Sobre “El orden del día”, de Éric Vuillard

Por Fabián Coelho—


Primer punto: como una onda expansiva

Lo primero: lo sabido; Éric Vuillard (1968) gana en 2017 el Premio Goncourt, el más prestigioso, el más codiciado de las letras de Francia. Para entonces, llevaba más de tres lustros de sólida y consecuente trayectoria artística.

Escritor programático, Vuillard se plantea en su narrativa la problematización histórica de la expansión de Occidente a partir del siglo XV. Inicia con Conquistadors (2009), que refiere la caída del Imperio inca como consecuencia de la llegada de los españoles; sigue con Congo (2012), que reconstruye la Conferencia de Berlín de 1884, donde las potencias europeas se reparten África como un pastel; continúa con La bataille d’Occident (2012), que narra, a modo de epopeya crítica, el día más mortal de la primera guerra mundial; prosigue con Tristeza de la tierra: la otra historia de Buffalo Bill (2015), que se propone deconstruir el mito de los pioneros y el nacimiento de la industria del espectáculo en Estados Unidos (el reverso de la épica de la expansión: la épica como espectáculo rentable), y acaba con El orden del día (2018), que relata el inicio de la expansión de la Alemania nazi con la anexión austriaca.

Toda la narrativa de Vuillard es una revisión/ exploración/ crítica/ indagación de la expansión como forma de violencia: la expansión de Europa en América, en Conquistadors; de Europa en África, en Congo; la expansión genocida estadounidense en la América indígena, en Tristeza de la tierra…, y la expansión de Europa en Europa, en La bataille d’Occident y El orden del día, obra que nos ocupa.

 

Segundo punto: el orden y la historia

El orden del día tiene como marco referencial la serie de acontecimientos históricos que propiciaron la consolidación del poder de Hitler en Alemania y el inicio de la expansión europea del Tercer Reich. Todo lo que en él se cuenta está fielmente, rigurosamente documentado. O eso dice el autor. O eso, a la luz de los eventos y de lo testimoniado, es la verdad, o lo que conocemos como verdad, especialmente como verdad histórica (es decir, verdad conveniente). Conveniente al relato oficial, al orden que impera en el presente. Al menos eso creemos. O queremos creer.

Sin embargo, El orden del día no es esta una novela histórica. Es más: no califica ni siquiera como novela a secas; tampoco es un ensayo, ni una crónica, ni historia, pero tiene un poco de todo: es una obra de género problemático, un libro entre, híbrido, impuro.

La narración (llamémosle así), que orbita en torno a la financiación del partido nazi con capital de los industriales alemanes y los intríngulis diplomáticos de la anexión de Austria al Tercer Reich, tiene la densidad de las pesadillas o de los sueños que derivan, eso sí, poco a poco, en la trama cada vez más macabra de un nítido desvarío. Como una casita del horror donde al principio no pasa nada, o lo que pasa no está fuera de lo normal, pero donde, con el transcurrir del tiempo y el paso de las habitaciones, todo se va retorciendo.

 

Tercer punto: antes del incendio

La narración comienza refiriendo la reunión que se celebró el día 20 de febrero de 1933 entre el recién nombrado canciller Adolf Hitler y los hombres más poderosos de la industria en Alemania.

Accedemos a la historia por la puerta del palacio del Reichstag (edificio que una semana después arderá como elocuente prefiguración de la guerra por venir). Al palacio ingresan veinticuatro caballeros. Han sido invitados por el presidente del Parlamento, Hermann Göring. El motivo de la reunión son las venideras elecciones al Reichstag, programadas para el 5 de marzo. La cita electoral es clave: una victoria aplastante allanaría el camino para el afianzamiento del partido nazi en el poder. La financiación, por eso, es indispensable. Hitler lo sabe. De ahí que irrumpa en la reunión cortés, afable. Trae, sin embargo, un mensaje claro: habla de la amenaza comunista, de la necesidad de acabar con los sindicatos, de que cada patrón sea el Führer de su propia empresa. La demagogia es el arte de complacer a la audiencia. Y los industriales, los veinticuatro hombres que lo escuchan, sentados en torno a una mesa, se muestran aliviados. Agradecen que, por fin, en el turbulento panorama que se respira, “se clarificase la situación política” (26).

La doble lectura que realiza Vuillard de este evento (¿barbaridad o mero trámite?) empieza a darnos indicios de lo que será el tono general del relato: todo, absolutamente todo, es pasado por el tamiz de una ironía casi compasiva: Esa reunión del 20 de febrero de 1933, que cabría calificar de momento único en la historia patronal, de compromiso inaudito con los nazis, para los Krupp, los Opel o los Siemens no es más que un episodio bastante habitual en el mundo de los negocios, una trivial recaudación de fondos. Todos ellos sobrevivirán al régimen y financiarán en el futuro a numerosos partidos a tenor de sus beneficios (26-27).

A la colaboración del empresariado, estrictamente inocente o criminal, se suman la torpeza y la blandenguería o cortedad de miras de la diplomacia internacional.

Así, en noviembre de 1937, lord Halifax, a la postre presidente del Consejo Británico —quien además suscribe a pie juntillas la política de apaciguamiento de Chamberlain—, acude a Alemania invitado por Hitler y Göring. El corolario de su visita es elocuente. En una misiva que escribe a Baldwin refiere: “El nacionalismo y el racismo son fuerzas pujantes, ¡pero no las considero ni contra natura ni inmorales! (33).

Esa moral (o moral de doble rasero) de la clase política europea es también examinada y diseccionada por Vuillard. Durante las maniobras intimidatorias que precedieron el Anschluss, Hitler presionará a Schuschnigg, canciller de Austria, para que acepte sin concesiones la invasión de Alemania y designe como ministro de interior a Seyss-Inquart, un férreo partidario nazi austriaco.

Pero Schuschnigg, que en su momento tiene la responsabilidad de ser uno de los diques de contención de la expansión del nazismo en Europa, ya para entonces es un connotado dictador, un paladín de la antidemocracia que ha venido cerrando medios y prohibiendo sindicatos y partidos para imponer un autoritarismo de corte católico. Es él, Schuschnigg, con lo único que cuenta el mundo en aquel momento para frenar a Hitler; es él la barrera que separa la historia que fue de esa otra que pudo ser.

Mención aparte merece el paralelismo de sublime belleza que Vuillard traza entre la entrevista entre Hitler-Schuschnigg y los dibujos que en ese mismo momento realiza sobre un mantel de papel, con los dedos entintados, el artista Louis Soutter, recluido en un sanatorio. Los dibujos de Soutter, con sus figuras retorcidas y sus danzas oscuras, proyectan el futuro que para Europa representa la entrevista entre los dos dictadores: “Da la impresión de que el pobre Soutter, encerrado en su delirio, tal vez sin saberlo, filma con los dedos la lenta agonía del mundo que lo rodea” (51).


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Lo que sigue a esto es la relación de los intríngulis de la resistencia austriaca a una invasión que, de todos modos, es inminente. El recurso es la dilación emocionante, los vaivenes de los actores principales, la angustia de los austriacos y la desesperación de los alemanes.

Uno de los mejores capítulos sobre este evento (y uno de los mejores del libro) lo constituye “Almuerzo de despedida en Downing Street”, que transcurre como una deliciosa comedia inglesa en el banquete que organiza Chamberlain como una cortesía a Ribbentrop, hasta el momento embajador del Reich en Londres, y recientemente nombrado ministro de Relaciones Exteriores.

Los modales ingleses de Chamberlain suponen el arco de tensión del agasajo, pues el primer ministro inglés por una cuestión de delicadeza diplomática de hombre de Estado, no se permite echar a Ribbentrop cuando se entera, gracias a un telegrama urgente de la Foreign Office, que en ese mismo momento, mientras están todos tan contentos escuchando los demorados monólogos sobre tenis del nuevo ministro de exteriores de Hitler, Alemania invade Austria.

 

Cuarto punto: una culpa, un desvarío, una pesadilla

Decía líneas atrás que El orden del día podía leerse, por momentos, como una inofensiva visita a una casita del horror donde todo, con el pasar del tiempo y las habitaciones, nos parece cada vez menos aterrador, más familiar, principalmente porque tenemos la sensación de que toda la utilería y los personajes posan afectada, ridículamente.

El retrato que a lo largo del libro predomina de Hitler es el de un tirano atolondrado, bufonesco, ridículo, deudor en buena medida del Chaplin que lo parodió en El gran dictador (1940). Hitler como matón contradictorio e histérico que somete a los designios de su bilis el destino de Europa. Esto se evidencia en los contratiempos sufridos durante la invasión de Austria, cada uno de los cuales Vuillard relata con detallada malicia: las averías del escuadrón de panzers, las demoras en el camino, el desorden generalizado de la expedición y todo lo que precedió y rodeó verdaderamente (¿verdaderamente?) la entrada triunfal de Hitler a Viena.

Sin embargo, pese a esta aura de ridículo o artificio y a la sensación de absurdo o disparate ameno que, como en las casitas del horror, lo envuelven todo, El orden del día ya ha empezado a revelarse como la representación de una pesadilla asfixiante de la cual nos cuesta volver precisamente porque hemos ido descubriendo que todo lo que en ella hay es real e inevitable, y nosotros, incautos, estamos irremediablemente atrapados.

Por eso, el último capítulo regresa, a su manera, al punto de inicio. Es 1944. Han pasado once años desde la reunión en el palacio de Reichstag, seis desde la anexión de Austria, cinco desde el inicio de una guerra que ya se acerca a su desenlace. Estamos en el palacio de Gustav Krupp, aquel industrial que acudió a la reunión con Hitler en 1933, el mismo que posa en la portada de este libro con prístina elegancia. Él, Krupp, ahora senil y delirante, en un momento dado, mientras cena con su hijo y su mujer, empieza a desvariar: ve ojos, rostros que salen de las tinieblas, “y lo que vio —refiere la voz narrativa—, lo que emergió lentamente de las sombras, eran decenas de miles de cadáveres, los trabajadores forzados, aquellos que las SS habían suministrado para sus fábricas” (136).

Los delirios de culpa de Krupp, financista del nazismo, beneficiario de mano de obra judía reclutada directamente en los campos de concentración, es uno de los últimos momentos de sutil belleza (de sutil tragedia) que nos entrega la narración.

 

Quinto y último punto: las preguntas

¿Es El orden del día un buen libro, un libro memorable? Difícil responder. Sin embargo, ¿es un libro que te deja vibrando, que te interroga, que te desvela? Sí, sin duda. Es una obra que no te deja indiferente; que, como las buenas novelas negras, no trata sobre el qué (el crimen, el horror) sino sobre el cómo (las negociaciones, la manipulación, las amenazas), y que, como en toda visita al pasado, no hace sino hablar todo el tiempo del presente, de nuestras filias y fobias, de nuestras miserias y esperanzas como sociedades, como colectivos, como espacios culturales fundados y construidos sobre las aspiraciones y las instituciones (pero también sobre los terrores y las pesadillas) de Occidente, un Occidente cada vez más enloquecido.


Éric Vuillard, El orden del día, Traducción: Javier Albiñana Serain, Tusquets, 2018.

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