Sobre “Bomarzo”, de Manuel Mujica Láinez

Por David Flores Heredia—


“Tan grande como la alegría de una madre
que contempla la primera sonrisa de su hijito
es la de Dios cuando ve que un pecador
se arrodilla y reza”

Dostoievski
El Idiota

Siento que me he arrodillado nuevamente ante la Literatura. Si una obra encierra un canto nostálgico de un gran escritor sudamericano, con el corazón lleno de recuerdos y los pensamientos de poesía, es Manuel Mujica Láinez en su señorial y esplendido Bomarzo. Mundo de sueños, histórica realidad, maleficios, glorias, proezas y morbideces exquisitas son talladas como un talismán. Es el ensueño de un gaucho abrazado a lo más fino de la cultura italiana que crea un fulgor que roza con lo arabesco de Las mil y una noches, los poetas y trágicos griegos, con Homero a la cabeza, y lo humanamente litúrgico de La papisa Juana de Emmanuel Royidis. Por supuesto, en comunión con la erudición literaria, pictórica y conceptual basada no sólo en sus citas y descripciones, sino en su naturalidad para abarcar documentadamente una época sumamente especial. Sus conocimientos de la Edad Media desatan el nudo del Renacimiento como un adulto las agujetas de una dulce y lúbrica púber:

“La guerra de Troya, probablemente, habría sido, también, sin dioses, sin bellos capitanes desnudos, con lluvia, lluvia y lluvia y hambre y frío y suciedad y llagas y muchachos que se arqueaban vomitando y cirujanos rojos de sangre que cortaban manos y piernas” (Tomo II, pp. 162).

Navegar por sus letras es como asistir a la develación, candil en mano, de una maravilla histórica y, a la vez, al corazón de un hombre que presiente, incluso antes de ese lejano 1962 de su publicación por la editorial Sudamericana, el fin de una era y el inicio de una nueva época, lamentable para los apocalípticos y positiva para los integrados. Demarcada además por los seguidores de una literatura de ficticia vanguardia, sin desmerecer la lucidez de Cortázar con quien fue simbólicamente premiado en el 64, empatando el primer lugar junto a Rayuela por el premio John F. Kennedy. Lectores que, al fin y al cabo, serían los decisores en el comercio literario macerado concretamente en los 80, con ciertos visos hasta los 90 de pocos genios, sin embargo, con la falta concreta de la universalidad, y que dejan como legado lo que, hoy por hoy, llamaría guerra entre la voluminosa lira artificial de trastos y las iluminaciones sin publicidad global.

“El hombre de la Edad Media, el viejo Orsini, esencial, cristiano, cargado de culpas, desplazaba al hombre del Renacimiento y a su pagana indiferencia orgullosa. Para ser un hombre del Renacimiento cabalmente había que andar por el mundo sin más riqueza que la propia voluntad” (Tomo II, pp. 271)

Rilke, materializado en Quirón, el centauro, me indicaba que su poca divulgación, aún entre profesores universitarios de literatura, brindaba un homenaje sincero a su tremenda obra y no por ser apartada para una élite espiritual, ni alguna sandez de ésas, sino porque las mejores obras son las que no se conocen, las que aparecen como una maravilla y como un amigo franco, de esos que rara vez existen.

“Salió del lecho revuelto, y sus finas piernas brillaron un segundo, como espadas. Luego retrocedió, asustada, descalza, cubriéndose los pechos con las manos, hacia el fondo de la cámara penumbrosa. Sin duda temía que la matase. Pero yo, de un empellón, la volví a arrojar en la cuja donde la había poseído mi hermano, y ahí, ferozmente, sin despojarme de la daga y del estoque que se enredaban en sus piernas y le arañaban la cintura, ensangrentándola, conseguí lo que no había conseguido hasta entonces” (Tomo II, pp. 85)

Estos días he compartido la emoción con fantasmas ancestrales como Porzia, Diana Orsini, Silvio de Narni, Julia Farnese, Segismundo, Pantasilea, Hipólito de Medicis, Adriana dalla Roza, Violante, Antonello, Julia Gonzaga, Maerbale –todos personajes de la obra, seres que realmente existieron en el Renacimiento y que son dibujados con erudición excelsa por Mujica Láinez. Recuerdo uno en particular: Abul, quien cierta noche me contaba sus impresiones acerca del libro, estando ambos en mi balcón, a la luz de la luna con el murmullo del hambre, el estruendo de los ladrones de baja laya, los ebrios y las rameras adolescentes enfundadas en ropa deportiva, con sus maneras de escandalosa exageración, su busca descarnada de sexo o sangre o bulla o balaceras; intranquilas y embadurnadas por el deseo que pase algo fuerte que las haga gritar con el cuerpo, que, potente, altere sus nervios, como si al obtenerlo tributasen hacia algún dios oculto o respondiesen servilmente para algún sistema socio-comercial encarnizado. Recuerdo, especialmente, esos minutos de calma platicando, rotos por un auto que pasó –y pasa siempre a la misma hora– arrastrando su caos de música y chirrido de llantas. Seguido por el sonido de un disparo a lo lejos. Nuestro silencio. Los borrachos gritando: “hurra”. Alguien: “lo mataron”. Otro: “cállate”. Las chicas saltando y  vociferando: “vao a ver a qué pedazo de mierda han matao”. Algarabía. Las luces de las casas y edificios encendiéndose. La mayoría que, luego de esperar algunos minutos que no sonase otra descarga, debido al histórico registro de chismosos heridos, asomaba por su ventana o balcón. Mi vecina, que rezagada salió cubierta por una bata semitransparente, sonriendo y diciéndonos: “El mundo es nuevamente divertido. Hay vida. Hay vida. Y el reloj recién marca la 1 am…”. Tras el barullo, los espectadores regresaron a sus aposentos, incluida mi vecina, y reanudamos la conversación y el fantasma, señalando mi corazón con el índice derecho, dijo: “Bomarzo sonríe, sus monstruos y aventuras quedarán en el relicario de un alma destartalada por la emoción…”. Pero otro balazo, que se escuchó a lo lejos, lo interrumpió. Inmediatamente hicieron su entrada sonora más gritos emocionados. Algunos: “uy parece que se acercan, escóndete”. Y sonaron más balas acompañadas por el unánime silencio de tensa expectativa. Sonrientes brindamos con un poco de vino que tenía a mano y como un geniecillo, lentamente emergiendo de una lámpara, maligno y sonriente, la algarabía de los vecinos exaltados por saber qué pasó renació. 

“El amor –le contesté– es un modo de sobrevivir” (Tomo II, pp. 69)

Pier Francesco Orsini no sólo es inmortal en la pluma del maestro Mujica, o en el misterioso y fantástico parque de Bomarzo, es inmortal en quienes nos congregamos a escuchar su historia y quedamos hechizados de placer por la gran simbología de la eternidad del arte. Revelo que no puedo dejar de evocar esa frase dulce de Bomarzo: “un lago en el que navegaba la barca de la luna, al impulso de sus callados remeros y en cuyas ondas flotaban, persiguiéndose y llamándose con ávidos gritos de pájaros, las divinidades furtivas”, una y otra vez, a pesar y contra todo el estruendo de Lima, es más, es como si no existiera el bullicio y sólo esa frase regresase a mí como un deseo frenético, empezase y concluyese… sólo para volver a empezar.

Gracias, Armåndo.


Manuel Mujica Láinez, Bomarzo, Seix Barral, 1983, 608 páginas.

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