¿Y qué diablos es un estado del alma? Sobre “El país del escritor”, de Gustavo Valle

Por Ricardo Montiel—


Me acuerdo de estas líneas de Gustavo Valle: “Tengo la vista hacia el norte, hacia Palermo, y puedo ver los aviones de Austral y Gol que a lo lejos pasan como pesados zancudos rumbo al Aeroparque”. Tengo la vista hacia el norte y, mientras liquido un choripán en la nocturna costanera –agradable carrito parrillero entre el aeropuerto y el río–, un rasante y pesado zancudo de Aerolíneas Argentinas hace volar mis servilletas, azuzando el recuerdo de este libro publicado en año impar, cuyo narrador inicia con una tentativa perecquiana de inventario, instalado en esa otra costanera de avistaje: el balcón barrial.

Hablo de la altura del balcón de “un sexto piso con ficus y canteros con geranios”, en la calle Perón del barrio de Almagro, aquí en la ciudad de Buenos Aires. Allí, el narrador de El país del escritor –quinto libro de Gustavo Valle (Caracas, 1967)–, con el fin de otorgarle coordenadas a su GPS de inmigrante, se propone “inventariar lo que se encuentra a cincuenta metros a la redonda, registrar la diminuta galaxia barrial que me acompaña”. La iglesia evangélica (la fe), la lavandería china (la limpieza), la carnicería (la carne), así como los nómades clochards, son algunos de los sistemas visibles puestos en tensión mientras se indaga sobre qué es y cómo se comporta un inmigrante, en tanto nuevo participe o evasor de lo que inventaría. Reflexiones que son además alimentadas por la lectura, en este caso de La luna y las fogatas (1950), texto en que Pavese habla de un origen que se esfuma.

Inventariar, primero para asirse a las nuevas circunstancias, después para explorar ese origen que se esfuma desde otra perspectiva: “miraba con gran detalle mi propio país que ahora parecía algo más pequeño de lo que recordaba, o en todo caso más lejano, y también más complejo”. Y al volver a recorrerlo “como si fuera un astronauta o un ser venido de otro planeta”, el escritor, que ha ido formándose con la experiencia de los viajes, acaba construyendo una ciudad paralela o un origen portátil; una Caracas subterránea, cavada por los topos de la memoria y materializada en Bajo tierra (2009), novela del autor merecedora de la III Bienal Adriano González León y del Premio a la crítica a la mejor novela publicada en Venezuela.  

Y es que en El país del escritor –probablemente la obra más autobiográfica de Valle–, no solo el inventario o los fragmentos extraídos de Pavese contribuyen a construir un relato que dé coherencia a la extranjería, sino lo que en el narrador dejó un paso previo por Madrid, el recuerdo de sus padres inmigrantes en la Venezuela previa a la debacle, y lo que ahora agilizan los cambios lingüísticos y dudas geográficas del nieto, nacido en estas tierras de hinchas y corridas. Experiencias capaces de condensar con lúcido enfado sentencias como esta: “En definitiva, qué esa pertinaz tendencia a ser de otra parte, o por qué uno decide la distancia en vez de la cercanía o, si al caso vamos, dónde se está cerca y dónde se está lejos, cuál es el lugar asignado si es que eso existe, porque con los años ese lugar puede ser todos los lugares y a la vez ninguno, y la voluntad de pertenencia es más parecido a una fantasía doméstica (casa grande con jardín y recio perro vigilante, digamos), que a un estado del alma. ¿Y qué diablos es un estado del alma?”

Sin estado –o sin estado constante, que diría Nabokov–, mi alma se propone inventariar esta galaxia costera: carritos parrilleros frente al río, aviones que rompen el humo de los choripanes, viajeros que bajan de los taxis de la noche. Dejo volar las servilletas, y caigo en la tentación de imaginar que bajo de uno de esos taxis, que camino por los quirúrgicos pasillos de Aeroparque, a paso firme y recordando que El país del escritor “es simplemente el lugar donde se escribe. El albergue, así sea accidental o provisional, donde realiza su actividad. Ese rincón a donde fue alguna vez empujado por obra de la voluntad, el destino o la inercia. Las coordenadas desapasionadas que lo fijan a la silla”. Y aprovechando el pequeño formato del libro –tiene las mismas dimensiones de un pasaporte–, lo muestro en el adusto módulo de migraciones. Muestro la poderosa implosión en el arte de tapa, obra de Francisco Medail, y digo que voy a todos los lugares y a la vez a ninguno, en busca de balcones que me fijen a la silla.


Gustavo Valle, El país del escritor, Milena Caserola y el 8° Loco, 2013, 96 páginas.

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