Un balbuceo translingüístico. Sobre “Bonino, La lengua de la inocencia”, de Manuel Ignacio Moyano

Por Augusto Munaro—


“Colección Golpe Ciego”, del sello cordobés Borde Perdido, acaba de publicar un ensayo necesario sobre una de las figuras artísticas más enigmáticas de la historia argentina: Jorge Bonino (1935-90). El libro, escrito en forma de fragmentos, se construye en torno al genio y figura de este inclasificable rara avis, mezcla de arquitecto, actor, humorista y artista conceptual enrolado en la generación del Instituto Di Tella de Buenos Aires. Así, Moyano elabora un libro fractal y arborescente, rescatando momentos únicos de una vida alucinada por el genio y la locura. Sin embargo no es un mero anecdotario, una burda colección de episodios más o menos biográficos sobre este enloquecido Antonin Artaud argentino, como algunos solían referirse.

La investigación se centra, específicamente entre los años 1965 y 1990, año de su muerte en el Neuropsiquiátrico Emilio Vidal Abal, ahondando así en sus espectáculos, aquellas bizarras funciones –por ejemplo: “Popotovna mon amour”,  “Bonino aclara ciertas dudas” o “Asfixiones o enunciados”– entre su Córdoba natal, Buenos Aires, Madrid y París, desconcertando a un público asombrado, visiblemente perplejo ante ese programa tan audaz: el de desarrollar una lengua imaginada llevándola hasta sus últimas consecuencias. Una lengua no constituida por palabras que quieren decir. Entiéndase bien: fue el suyo un testimonio que lo único que testimonia es una glosolalia, una experiencia de la palabra que jamás se traduce en una experiencia lógica de significaciones. Hablaba entonces una lengua nunca oída, nunca escrita. Un idioma compuesto por muchas voces y gestos que buscaba subrayar la imposibilidad de comunicar. No querer, no saber, y no poder decir, y sin embargo, decirlo. Vaya paradoja la suya, vivir en eterna tensión entre el delirio y el límite. Ese es el lugar desde donde se inscribe su poiesis.

Ahora bien, ¿qué es exactamente lo que hace aún hoy disruptiva la propuesta de Bonino? Esta es apenas una de las muchas preguntas que el autor se cuestiona a medida que progresan las páginas de Bonino. La lengua de la inocencia, escrita a través de un tono alejado del académico –en todo el libro no existe ninguna nota al pie aludiendo a engorrosas bibliografías, como tampoco tediosos extractos de papers, tal como este tipo de enfoques suelen ostentar–. Moyano sabe que para resultar incomprensible e irreferenciable ya estaba el propio Bonino. Su prosa es llana, limpia y clara, rica en conceptos y asociaciones que lo muestran ducho en materia filosófica, dramatúrgica y psicológica. Así es como indaga una y otra vez en torno al ADN de Bonino, su enigmática singularidad, y por momentos deslumbra: “Bonino –escribe Moyano– nunca concibió a las palabras como palabras. Las veía como cuerpos. Literalidad al pie de la letra. Una literalidad sonora”. Apunta a comprender que en Bonino el lenguaje era más visual que significante. Por eso se manifestaba limpio/inocente de todo significado, era esencialmente a-semántico. Atávicamente gutural, transformaba imágenes en sonidos y se demoraba ahí, resistiendo, en el pliegue del balbuceo. Un discurso vivo cruzado de tensiones.

¿Fue Bonino el primer performer argentino allá en los lejanos años 60 del siglo pasado? ¿Estaba totalmente loco como la artista plástica Marta Minujín llegó a pensar? Preguntas baladíes, que no están a la altura de su obra, que es lo que aún cautiva. Una obra desencadenada de cualquier narrativa que intente organizarla. Allí, cabe decir, radica parte de su indecible fascinación. Bonino dejó un sistema artístico invalorable. Fue un hombre que osó hablar su propio idioma, es decir, la lengua-bonino, ese otro idioma sin nacionalidad. Proeza, además, que trascendió en sustantivo: la palabra “boninada”, lo cual no es poco.

Alguna vez, el filósofo rumano de habla francesa E. M. Cioran dijo que la “vida se crea en el delirio y se deshace en el hastío”. Bonino fue un hombre que intentó librarse de la culpa propia del destino, es decir, de la tragedia. Nuestra tragedia: la muerte. Queda el mito, y gente como Moyano que escriben la épica de Bonino. Una obra paradójica, pues si bien no posee un significado per se, sobrevive como las infinitas contorsiones de la lengua.


Manuel Ignacio Moyano, Bonino, La lengua de la inocencia, Borde Perdido Editora, 2018, 100 páginas.

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