Meet me in Columbus

Por Santiago Zerpa—


La cosa es así: Columbus es una ciudad en Indiana, Estados Unidos. Tiene unos cuarenta y cuatro mil habitantes, y poca cosa más. Un pueblito, perdido en medio de la nada, y que es una de las cunas de la arquitectura moderna americana. Con obras de Eero Saarinen, I.M. Pei, Robert Venturi, Cesar Pelli y Richard Meier (por mencionar algunos), Columbus se ganó el (horrible) sobrenombre de la “Atenas de las praderas”.

Ahora, vamos a los bifes. Columbus (2017) está escrita y dirigida por Kogonada (si, así). Es surcoreano, y no es un dato más. La tradición que lleva consigo por ser de ese país oriental se siente en las venas artísticas y, como resultado, en la película. Pero Columbus no es un tragedia, o al menos no per se. Digamos que no todos los personajes mueren al final, decapitados o en una sucesión de sangrientas venganzas. Pero hay algo de esa melancolía propia de su país en cada uno de sus planos. No importa si es la vista del cielo con la esquina de un edificio, o el pasillo de un hospital: está ahí. Un aura triste que empapa a todos los protagonistas como la humedad, es decir, de a poco y sin que se den cuenta.

Kogonada es, o era, en esencia un documentalista. Por eso en Columbus los planos, los encuadres, la iluminación y hasta lo que dicen los personajes están tan cuidados. Digamos que trabajar sobre Wes Anderson, Yasujiro Ozu y Stanley Kubrick le dejó una buena marca entre ceja y ceja. Pero esta, su primera película de ficción, tiene y desarrolla un lenguaje propio a lo largo del transcurrir de los minutos. Ah, y Kogonada escribe, mucho, y esa mezcla documental narrativa resulta en una hora cuarenta de puro placer visual. Como una buena novela, todo está ahí, todo está escrito aunque no sea con palabras.

Jin es un traductor que ha llegado al pueblo de Columbus porque su padre ha sufrido un ataque y está internado en el hospital. Jin viene a buscarlo, o a esperar a que se muera, en verdad no sabe muy bien que hace ahí después de una relación de mierda y un año sin hablarse. Pero allí está. En un pueblo hermoso, diseñado por los más puros talentos modernistas, y que para él no es más que una cárcel. Una cárcel monumental, de la que no tiene idea, porque odia (o más bien le importa muy poco) la arquitectura. Porque su padre, falta decir, es una inminencia en el tema. Estaba invitado para dar una conferencia, que obviamente no logró dar, y además estudiando la arquitectura del poblado. Así que sí, Jin y la arquitectura no se dan.  Y como no se dan aparece Casey, una joven bibliotecaria que sueña con estudiar arquitectura. Vivió toda su vida en ese pueblo pero nunca se dio cuenta de todo lo que la rodeaba. Y creo que es normal. Pero bueno, Casey descubre en un quiebre emocional que esos edificios no son algo random, que el resto de Estados Unidos no es así, que hay una historia oculta detrás de todo ese vidrio, acero y concreto reforzado. Y Jin y Casey se conocen, por el azar, por la soledad, por las ganas de compartir un cigarrillo, por las ganas de hacer algo en ese pueblo (hermoso) donde no ocurre nada.

Y los días empiezan a suceder, con las luchas personales en medio de todo, con enormes iglesias, bancos, universidades y puentes. Con mucha melancolía, con dilemas sin resolver, como Jin, que está atascado ahí, mientras su vida no avanza, mientras su padre no mejora ni termina de morirse, sin saber que hacer consigo mismo, sin saber si la soledad es algo pasajero una condena por haber llegado a ese pueblo; con Casey, y una madre que es dependiente de ella, con un trabajo estático y monótono en un pueblo de iguales características, con una carrera que la aterra y que no se atreve a encauzar, un futuro que se le escapa entre los dedos. Y lo único en común son los cigarrillos, la soledad, el humo, el silencio, la desolación, los paisajes, la soledad, las breves clases de arquitectura que se echan mutuamente, los paseos, los listados, la soledad y todo aquello que no se dice.

Jin y Casey no se enamoran. O quizás sí, pero eso no importa. Pensándolo mejor, sí, se enamoran, pero esto no es una historia de amor. Es más bien una tragedia, nuvó/surcoreana, donde las muertes son introspectivas, donde las muertes son diarias, y los personajes sufren una condena tácita, por el mero hecho de existir. La vida ahí es una condena, porque Columbus es un palacio en medio del drama, es un reflejo inmaculado de nuestros miedos, y no nos queda de otra que angustiarnos por el silencio y el eco de nuestra propia mente. Columbus es bella, es sencilla, hilando finamente en lo sutil. Es de esas pelis que duele verlas pero que atesoras en un rinconcito de tu biblioteca. Kogonada, nos vemos pronto.


Columbus, Kogonada, Estados Unidos, Sundance Institute, 2017. Trailer oficial

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