O`Higgins diverso. Día Internacional del Orgullo

Por Zorayda Coello—


El sábado 23 de junio se llevó a cabo la marcha para celebrar el Día Internacional del Orgullo LGTBQ+ (2018) en la ciudad de Santiago. Curiosa de asistir a una de estas manifestaciones, me aventuré con mi novio, mi pololo como se diría en buen chileno, quien me aseguraba que, si lo que yo quería era ver un desfile con el desplante que caracteriza esta celebración en ciudades como San Francisco, iba a terminar realmente decepcionada.

Fuimos en metro hasta Baquedano, donde se iniciaría la concentración. Incluso antes de salir del subterráneo, ya notamos indicios de lo que se fraguaba en la superficie: chicos y chicas, representantes de la generación millennial, con collares y coronas de flores, desde los básicos de piñatería populares en las horas locas venezolanas, hasta adornos cuya manufactura revelaba mayor cuidado y costo.

Arriba, lo que esperábamos que fuera solo en los alrededores de la salida del metro, se extendía hacia la plaza Italia, casi llegando a Pío Nono, y calculamos que fácilmente tendría su final en las cercanías de la estación Salvador.

Hicimos un escaneo rápido de los asistentes, antes de que iniciara la marcha. Aparte de las coronillas de flores, tomadas de los ídolos instagrameros, abundaba la escarcha multicolor, adherida en ojos, labios y barbas por igual, sirenas de glitter emergiendo en el bululú urbano. El tradicional distintivo arcoíris destacaba en todas partes, desde banderas, banderines y globos, pasando por camisas, mejillas adornadas con acuarelas de maquillaje ritual, ojos enmarcados con sombras difuminadas con la destreza de las mejores make up artists.

La movilización inició poco antes de las tres de la tarde. El objetivo: llegar hasta Los Héroes atravesando la avenida Libertador Bernardo O`Higgins, esa principal que recorre Santiago y a la cual los chilenos, invariablemente, se refieren como la Alameda. Parte de ser un extranjero recién llegado, un turista, es tratar de encontrar una dirección en la rimbombante avenida. Preguntar a los nativos resulta inútil, pues siempre contestan “Eso es a la vuelta, en la Alameda”; el mandamiento dicta que putearás la app de tu celular, en el mapa solo aparecen los nombres oficiales.

Conseguimos un punto estratégico en la mitad de las vías. Decididos a no perdernos de nada, preferimos contemplar desde allí el grueso de la marcha, tener un panorama completo de los diferentes actores.

Abriendo la manifestación, el grupo infaltable: los activistas. Para quienes desprestigian estos eventos, tildándolos de innecesarios o de desfile de maricas, quizá un vistazo a este grupo que organizaba y encabezaba la marcha le haga cambiar de opinión, replantearse su postura o, cuando menos, interesarse un poco por lo que tienen que decir. Afianzando las consignas que se perdían con la bulla del gentío, aparecieron los carteles y pancartas necesarios.

love unites
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Recuerdos de que no solo se trata de una lucha por la igual de derechos, que a muchos puede no parecerles razón suficiente, sino también un memorial por quienes han muerto, quienes han vivido ocultando lo que son, quienes han sido discriminados, anulados, atacados, asesinados.

A medida que avanzaba el río de gente, nos sorprendió una cosa: las enormes carrozas, suerte de tarimas móviles, acompañadas de parlantes con música y logotipos de marcas reconocidas. Wom, Taurus, Adidas, fueron algunas de ellas. Música, pantallas gigantes con los reconocidos como típicos iconos de la cultura gay (una Madonna en traje de cuero, el impelable Freddy, Leto en su papel de transformista en Dallas Buyers Club). Abriendo y cerrando el paso de estas carrozas del orgullo, personajes travestidos como unicornios, cresta arcoíris y corsé negro de cuero incluidos, y hombres fortachones con reminiscencias al nunca olvidado Macho man de Village People.

Dudé, y aún dudo, de la legitimidad del interés de estas grandes empresas por el simbolismo de la celebración o por la lucha que resaltaban los activistas. Sin embargo, rescato y justifico su presencia en el desfile, pues mantuvo el aire legítimo de un desplante como aquel: la celebración. Música de todo tipo, desde electrónica hasta Los prisioneros, fue el soundtrack perfecto para enmarcar la concurrencia diversa.

También pudimos ver de cerca una porción del movimiento feminista, formado sobre todo por chicas universitarias, tan sonado estos días en Santiago. En marchas anteriores, los rostros, maquillados pero cubiertos, han llenado las pantallas y los periódicos. El “¿Y cómo es la weà…?” que las identifica se dejó escuchar, tomando protagonismo por un momento. Un recordatorio de todavía existen personas que se apuntan a una lucha, revolucionaria o no, provocadora o no. Activistas, carrozas publicitarias, activistas por otra causa, más carrozas. Equilibrio.

Lo entretenido de asistir a estos eventos, es descubrir lo que otros llevan dentro. En un país en el que se trabaja un promedio de diez horas, algo sorprendente para quienes vienen del infierno caraqueño (nuestras vicisitudes son otras, siempre), tal vez nadie se imagina que ese compañero que va al trabajo en traje formal, corbata incluida, se escapó el sábado para poner en práctica sus dotes de prestigiador y lucir galas de drag queen, merecedor de una corona de belleza universal y galáctica.

Quizá aquel muchacho tímido de la clase, que se sienta en el fondo del salón a dibujar a sus profesores y caricaturizar su vida, fue uno de los que desfiló emperifollado con la inocencia kawaii, tímida, servicial y delicada de las famosas maids japonesas. Atuendo, peinado, maquillaje, nada que envidiarle a las otras diosas de Akihabara, adoradas por fanáticos a tantos miles de kilómetros del país del sol.

Tal vez ese chico suramericano (criado un poco más al norte de este continente sureño) aprovechó verse en otro país, lejos del partío, del mariquito, del parcha, del asfixiante machismo de pecho peludo, para destaparse en unos stilettos con altura de infarto, choker y bozal de perro de cuero, todo dark, acompañado del pantalón del liceo, de ese color indescifrable que no es negro ni azul marino, vomitando al mundo lo que ha reprimido. Exagerado, excesivo, recargado en su propio afán de exponerse, de des-cubrirse como jamás ha sido capaz de hacerlo, como nunca se le ha permitido, siendo todas las caras, todas las facetas en la sola figura de un chico delgado y un poco pálido por ese invierno incipiente.  

Ahí está la magia: cada quien asume el papel que quiere, y a nadie le importa. O a todos les importa. Te maravillas, te sorprendes, te intriga qué ocultan las vidas de quienes, por un día (ojalá, los otros también) sienten que pueden ser lo que quieran, desde unos jeans usados y una polera de la universidad, hasta la reina de la noche en su unicornio alado.

Cerca del cerro Santa Lucía, al otro lado de la vereda, una señora que no participaba en el desfile se regocijaba con su extensión. ¿Tendría 60, quizá? Contagiada por la música, se maraqueó de una forma que hizo reír y sacar rubores a los peatones que pasaban a su lado. Ella, ignorante de todo, era feliz. La vimos bailar al paso hasta el final de la cuadra. Junto a ella, más recatada, otra mujer de la misma edad. Iban juntas. ¿Cuántos años de vida habrán compartido antes de sentirse seguras? ¿Lo están ahora?

Fuimos con la idea de encontrar circo, un poco de burlesque, personajes extraños salidos del show de freaks que suele plasmar en fotos la prensa cuando cubre estos eventos. Salimos de allí diferentes, sorprendidos por un ambiente de solidaridad en el que nadie ofendió, nadie acusó, nadie señaló. Tranquilos, dejamos atrás la curiosidad, para retirarnos en Los Héroes con una sonrisa.


Día Internacional del Orgullo LGTBQ+, Santiago de Chile, 2018.

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