilde debe morir” y “La espera”. Como sucede, por ejemplo, con: “Habría que inventar un nuevo género policial, la ficción paranoica. Todos son sospechosos, todos se sienten perseguidos’’, en palabras de Ricardo Piglia. De este modo y gracias al perfecto juego que el autor establece, Matilde debe morir es una novela que va construyendo y trabajando la arquitectura de la ficción de forma magistral, no sólo con metaliteratura en forma de cuentos que la protagonista escribe —con fragmentos lúcidos de su modo de pensar, de su propia ficción, de su forma de ser—, sino también en el cuestionamiento de la ficción desde la ficción: en la utilización de los personajes y del lector como parte de la trama y, además, con la compleja e interesante historia que cuenta, historia que al terminar el libro nos hará saber que, por suerte, ya no somos los mismos.


Cristian Acevedo, Matilde debe morir, Barenhaus, 2016, 144 páginas.

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