Sobre “Prosas de La Habana”, de Reina María Rodríguez

Por Arnaldo Valero—


A principios de la década de los 90, Reina María Rodríguez (La Habana, 1952) advirtió que la miseria se había apoderado de su vida; desde entonces, la escritora que en 1980 había obtenido el Premio Julián del Casal con el poemario Cuando una mujer no duerme y, en 1984, el Premio Casa de Las Américas con Para un cordero blanco, ha emprendido la búsqueda de un nuevo lenguaje, uno que propicie la emergencia de un yo soberano. Quizás Travelling (1995) sea el primer resultado de esa búsqueda. Para ello fue preciso dar con un tiempo medido con otros relojes, con un pasado y un después que contuvieran un presente diferente al que impera en la isla desde hace décadas.

Debido a eso, en los momentos más difíciles de la historia que le ha tocado padecer, Reina María Rodríguez ha logrado concebir una imagen del yo capaz de atesorar el sueño del hombre soberano, de experimentar la altivez de vivir sin uso y sin haber, un hombre especialmente facultado para cultivar el arte de sentir lo bello.

Una de las particularidades de ese don para contrarrestar el regusto a ceniza que deja el bajo acontecer de lo cotidiano es su capacidad de aferrarse a la verosimilitud del sentimiento. Valiéndonos de sus propias palabras, podríamos catalogar como “objetivación de lo espiritual” al atributo de esa subjetividad capaz de absorber la vida y, en el acto supremo de la exhalación, restituir la palabra inteligible.

Pero no todos en la isla están facultados para oponer otras escenas y otra sintaxis a ese tiempo de lo real pervertido por una ambición de poder.

Los textos que conforman Prosas de La Habana escrutan el reverso de la realidad exaltada por el discurso que tanto ha pregonado el advenimiento del “hombre nuevo” en la isla.

Los sujetos que ocupan el interés de la escritora serán parte de una población igualada por la pésima calidad de los productos que consumen, hombres y mujeres cuyo paisaje interior está regido por las punzadas del hambre y cuya mirada está orientada por la avidez de tratar de desenterrar alguna provisión entre los escombros: una masa reducida a un estado de mendicidad sostenida.

En algún momento, la escritora acertará a preguntarse: “¿Qué puede esperarse del alma de un humano que no tiene tiempo más que para comer mal y ver cómo, al día siguiente, comerá mal de nuevo?” (37).

Atenazada por la imposibilidad de recuperar cierto orden perdido, la escritora deambulará por espacios donde no encontrará nada significativo, nada que convenza, nada que merezca ser enumerado. No sólo los lugares dejaron de ser lo que alguna vez fueron, sus ocupantes también experimentaron el mismo desgaste. Tal sería el saldo dejado por ese proyecto épico de cultura obsesionado con la idea de corregir y perfeccionar, proyecto que, entre otras cosas, arrasó con los cines de barrio y las quincallas, las baratijas y las malas películas, llevándose “arte minimalista (las intrascendencias)”, así como el espíritu burlón de una época. Con el paso del tiempo, sólo ha quedado “el signo de una guerra que no ocurrió o donde nada fue conquistado más que la destrucción en sí misma” (106).

Publicado originalmente en la ciudad Veracruz en 2007 con el título de Variedades de Galiano y reeditado al año siguiente en Cuba, Prosas de La Habana podría ser catalogado como el vértice más descarnado y desolador de una trilogía —también conformada por Otras cartas a Milena (2003) y Otras mitologías (2012)— que revela hasta qué punto La Habana ha sido despojada de su condición de polis.

La edición que nos ocupa, realizada con una exquisitez deslumbrante y oportunamente precedida por un prólogo de Damaris Calderón, permite al lector el encuentro con un libro que sólo podría ser concebido por una escritora que ha recibido en pleno rostro el haz de oscuridad del tiempo que le ha tocado vivir.


Reina María Rodríguez, Prosas de la Habana, Editorial UV de la Universidad de Valparaiso, 2015.

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