La danza de la intemperie. Sobre “Nocturno”, de Margarita Nores y Ciro del Barco.

Por Ximena Villalba—


 “El jardín nocturno es siempre la verdadera escena”

Ikebana política

Claudia del Río

 

I

El paisaje se abre en la noche y vibran los sonidos de un monte vivo que respira y acusa sus verdades. El campo seco con su ramaje anuncia una carencia, el fin de un ciclo natural. Solo quedan despojos. Hacia un lado se extienden las ramas del monte, asoman las espinas en la trama de un dibujo amarronado en ondulaciones. Estamos frente a una instalación que nos invita a reflexionar sobre pinturas de paisajes nocturnos, nos hace pensar en la idea de cuadro que se puede transitar: habitar el cuadro para hacerlo, para inaugurarlo cada vez con uno mismo ahí dentro.

Pedazos de árboles, hermosuras autóctonas, se despliegan en el montaje de la sala, abren sus cuerpos escultóricos a un cielo oscuro. De fondo, el rumor del monte envuelve al sujeto que transita el lugar, lo traspasa, lo transporta a ese otro espacio que el ciudadano olvida bastante: la intemperie. Con la resonancia de insectos, el movimiento crujiente de hojas y el fluir del agua, la voz grabada del monte se reproduce una y otra vez. Realmente, uno está en la noche.

Muy acorde al maestro Hiroshi Yoshimura, el objeto sonoro que acompaña a la poesía visual arropa, abraza suave. El sonido del vídeo mapping se va fusionando acompasadamente con las imágenes serranas. Las partes del paisaje, capturadas mediante técnicas de VJ, se escurren sobre paredes, resbalan en el suelo o el techo. Las formas en movimiento se deslizan y tiemblan, desplegándose sobre las ramas desnudas, empapando al espectador. Hay un swing que mece, que seduce lentamente y, sin darnos cuenta, ya estamos en otro lado, ya tenemos la piel mutando camaleónicamente por dibujos digitales, dado que, intermitencias de oscuridad y luces violáceas y verdes han puesto en marcha las variaciones de las cosas. De a poco, todo se va uniendo; nos encontramos inmersos en varios paisajes. Una vez desconectados de la ciudad empieza el viaje: se activa el recuerdo de la memoria corporal, conectamos con una verdad interior. Esa sensibilidad abarrotada que nos mueve es la potencia creadora de “Nocturno”: nos devuelve a lo más sagrado, la intemperie.

2

II

En Córdoba Capital, durante junio y julio, el Festival Chatarra pasó por su 5ta edición. Su propuesta fue la desconexión con el espacio para la conexión con otros lugares posibles que están inmersos en el mismo sitio, otras zonas probables que existen subterráneamente a la sensibilidad superficial con la que nos movemos todos los días. Es decir, el Chatarra vino a cuestionar la manera en la que nos relacionamos con el entorno, vino a sacudir al espectador que traía una idea de lo normal, lo que ya sabía, la forma domesticada de interacción entre espacios y cuerpos.

Con las obras de artistas locales, nacionales e internacionales, la arquitectura del centro cultural 220 Cultura Contemporánea fue interpelada mediante experiencias artísticas que nos llevaron al límite de habitar y deshabitar los espacios inconexos de esas salas tan angostas y atípicas. Y aquí es donde la obra de los artistas visuales, Margarita Nores y Ciro del Barco, nos hizo preguntarnos ¿qué le ocurre a nuestro bosque autóctono? ¿Qué estamos haciendo con él? ¿Cuántos mundos laten en el paisaje vivo? ¿De qué se trata esa sensación enigmática que palpita en el pecho cuando habitamos la noche de un monte?

Ambos artistas han logrado un diálogo en el que pueden expresar la impronta de sus recorridos creativos. En el caso de la argentina Margarita Nores, sus obras integran la arquitectura y el diseño desde una mirada abstracta en la que aborda trabajos con mapas, paisajes, cartografías, etc. El mexicano Ciro del Barco se caracteriza por trabajos que abordan el campo audiovisual: videoarte, vídeo analógico y digital, vídeo mapping, instalaciones, arte escénico, etc.

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III

“Nocturno” es una obra que nos encapsula, nos aparta del ruido de la ciudad y su caos de objetos, con el fin de devolvernos a nuestro hogar, a nosotros mismos: el páramo del monte, el bosque autóctono. Ahora bien, la instalación nos interpela en la tarea de mirarnos, de comprender que los árboles se pelan en el acto de abrirse hacia el cielo y crecen, que increíblemente crecen, y ascienden desnudos y en silencio porque su lugar es afuera. Gracias a esa intemperie obtienen su soberanía. Los sabios taoístas, también. Por eso, quizás, la labor que nos toca es desentrañar lo sagrado y aceptar que en la Matrix hay una verdad: “la cuchara no existe”.

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Margarita Nores y Ciro Del Barco, Nocturno, Instalación Site Especific, En el marco de la 5ta Edición del Festival Chatarra, realizado en el centro cultural 220 Cultura Contemporánea. Del 8 de junio al 15 de julio de 2018, en Córdoba Capital, Argentina.

Fotografías: Gonzalo Viramonte

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