LA INTERVENCIÓN. Sobre “The Stone Gods”, de Jeanette Winterson

Por Olga Colmenares—


Sé que dentro de la historia contada está la historia que no puede ser contada. Cada palabra escrita es una red para atrapar la palabra que ha escapado.

Jeanette Winterson

 

El único libro que había leído de Winterson era su conocida memoir ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? (Why Be Happy When You Could Be Normal?, 2011). Un libro denso y duro, agotador podría ser un mejor adjetivo; aunque esperanzador en el sentido de que aquello que eres trasciende las circunstancias, contradiciendo un poco a Ortega y Gasset[1]. Compré Los dioses de piedra (The Stone Gods, 2007) por un par de dólares en una venta de libros usados de una biblioteca, mi actividad favorita del verano, y lo abandoné en mi pila de libros por leer. Llegó enero y sus promesas y planes, el libro comenzó a mirarme a diario hasta que saltó a la pila del escritorio y fracasé ante su insistencia: lo abrí. Cuando leí las primeras páginas, más allá de mi confusión en términos escriturales, estaba perdida en un libro que parecía de Ciencia Ficción, cosa imposible con esta respetada autora y académica. Al terminar de leerlo, puedo decir que sí es un libro de Ciencia Ficción, aunque creo que sería mejor decir que es un ejercicio de distopía y ficción literaria, probando una vez más que el género trasciende sus propias fronteras. Es un libro que quisiera haber escrito en tanto deseo explorar los mundos contenidos dentro de sí mismos, preguntarme qué pasaría si el mundo girara en otro sentido.

“Cada segundo el Universo se divide en posibilidades y la mayoría de estas posibilidades nunca sucede. No es un uni-verso –existe más de una lectura. La historia no se detiene, no puede detenerse, continúa contándose a sí misma, esperando por una intervención que cambie aquello que pasará después”[2]. La única manera de intervenir en la rueda infinita de la causa y el efecto es el amor y el odio, que es otra de sus formas, pues ellos rompen y reorganizan así como decía de cierta manera Empédocles. Si bien aparece en la mayoría de las reseñas la lectura que se centra en la crítica del sistema consumista y hasta la cataloga como novela ecológica, yo prefiero quedarme con esta idea de la repetición del universo y la arbitrariedad de la escogencia de una única alternativa, es decir, prefiero la visión un poco más filosófica del asunto. Pienso que la cuestión ecológica está presente, mostrando el consumismo al extremo de que una mujer quiere modificar su cuerpo para satisfacer las necesidades de su marido pedófilo. Pero prefiero quedarme en Wreck City, que es la ciudad creada por la autora en la que reina el desorden y lo posible, que encierra el azar humano, ese azar que la corporación MORE quiere destruir. MORE quiere salvarnos de nosotros mismos y nuestras bombas nucleares vendiéndonos la vida misma.

En las cuatro historias que componen el libro, la autora utiliza los mismos protagonistas: Spike, una robot sapiens, y Billie, una humana sometida al orden; en sus distintas versiones en Orbus, Planet Blue, Eastern Islands o Wreck City. El suceso central del libro es un bombardeo que lo destruye todo, el suceso central es la colonización de Eastern Islands, el suceso central es un meteorito desviado que lo destruye todo. Creo que este libro se tiene que leer un par de veces para descubrir el juego de conexiones al que nos invita la autora. Las pistas están por todos lados, las pistas son los incisos reflexivos que para algunos rompen el hilo de la historia pero que, para mí, la llenan de armonía. Son ideas profundas con muchas referencias a la filosofía, como aquello de que el universo es una impresión y viceversa en tanto nuestra subjetividad lo informa. “No es tan simple. El universo es una impronta. Tú eres parte de la impronta –ella te estampa, tú la estampas. No puedes separarte a ti mismo de la impronta y no puedes nunca olvidarla. No es ‘algo’, es tú”[3]. Estamos solos en nuestro interior y la conexión con el otro es una ilusión. Es una idea manida, claro, nada nuevo, y sin embargo es el suceso central de nuestra existencia que lo construye todo.

Mucho se escribe sobre el escritor como mentiroso profesional, aquella persona que se dedica por años a hacer verosímil algo que no es real. Winterson en Los dioses de piedra plantea otra alternativa que complementa esta idea: el escritor es el amante del Universo, en tanto su intervención interrumpe su curso, lo replantea en la imaginación y de alguna manera lo hace posible aunque esté condenado a su imposibilidad. Podemos vivir en las páginas llenas de alteraciones genéticas y robots que evolucionan adquiriendo emociones y placeres nuevos cada vez. Podemos vivir en la historia, en la memoria que no es más que nuestra propia narrativa en un colectivo de voces. El escritor, el pensador, el creador es el que atreve a ser Dios. Y usaré una frase terrible, “Dios es amor”, pues la creación es la única que no depende de una causalidad directa sino que es origen en sí mismo.

[1] “Yo soy yo y mi circunstancia”. Meditaciones del Quijote, 1914.

[2] “Every second the Universe divides into possibilities and most of those possibilities never happen. It is not a uni-verse —there is more than one reading. The story won’t stop, can’t stop, it goes on telling itself, waiting for an intervention that changes what will happen next”.

[3] “It is not so simple. The universe is an imprint. You are part of the imprint —it imprints you, you imprint it. You cannot separate yourself from the imprint, and you can never forget it. It isn’t ‘something’, it is you”


Jeanette Winterson, The stone gods, Penguin Books Ltd, 2007.

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