ASKILDSEN, el maestro noruego del relato breve que cautivó a una mujer menonita de la llanura pampeana

Por Ciro Herrero—


El graznido inconfundible de un chajá, cuando advierte algo extraño, anunció la llegada de un carruaje a la diminuta Terminal de Ómnibus de Guatraché, en el sudeste de la provincia de La Pampa. De esa especie de sulky chic con techo, llamado Buggy por los colonos, descendieron dos mujeres menonitas, cuyos largos vestidos rozaban sus tobillos. Portaban capelinas con anchas toquillas de raso color violeta y pañuelos de tafetán que les cubrían el pelo y el cuello. Recordé que esto no era un simple ornato, pues el color de los pañuelos indicaba la condición civil de estas dos mujeres: negro para la casada, blanco para la soltera. Madre e hija, pensé. Aquella imagen de tinte surrealista, que me retrotrajo al siglo XIX en pleno siglo XXI, interrumpió abruptamente mi lectura. El conductor del carruaje sostenía con firmeza las riendas del caballo y parecía darles indicaciones a las mujeres, en un alemán incomprensible para mí. El sosiego de sus movimientos atrapó mi curiosidad. Finalmente, las dos mujeres se despidieron del hombre y se encaminaron hacia el único banco que poseía la Terminal de Ómnibus en aquel exterior: el mismo donde yo estaba sentado. Me saludaron cordialmente y se sentaron a mi derecha. En mi cabeza comenzó a resonar aquel viejo tema de David Bowie llamado “Palas Atenea”, cuya letra consta de una sola línea que se repite hasta el hartazgo: “Dios está por encima de todo, eso es todo”. Una pieza musical inquietante, en la cual se plantea el poder que la religión tiene sobre el hombre y cómo el hombre se relaciona con Dios. Irónicamente pensé: “Dios tiene el control, relájate”.  

Aún faltaban unos cuarenta minutos para que llegase el bus que me llevaría a la ciudad de Santa Rosa.  Retomé la lectura del libro que mi entrañable amiga Bodhild Tuv Dalland me había obsequiado días antes, en la víspera de mi cumpleaños: Los Cuentos reunidos del escritor noruego Kjell Askildsen. Bodhild, con su característico semblante sincero, intentó convencerme de que leyera los relatos de su coterráneo: “Si tanto te gustó Hambre, la novela de Hamsun, estos cuentos te encantarán todavía más… no puede ser que sólo conozcas a Hamsun y a Ibsen… además, esta edición cuenta con un prólogo de Fogwill” –sentenció con tono jocoso, algo inusual en ella. Por último, me recalcó que si bien la famosa opera prima de Hamsun, aquel Premio Nobel de Literatura casi olvidado, no era fácil de superar, bien valía la pena adentrarse en la obra de Askildsen.

Durante mi breve estadía en Guatraché devoré los 36 relatos de Cuentos reunidos y comencé a releer algunos, un día antes de mi partida. Advertí que, con disimulo, la joven mujer menonita que estaba sentada a mi lado leía de reojo el relato que yo estaba leyendo, titulado: “En la peluquería”. Fue entonces cuando le ofrecí el libro para que pudiera leerlo más cómodamente. Al rechazar mi ofrecimiento, arranqué la hoja que contenía las páginas 77 y 78, donde se hallaba impreso aquel relato, y la extendí hasta sus manos. La joven, un poco absorta, tomó la hoja con pulso firme y comenzó a leer ávidamente. Mientras lo hacía, me pregunté varias cosas: ¿Cómo sería la vida de esas dos mujeres dentro de la comunidad menonita Nueva Esperanza, ubicada a unos 30 kilómetros de allí? ¿Cómo sería la vida de esas 2.000 almas germánicas que llegaron a la Argentina durante el primer quinquenio de los años ochenta y se afincaron en una superficie de 10.000 hectáreas, en espera del fin del mundo? ¿Cómo sería una vida de casi aislamiento del mundo moderno, sin utilizar teléfono, Internet, radio, televisión, e incluso electricidad? Cuando la joven culminó la lectura del relato, entablamos una breve conversación, de aparente tinte superficial. Veinte minutos después llegó el bus con destino a Santa Rosa. Antes de subir, escribí en el ejemplar de Cuentos reunidos mi dirección postal en Buenos Aires y se lo entregué a modo de préstamo, pidiéndole que me lo enviara por correo al finalizar su lectura. La palidez de su rostro germánico cedió terreno a un leve sonrojo y sus ojos azules emitieron un destello de complicidad que se incrustó en mi mirada. Guardó el libro en su bolso e intercambió unas palabras con su acompañante, quien aparentemente le reprochó su accionar y con un gesto vetusto ocultó el enojo de su voz, dando lugar al silencio. Intuí, en ese frágil instante, que la joven había logrado hacerse de un objeto prohibido. Una cicatriz en el cielo, una simple estela de condensación dejada por un avión, atrajo su atención. “Chemtrails”, me dijo. “Todo es posible”, le respondí despidiéndome. Me dirigí hacia el bus recordando aquellos temas de Prince y de Beck titulados “Chemtrails”, que hablaban de las famosas estelas químicas, sin resquicio para las teorías conspirativas.   

Varios meses después recibí por correo el libro, junto a una nota escueta de agradecimiento que finalizaba de la siguiente manera: “…quizás por esa razón es increíble como, en cada relato, las nimiedades superan el lastre del pensamiento. Sin dudas este escritor no es un hombre dominado por la imagen de sí mismo. ¿Será por eso que logra clavar un alfiler en el aire? Saludo cordial,  Anna”.

Anna
Anna

Fragmento del prólogo de Cuentos reunidos, escrito por Rodolfo Fogwill: 

“Los textos de Askildsen eluden descripciones, escenografías, tramas, suspensos, desenlaces, sorpresas calculadas que revelan la mala fe del narrador, pinturas de época, guiños a la moda de temporada, denuncias contra el nazismo, el racismo, el estalinismo, el capitalismo, la contaminación, los medios de comunicación, la policía, la monarquía, la injusticia, ni contra el mal, entendido como resultado de un proyecto consciente de los humanos. Y sin embargo, cada una de sus páginas nos sacude como si fuese un alegato. ¿Qué alega?”

*

Kjell Askildsen (Noruega, 1929) se ha convertido, a sus 89 años, en un hito viviente de la literatura contemporánea escandinava. Considerado como uno de los grandes maestros del relato breve, su literatura se basa en una concisa y sobria prosa sincopada, en la que el lector completa las historias plagadas de silencios, dudas y desasosiegos. Su ácida visión de la realidad recurre con frecuencia a la ironía, utilizando un sarcasmo de tinte escandinavo que hiela; y logrando retratar, en pocas líneas, aquellos sentimientos que los seres humanos esconden bajo la formalidad de sus palabras y sus gestos. “Mis textos apuntan al hueso –dice el anciano escritor-, dejan ver la contradicción, lo insoluble, eso que no tiene solución”.

Traducido a más de veinte lenguas, Askildsen publicó su primer libro: Desde ahora te acompañaré a casa (1953) a la edad de veinticuatro años, y desde entonces, no ha parado de escribir. “Uno se hace escritor leyendo y entendiendo lo que puede hacer la lectura para las personas. No soy ningún crítico literario. Soy un hombre sin estudios. No poseo ninguna de las palabras necesarias para decir por qué algo es bueno, pero la literatura es el único punto en mi vida en el cual tengo la sensación de estar seguro de mí mismo. Ésa en sí es una buena razón para escribir”, confesó este hombre al cual algunos emparentaron con Kafka, Beckett y Camus.

Al adentrarse en el universo de sus cuentos uno descubre que, allí donde no abundan las descripciones, está presente nuestra condición de seres mortales. En una de las pocas entrevistas que Askildsen ha concedido en su vida, manifestó al respecto: “Lo que está excluido del mundo actual es la relación con la muerte. Yo no hablo de la muerte, pero está presente. Nadie quiere desaparecer. La idea de desaparecer de la mente de los otros resulta insoportable. Y ni hablar de la propia muerte”. Me pregunto si Anna habría reparado en este telón de fondo que, sutilmente, se exhibe en los relatos escuetos que leyó. ¿Acaso no es la muerte el antitema por excelencia? Una muerte que se ha vuelto silenciosa y reclama silencio, en una época donde le damos el gusto de callar, creyendo que la matamos con nuestra mudez. Un tema incómodo,  que difícilmente le quite el habla a las convicciones religiosas de la joven menonita. Una vez más, comencé a releer “Cuentos reunidos”; donde cada relato es una minúscula obra de arte. ¿Será por eso que logra clavar un alfiler en el aire?

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Kjell Askildsen, Cuentos reunidos, Ediciones Lengua de Trapo, 2010, 298 páginas.

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