LOS RESIDUOS DEL SILENCIO. Una lectura de “Silencio”, de Clarice Lispector

Por Olga Colmenares—


La verdad es el residuo final de todas las cosas,
y en mi inconsciente está la verdad
que es la misma del mundo

Clarice Lispector

 

Clarice no permite que la agarres. De ella sólo te queda su Silencio: grupo de historias, relatos, textos, no-se-qués en los que informa sobre su paso por el inconsciente en busca de la verdad última. Verdad inalcanzable en tanto es. Esa verdad de un mundo al que la sientes arrojada, así como si estuviese ella “perdida en los meandros internos y oscuros de Maracanádesde hace décadas. ¿Por dónde agarrar a esta gigante? Este libro es un hervidero de ideas, temas, asociaciones, filosofías, pensamientos, poesía. Cada palabra que se desdobla es una mirada que toca sin una lengua capaz de articular el objeto. Clarice serpentea entre los mundos ininteligibles y sublunares sin aviso, en un vaivén de pensamientos que se asoman a la ventana de mundo extraño en el que se le niega, se le esconde, se le oculta su lugar. Leía, alguna vez, en un ensayo de Virginia Woolf algo así como que la literatura de las mujeres aún no logra emerger, claro está que los tiempos son otros y las voces femeninas están cada vez más presentes, aunque a veces me pregunto si aún son la imitación de algo imperceptible que nos ha traído a este punto único, como el reloj Sveglia[1] de la historia. Creo que en voces como las que se hacen escuchar en estos textos, lo femenino está representado, sobre todo, en la falta de un lugar, como la idea de volver a un punto puro de consciencia que ya no puede ser. Pienso, cada vez más, que allí está el secreto de nuestra voz de mujer.

El libro abre con la confusión tremenda que trae consigo la ridiculez de ponerse viejo, el peligro del escarnio a cada paso, el temor de perderse para siempre en un laberinto en el que nadie espera, o quedarse torcido en cuatro patas esperando que Roberto Carlos te cante al oído. En “La búsqueda de la dignidad”, la Sra de Jorge B. Xavier se pierde en el estadio Maracaná al tratar de atender a una conferencia, se pierde en su mente y en su cuerpo, que aunque parezcan separados van juntos de camino a la muerte solo que quizás uno se asoma primero al abismo. Puede sentirse la desesperación de un cuerpo que ya no da ni para las diligencias pautadas, una mente que no sabe a dónde es que debe ir mientras los incrédulos preguntan, con su razón masculina y peluda, qué demonios hace y por qué y cuándo y cómo. El tema de la vejez se extiende en “La partida del tren”: Ángela (37 años) se encuentra a una vieja (67 años) con un nombre interminable, que va a ser depositada en el campo como si se tratase de un mueble o un paquete que pasa de un hijo al otro cuando comienza a estorbar. Ángela, que puede decidir aún sobre su destino, se convierte ella sola en paquete que va al campo a curarse las quemaduras de la pasión de Eduardo. La vejez como la imposibilidad de decisión, la muerte como impostura cuando la vida misma no se soporta. Ángela y la vieja van a morir no importa que aún ambas puedan bañarse solas y no babeen. Otro lado de la vejez lo ofrece Doña Frozina, personaje que representa ese silencio de las mujeres que dependen de un hombre para ser, pero solo cuando no están detrás de las puertas, comiendo a solas[2].

Atado a la vejez y a la muerte se viene el tiempo, al que la escritora dedica buena parte del libro. “Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es divisible. Siempre es inmutable. Pero nosotros necesitamos dividirlo. Y por eso surgió una cosa monstruosa: el reloj”. Mediante la antropomorfización de un reloj Sveglia, Lispector cuenta cómo es aquello de vivir en el tiempo, siendo que éste no tiene circunstancia y es inmutable. Allí también vuelve a afirmar que no hay tiempo ni espacio, sino subjetividad, inconsciente con manos y piernas que corre tras la verdad como un caballo. Ese caballo que lleva por dentro, y es Clarice en su forma perfecta, como única forma en la que puede dialogar con el mundo. Ese caballo que no es capaz de sentir “el gran símbolo de vida libre que nosotros sentimos en él”, pues la escritora sabe que su sino no es más que fracasar en su persecución a la veracidad y que el caballo no es tal más allá de las manos de ella que lo moldean como arcilla. El caballo pasa a ser solo una estatuilla de arcilla, una representación engañosa y tiesa, indigna como todo objeto que no alcanza a su ideal. En vista de tal condición otorgada por el fracaso inexorable, entonces la escritora goza de la libertad de meterse y salirse de sus propios textos, como escupiendo la cara al tiempo y amenazándolo con su palabra escrita.

En Silencio, Clarice nos regala historias de las que está harta, por lo enredadas; amistades que se rompen por sinceras; señoritas que ante la muerte prefieren la alegría de probarse un vestido; viajes metafísicos en los que se transforma en lluvia y nos grita que solo está viva y nada más. Lo externo se convierte en una representación de esa corriente interna imposible de nombrar. Sin necesidad de anécdotas y personajes redondos nos atrapa en el mundo silencioso de su boca. Ella ve pasar el mundo a través de su ventana, un mundo tranquilo que se cae a pedazos ante su vista que disecciona y hurga en las entrañas. Este salto, este ir y venir, le permite dar una lección de filosofía sin academia, hablar de la cosificación del yo y el tiempo, la imposibilidad de lo objetivo, el caos que la percepción causa al intelecto —“Más allá de la oreja existe un sonido, la extremidad de la mirada un aspecto, las puntas de los dedos un objeto: es allí a donde voy”, la intertextualidad del discurso del inconsciente y, así, una hidra de cabezas infinitas. Este vendaval de conceptos, en mi opinión, encuentra su pináculo en “¿Dónde estuviste de noche?”. Este texto representa lo onírico del inconsciente liberado de toda atadura, incluso la atadura del género, pues Él-ella es el personaje que guía la travesía en la que el cuerpo humano, como afirma Santa Teresa de Ávila, puede volar.

Como mujer, y como escritora, voy hacia ese espacio que me abre Clarice: acepto su invitación. Entro al espacio en el que mis pensamientos están allí para darme un lugar en un mundo que me supone y me prefiere muda. “Amo a los objetos en la medida en que ellos no me aman. Pero si no comprendo lo que escribo no es mi culpa. Tengo que hablar, pues hablar salva. Pero no tengo una sola palabra que decir. Las palabras ya dichas me amordazan la boca”. Este primer libro que leo de Clarice Lispector, luego de dar muchas vueltas, me da una guía y me dice que no estoy sola en ese empeño de querer escuchar mi voz y salvarme del vacío del engaño, de lo implacable de los relojes.

[1] ”La relación de la cosa”, Silencio. Clarice Lispector

[2] ”Las astucias de Doña Frozina”. Silencio. Clarice Lispector


Clarice Lispector, Silencio, Trad: Cristina Peri Rossi, Grijalbo, 1995, 176 páginas. 

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