El espíritu de la máquina. “Singularity”, de Jon Hopkins

Por Benjamín Carabajal—


La electrónica tiene más de un siglo de vida, pero es bastante joven si consideramos hace cuánto llegó a la escena popular. Tuvo un período de auge en los años 80, pero lo que estaba de moda era en realidad canciones pop convencionales tocadas con sintetizadores. La música mayormente instrumental (el techno, el house, el trance, entre otros cientos de géneros) siempre tuvo un aire misterioso, siempre pareció correr en paralelo al resto de los sonidos comerciales, con puntos de contacto, pero nunca como un igual frente al rock o al folk, por ejemplo. Y, aunque prácticamente todos los temas de moda de la actualidad son en mayor o menor medida electrónicos, cuando charlo con gente todavía escucho algunos preconceptos sobre la electrónica instrumental: que es repetitiva y “sin alma”, que no tiene sentido fuera de los boliches, que no implica el mismo nivel de “talento” que tocar una guitarra, etcétera, etcétera.

Algunos de esos puntos (los dos primeros) pueden ser esenciales para varias ramas de la electrónica, pero hoy por hoy es un mundo tan amplio que no podemos quedarnos solo con esas ideas. Pienso que hay álbumes destinados a demostrar que los sonidos hechos con máquinas pueden ser tan emotivos, cautivantes y transformadores como el rock más trabajado y el folk más sentido. Singularity (2018) de Jon Hopkins es, creo, uno de esos álbumes.

La música sin palabras cuenta historias de otras maneras y, en este caso, es la historia de la creación de un universo. Uno que nace de una sencilla línea de código, ocupa un píxel al principio, pero pronto se expande (a la manera insistente de un artefacto) hasta ocupar cielos de números y montañas virtuales.

Los títulos de los temas del disco pueden resultar, o no, engañosos: “Todo conectado”, “Seres luminosos”. ¿Esto es un álbum para la meditación? De algún modo, sí: su autor puede pasar casi todo su año entre boliches, conciertos y el descontrolado mundo nocturno, pero también se retira en ocasiones al desierto a practicar la meditación trascendental. Y de sus pensamientos y visiones nace esta obra. Sin embargo, no vas a encontrarte aquí con clichés new age ni con música para la relajación, al menos no de una forma tradicional: hay bajos envolventes, distorsiones, música para bailar y olvidarse de lo que no vale la pena. Quizás insinué que el álbum es humano, pero no quise decir que tratara de disfrazar sus orígenes. Este universo que se expande está hecho de metal, no de carne, y tiene una lógica diferente del nuestro.

En ningún otro momento queda más claro esto que en el segundo tema, “Emerald rush”, por el que recomiendo empezar si todavía no estás seguro. Los primeros momentos son de una suave melodía aguda que se acelera y se ralentiza a cada momento, mientras un bello piano se mantiene indiferente a estos cambios. Pero no pasaron ni dos minutos y el bombo (tan característico de los boliches) se come todo y nos empuja a mover los pies. Y, aun así, la suavidad del principio no está muerta: subyace como susurros, cantos agudos y el piano otra vez. Hay tantas capas de detalle que podrías estar meses diseccionando solamente este tema de menos de 6 minutos. A la persona que piense que hacer electrónica es solo tocar un par de botones la invito a sumergirse en esos minutos.

Los experimentos continúan en “Neon pattern drum”, con unas vibraciones bastante agresivas pero erráticas a la vez. Acerca de ellas, Jon Hopkins comentó humorísticamente: “Si no te hice pensar que tus auriculares están fallando es porque hice mal mi trabajo”. Y, a pesar de ser una pieza muy movida, termina con unas campanas salidas de algún monasterio en las montañas.

Nuestro universo está en plena ebullición y ya va por lo que quizás sea el momento central del álbum: “Everything connected”. No hay dudas: esto está hecho para la pista de baile. Es un hermoso monstruo de ruido que tiene un inesperado interludio de guitarra, pero que termina transportándonos indefectiblemente a la noche. Sin embargo, es la última explosión de este mundo, ya que de aquí en más, la creación termina y da paso a la contemplación. No quiero adelantar la experiencia por completo, pero podés esperar coros, largos pasajes introspectivos y piezas de piano solo.

No es la primera vez que Hopkins crea algo de estas dimensiones: ya había publicado Immunity (2013), el mejor álbum del año. De algún modo, para los que ya seguimos su carrera, Singularity no suena del todo novedoso. Pero, a la vez, vive en una esfera tan distinta a la mayoría de la música promedio que, por mí, podría repetirse en tres álbumes más y no dejaría de estar satisfecho. Por ahora, me contento con formar parte de este nuevo universo que se regenera una y otra vez, de escuchar uno de los talentos más creativos de la música (de todo tipo) al servicio de mis oídos.


Jon Hopkins, Singularity, Domino Recording Co Ltd, 2018.

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