La tristeza resignada de La Soledad

Por Flora Francola—


La imagen de la autopista te viene encima, a tu lado derecho el cerro colmado de ranchos, vas tan rápido que no distingues detalle, solo el color del ladrillo. Esta es la segunda escena de La Soledad, film de coproducción entre Venezuela y Francia, que exhibe con carácter museable la tristeza resignada de una familia –José, su abuela, esposa e hija- en el contexto casi actual de Caracas (2015). La Soledad es el nombre de la casa en otrora opulenta que ahora es vestigio de la crisis económica y social, la casa como un personaje en silencio que nos muestra a los habitantes de cerca; viene a mi mente mientras observo los planos abiertos de los salones, de la fachada y los ventanales, un fragmento encontrado en Espacios para decir lo mismo (1974) de la poeta venezolana Hanni Ossott:

“Ellos les asignan a mis rincones una propiedad que desconozco: la memoria (…) mi cuerpo se vuelve recuerdo, sus ojos me miran para hacer permanente otros ojos, otros habitantes.”

Vemos a la abuela –como la casa- padecer y desvanecerse, a José hacerse cargo de ella y de su hija pequeña que insiste en ir a la playa, lleva y trae a su mujer al trabajo y busca como puede comida y medicamentos atravesando en moto las autopistas de Caracas, infructuosamente la mayoría de las veces. Éste es un largometraje casi documental, puesto que los protagonistas son en su mayoría reales, es decir, se interpretan a sí mismos. La casa pertenece a la familia del director de la película, quien narra la primera escena compuesta por fragmentos de videoarchivos personales.

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El deterioro de la ciudad que le sirve de escenario no está manipulado, es una rutinaria melancolía tropical, una vibrante luz de mediodía que se esparce por los puestos de buhoneros, por las calles, hasta el zaguán adentro de La Soledad, entre árboles de plátano y matorrales que me son conocidos de las casas que habité en la infancia.

Suceden algunas secuencias de filas de gente para hacer trámites legales y para comprar alimentos. Aunque muestra un enfoque social, son escenas de composición y estética sublime que replantean la belleza dentro de imágenes desoladoras, como en otros largometrajes de producción latinoamericana donde la desidia es el lenguaje. Puntualmente, el plano abierto de un pasillo de supermercado vacío, calmo, silente, después del paso de compradores desesperados por llevar algo de comer a sus hogares. Gente que estuvo bajo el sol en la escena previa en espera y desasosiego, con la preocupación perenne en sus rostros, para luego quedar solo la nada en los anaqueles.

Ésta no es una película inspiradora que muestra a sus protagonistas realizarse en sus búsquedas personales, tampoco es un drama desgarrador amarrado en llantos desesperados. No cae en la desgastada visión del barrio marginal y la pobreza, los criminales y el sufrimiento; éste es sobre todo un film de contemplación. Suceden muchas cosas: la casa, los dueños que quieren venderla, los amigos, la hija que llora, la hipertensión de la abuela, el hermano que lo busca una pandilla, que se va del país, la mujer que quiere irse, que piensa cómo viajar a Colombia y José que no decide porque no sabe de otra vida, de otra casa que La Soledad. No vemos morir a la abuela, pero presentimos su muerte. No sabemos si se marcharán del país, pero sí de la casa. Finalmente se bajan del carro y caminan en dirección a la playa. Y recordamos nuevamente a Hanni Ossott:

“Intemperado es el que se deja arrasar. Porque sabe. Todo lo que sabe concierne a la ruina”.

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La soledad, Jorge Thielen Armand, Venezuela-Francia, 2016, 89′. Trailer oficial

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