ELLOS SON NOSOTROS Y NOSOTROS SOMOS ELLOS. A propósito de “Los que duermen en el polvo”, de Horacio Convertini

por Gabriel Payares—


En junio de 2016 se cumplieron 200 años de la noche en que, reunidos en una mansión frente al lago Leman, en Ginebra, los jóvenes escritores John Polidori, Claire Clairmont, Percy Bysshe Shelley y la que sería su mujer, Mary Wollstonecraft Godwin, aceptaron el desafío de Lord Byron y se retiraron a sus respectivos aposentos a escribir una historia de horror. Esa misma noche del verano más frío que la región registrara jamás, nacieron dos de los más célebres monstruos contemporáneos: el vampiro de Polidori y la criatura de Frankenstein de Mary Shelley. Ambos reelaboraciones de mitos antiguos. Y ambos fundaron una tradición que se conservaría, adaptada a los rigores y pulsiones de la época, hasta nuestros días.

A diferencia de las criaturas mitológicas previas con las que el ser humano daba forma a sus pesadillas, este par de monstruos exhiben un rasgo importante y novedoso: su semejanza con la forma humana, de la que sólo le distinguen su temperamento, sus debilidades mágicas o acaso ciertos rasgos de apariencia que ameritan una cercana inspección, como no reflejarse en espejos, tener cicatrices de autopsia o el hecho de habitar una frontera invisible entre la vida y la muerte. De ambos, me interesa aquí sólo el monstruo de Frankenstein, el “moderno Prometeo”: la criatura fabricada a partir de fragmentos de cadáveres reanimados mediante electricidad y que, desprovista de nombre, sentido vital y de pertenencia, jura venganza contra su creador. Y me interesa porque es uno de los ingredientes principales en la fragua del zombi contemporáneo, ese híbrido actual entre tradiciones africanas y miedos imperiales, entre hechicería vudú y la guerra bacteriológica.

La presencia del zombi entre los monstruos dilectos de la contemporaneidad puede ser objeto de muchas interpretaciones y abordajes. Pero es sin duda un objeto imaginario interesante en tanto que lo asociamos, sobre todo, con las debilidades estructurales del mundo en el que habitamos, es decir, lo hacemos responsable de acabar, en su rampante y contagiosa voracidad, con los órdenes establecidos. El suyo es un mundo nuevo, de nuevas reglas, de nuevas satisfacciones. El zombi no trabaja, no acumula, no se protege ni tiene necesidad de innovar, pues ni teme a la muerte, ni goza de su existencia de algún modo particular. Es, usando palabras del semiólogo venezolano Aquiles Esté (Cultura replicante, Gedisa: 1997), un monstruo célibe, en el que el placer de la procreación ha sido reemplazado con la ceguera del contagio. No insiste ya en pedir una compañera a su creador, como la bestia en el relato de Shelley, pues carece de otro empuje vital que el del hambre, el más básico de todos. Los zombis son personas desposeídas de lo humano.

Este rasgo cataclismico, de transformación ética, social y económica que los zombis le imprimen a nuestro imaginario, se encuentra presente en la abundante (y desigual) producción cinematográfica e historietística del tema y, en mucha menor medida, en la literatura. Y las mejores exploraciones del tema son, paradójicamente, ambivalentes: esos seres siniestros que tiran abajo nuestra civilización, al mismo tiempo nos liberan de ella.

Tomemos como ejemplo la novela Los que duermen en el polvo (Alfaguara, 2016), del argentino Horacio Convertini (Buenos Aires, 1961), cuyo epicentro tiene que ver con la reconquista de una Buenos Aires despoblada después de la epidemia zombi que forzó a trasladar el gobierno a la Patagonia: la misma que en el siglo XIX se tildara de “desierto” a medida que se le arrebataba a los tehuelches y ranqueles. Esta voltereta del destino le permite a Convertini relatar los últimos días de la misión de repoblamiento del territorio zombi, una empresa inmersa en intrigas políticas y detectivescas en que, el barrio porteño de Pompeya figura como epicentro y fortín, cárcel y burbuja, de un grupo de personajes entre los que Jorge, el protagonista, ocupa un lugar más bien accidental.

Los intríngulis de la vida pasada de Jorge, en la narración, se le revelan al lector de a retazos, en un improbable ejercicio de memoria, a medida que transcurre la apática pesquisa por los asesinatos de dos de las mujeres del campamento militar. Es así que nos enteramos de su relación frustrante y casi abúlica con su esposa Érika, desaparecida poco después de la llegada de ambos a Patagonia; o de su amistad con el Lele, líder civil de las tropas guarnecidas en Pompeya, dueño de las ambiciones y la falta de escrúpulos que es lugar común en todo político de trayectoria. Comparado con ellos, Jorge resulta un espectro, más del bando de los zombis que del propio: una versión deprimida, insegura y rabiosa de sí mismo, a quien ni siquiera los afectos de una amante más joven y voluptuosa convencen de arrancar las fotografías de Érika en la pared. Una víctima, diríase, del mundo con que los muertos vienen a acabar.

fotograma del filme original de George Romero Night of the Living Dead de 1968
Fotograma del filme original de George Romero, “Night of the Living Dead”, de 1968

Los que duermen en el polvo no centra su atención en el advenimiento del contagio, ni en el horror de las criaturas, sino en el efecto que producen en la sociedad, es decir, en la reconfiguración que ejercen sobre lo humano o el modo particular en que le sirven de espejo. Así ocurre, por ejemplo, en el extraordinario remake  de Tom Savini (1990) de la obra maestra de George Romero, Night of the Living Dead, cuyas escenas finales pertenecen a las grotesca cacería de zombis de las milicias locales organizadas por la policía, y el descubrimiento por parte de la protagonista de que “Ellos son nosotros y nosotros somos ellos”: poca cosa son los zombis frente a la crueldad humana. En el caso de la novela que nos ocupa, en cambio, el final conduce a Jorge al descubrimiento de una certeza por demás humana: su propia crueldad y su miedo al dolor, atributos de los que los zombis carecen; pero una diferencia a la vez que no impide una sensación de reconocimiento: “Están tan débiles como yo” dice en su especie de soliloquio final, “Ellos también se desgastan en una muerte interminable (…) Me pregunto si yo voy a ser uno de ellos. Si en esas rondas interminables en la búsqueda de comida, al pasar por acá, podré reconocer esta casa y me llegarán, como ensoñaciones vagas, los recuerdos de tu cuerpo amado, de los días felices. Porque ahora no me viene nada de eso” (170-1).

La zombificación, entonces, se ofrece como una puerta de escape de lo humano, de sus presiones y dolencias, reemplazadas por una existencia anestesiada por el hambre. Pues es justo esa urgencia, esa insaciable pulsión de alimentarse, la que vislumbramos al final de nuestra historia como especie.


Horacio Convertini, Los que duermen en el polvo, Alfaguara, 2017, 176 páginas.

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