EL EJERCICIO DE LA MEMORIA. Sobre “La invención de la soledad”, de Paul Auster

Por Olga Colmenares—


La memoria. Se repite la memoria. La / literatura es el ejercicio de la memoria. / La narrativa de la memoria es la /que hace posible el contar historias.

Paul Auster

Debo hacer una declaración solemne antes de comenzar: adoro la literatura de Paul Auster. Desde la Trilogía de Nueva York quedé suspendida en el hechizo de su forma de narrar, parece un filósofo se tragó la vida de un detective privado o viceversa. El año pasado me propuse, como uno de mis objetivos de lectura, leer toda su bibliografía cronológicamente con el fin de construir un mapa que enlazara todas sus historias. En otras palabras, quiero descubrir todos de los guiños al lector atento (Easter eggs). Habiendo avanzado aproximadamente en un cuarto de su biografía, ya eran claros algunos de sus temas y personajes predilectos —incluso llegué a rastrear una carta que viaja de un libro a otro— y se asomaba el gran libro que forma el corpus austeriano. En este punto recibí una llamada en apariencia errada que me desvió de la mentirosa línea del tiempo que guiaba mi lectura. Las claves de lectura se encontraban en La invención de la soledad y en El cuaderno rojo. Por supuesto, puse en pausa mi vida y releí ambos textos. Quisiera contarles mi viaje por las catacumbas de la memoria en La invención de la soledad, libro que Auster escribe luego de la muerte de su padre.

Como un texto de aprendizaje de idiomas, este libro se divide en una parte teórica y una práctica. En la primera mitad del libro, “Retrato de un hombre invisible”, además de relatar pasajes de la vida con su padre, Auster ejercita su memoria como el único sentido posible de lo pasado, o al menos lo intenta. Sin embargo, la fidelidad de su relato es imposible, como él mismo nos dice: “Es imposible decir algo sin reservas: era bueno o malo, era esto o aquello. Todas las contradicciones son ciertas. A veces tengo la sensación de que estoy escribiendo sobre dos o tres personas diferentes, distintas entre sí, cada una en contradicción con las otras”. ¿Quién puede resistirse a perderse en los vericuetos de la memoria? ¿Quién puede escapar de la reconstrucción de sí mismo como posibilidad de habitar en el mundo del tiempo? Incluso los hombres invisibles, como se empeñó ser el padre de Auster, dejan huellas, dejan improntas en el cerebro de otros, una veta de imágenes en espera de un sentido, un propósito que habitará en el limbo de la subjetividad hasta que la marca desaparezca. Es el hombre que nombra la cosa y se pierde a sí mismo en su intento por explicarla.

La definición de la memoria es llevada al extremo: el juego que ésta plantea al escritor está amañado desde el comienzo y, sabiéndolo, participamos con el autor en la trampa. La soledad extrema se evidencia en la memoria, en la imposibilidad de salir de la inmanencia de la subjetividad. Todo lo vemos a través de ese inmenso filtro que son nuestros ojos y nuestra nariz y nuestro oído y tratamos de darle sentido al mundo entre la fantasía y la memoria mientras estamos clavados en un presente que desparece a cada segundo. Cuando el cuerpo físico se acaba sólo queda la memoria del otro que ante la ausencia se desvanece en el viento poco a poco. Auster, escritor, trata de asir lo que queda de su padre al abrir las cajas que guardan su infancia mezclada con la vida de sus padres y la soledad de aquel que recién ha desaparecido. Auster, en un acto de amor, viola el espacio sagrado de la existencia de un hombre-enigma, un ser invisible. El padre misterioso, el padre que no habla mucho y con un solo gesto puede desajustar el universo del hijo. ¿Quién se atreve a jactarse de que conoce a su padre? Ingenuidad infinita. Palabras sin sentido, más allá de la restricción inherente a la naturaleza humana, no es permitido al hijo conocer al padre, pues el pasado está encerrado en la memoria, en una narración, en una leyenda, en un cuento de camino. Sólo somos capaces de conocer aquello que nuestros padres quieran revelar de sí mismos o aquello que se cuele en el material genético imposible de leer con claridad.

Este libro, además de tratar de ejercer la memoria, es sobre el padre, el hombre invisible, que nunca podrá ser retratado. ¿Quién puede interrogar a una tumba y obtener una respuesta? Reconstrucción de una figura a través de falsas memorias en tanto lejanas a los hechos. El hombre invisible pero también la figura irremplazable en la vida del hijo que se queda despegado del suelo, libre de la mitad de las raíces. En libertad y atado al mismo tiempo, preso de la imposibilidad de reconstruirse, pues él mismo es el pasado que se fue con esas raíces y quedó, allí, tratando de recoger los restos y darles un sentido.

Cada una de las ideas que Auster dispara en este libro se incrustan como balas debajo de la piel y siguen allí por días, años, vidas. Cada una es un abismo infinito que trae consigo las historias de mi propio padre. Me llena de deseos de reconstruir su memoria y vencer el miedo que me paraliza, pues no será el primer intento de hablar con los muertos, de sacar fragmentos de su vida que pertenecen a otro tiempo previo a mi existencia, de frustrarme ante la tarea imposible que trato de comenzar hace años y que solo es una acumulación de fracasos. Quizás debería pintar el retrato de mi hombre invisible: Nicolás.

Y esa idea del retrato me lleva a la segunda parte del libro: “El libro de la memoria”, en la que Auster me regala un caja de herramientas y reflexiona conmigo sobre la memoria como instrumento. Usando varias perspectivas sobre un mismo punto intenta encerrar el significado de recordar. El querer decir es el paradigma del escritor, allí permanece dando vueltas la vida entera: “La invención de la soledad. Él quiere decir, o sea dar a entender. Como vouloir dire en francés, que significa literalmente querer decir, pero que en realidad significa dar a entender. Quiere decir lo que quiere. Quiere decir lo que da a entender. Dice lo que quiere dar a entender y da a entender lo que dice”. En la segunda parte, Auster demuestra con una cachetada la ingenuidad infinita de un ser condenado a vivir fuera del presente. En cada perspectiva hay un mundo posible y, más que posible, infinito en su circunstancia. En cada perspectiva, la finitud de nuestra percepción humana nos condena a dar vueltas como ratones en un laberinto experimental. Ese laberinto en el que vivimos perdidos no es otro que la memoria, como lo demuestra el experimento en el que somos partícipes como lectores de este libro.

La memoria como laberinto de la existencia, el azar y la causalidad como sus motores, el dinero como imposibilidad de ciertas existencias y proveedor de realidades distintas, la multiplicidad como evasión de la existencia, el padre ausente o presente como creador de la existencia propia, como presencia inexorable e irrefutable. Escritura como el más puro ejercicio de la memoria. Contar historias como la única salvación ante la solitaria existencia: que lo diga Scheherazade una y mil noches.


Paul Auster, La invención de la soledad, Anagrama, 1994, 245 páginas.

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