DARLE COCAÍNA AL UNICORNIO EN NAVIDAD. Sobre “Happy!”, de Grant Morrison y Darick Robertson

por Gabriel Payares—


“Se trata de Cuento de navidad [de Charles Dickens], hecho por Quentin Tarantino durante un viaje lisérgico”. Así describió en una entrevista el actor Chris Meloni al argumento de Happy! (2017), serie televisiva en la que tiene el papel protagónico. Pocas frases tan acertadas hay para describir la estética central de estos ocho capítulos, producidos por SYFY y distribuidos por la cadena de streaming estadounidense Netflix.

Happy! es una versión más o menos libre de la miniserie de historietas homónima que el guionista escocés Grant Morrison y el dibujante Darick Robertson publicaron en 2013, y cuyos cuatro tomos fueron recibidos sin demasiado entusiasmo por parte de la lectoría. Quizá porque sus premisas, herederas del noir y sus policías corruptos, sus antihéroes cínicos y sus despiadadas aunque intocables corporaciones, no fueron suficientes para arrojar luz sobre las potencialidades de la trama, sobre todo frente a otras obras monumentales del propio Morrison, como Batman: Arkham Asylum – A Serious Horse on Serious Earth (1989), su éxito apoteósico con la DC Comics, o como The Invisibles (1996-2000) o  The Filth (2002-2003).

La trama, sin ánimos de revelar demasiado, se centra en el ex policía Nick Sax (Chris Meloni), convertido en una suerte de mendigo y asesino a sueldo tras su caída en desgracia, y en su improbable encuentro con Happy (en voz del comediante Patton Oswalt), un unicornio azul, parlanchín y volador, amigo imaginario de una niña secuestrada por un maniático y que solamente él puede ver. El relato, una vez establecidos los nexos entre los dos personajes que los obligarán a trabajar en equipo,  opera en ambas versiones como una típica “buddy movie”, en que el vínculo afectivo resulta, contra todo pronóstico, ser duradero y necesario para la redención navideña del protagonista.

happy cutscene

Lo logrado en la versión fílmica de Happy!, sin embargo, es de una notable personalidad propia, en comparación con el cómic. Sin alejarse demasiado del mundo convencional en que fue concebido, tiene la virtud de detonar el relato matriz  mediante el furioso enriquecimiento de sus subtramas, expandiendo los márgenes de la tensión narrativa y dando cabida a personajes secundarios (sobre todo femeninos) que, en el formato original, eran apenas excusas. Se saca provecho, así, a la época y al lenguaje cinematográfico, mediante angustiantes secuencias y ambientaciones, en las que es posible encontrar guiños a clásicos cinematográficos (The Shining de Kubrick, por ejemplo; o Charly y la Fábrica de Chocolates de Roald Dahl) así como abundantes referencias a la cultura pop (Crank de Brian Taylor, o el Show de Jerry Springer, quien se interpreta a sí mismo), alternando el tenor del gótico urbano con una delirante y colorida conspiración corporativista.

Mención aparte merecen, en esta suerte de revigorización, los antagonistas del relato. Desde el sobrio e iracundo “Mr. Blue” (Richie Coaster) o el extravagante torturador llamado “Smoothie” (Patrick Fischler), cuyo rol inicial era cuando menos terciario en la historieta, hasta el perturbador antagonista final: “Very Bad Santa” (Joseph D. Reitman), que parece sacado de una verdadera pesadilla en Nochebuena. El conjunto de criaturas feroces que pueblan el relato, visto así, representan una enorme ganancia en materia estética narrativa y personalidad, cumpliendo con lo que el propio Alfred Hitchcock advirtiera respecto al papel vital de los antagonistas en lo atractivo o no que un relato pueda resultar.

Otra lectura interesante surge de cotejar Happy! con el simpático Who framed Roger Rabbit? (1988) o la más atrevida Cool World (1992), muy distintos entre sí, pero cuyos mensajes finales tendían al restablecimiento de un equilibrio entre la realidad y el deseo, vale decir, la fantasía: cada una ocupando su justo lugar. No ocurre lo mismo en el caso de Happy!, en el que dicha frontera parece estarse cruzando continuamente, llegando incluso a prescindir de a momentos del propio Nick Sax. El delirio aspira a instaurarse como un mecanismo relator. Un concepto que ya aparecía en las primeras (y quizá más trasgresoras) animaciones del universo Disney, antes de convertirse en el patrón de las representaciones del status quo.

Los cambios estéticos y estructurales en la construcción del relato de Happy!, en definitiva, no sólo resultan atractivos visualmente (siempre y cuando no incomode la enorme cantidad de violencia sangrienta y de sexo más o menos explícito), sino que sientan las bases, los necesarios cabos sueltos, para una exploración más profunda de este mundo ficcional (algo que pareciera confirmar el anuncio en 2018 de una segunda temporada por venir) y, con ello, de los mecanismos narrativos que parecen hoy resultarnos más atractivos: el desborde, la paranoia y la alucinación.


Happy!, Grant Morrison y Darick Robertson, Estados Unidos, SYFY – distribuida por Netflix, 2017. Trailer oficial

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