Del infierno a los cielos. Sobre “De un cielo a otro cielo de Cuba”, de Caupolicán Ovalles

Por Miguel Marcotrigiano—


Rilke recomendaba en sus afamadas Cartas a un joven poeta que no escribiera poemas de amor. Principalmente porque recordaba que una temática con una inmensa tradición, con representantes destacadísimos en toda lengua y en todas las latitudes, difícilmente iba a encontrar en los balbuceos líricos de quien se iniciaba en estas lides una referencia digna de mención. ¿Qué podemos hacer nosotros frente a un tema que la lírica ha abordado alcanzando altos hitos en otros tiempos? ¿Cuál es el verso que ninguno pueda aportar?

Es de agradecer que tanto los poetas jóvenes como aquellos que ya no lo son, hagan caso omiso a este consejo del maestro Rilke, quien por cierto mucho dijo y escribió sobre estos asuntos. Su vida e incluso su muerte fueron un acto constante de amor. La legendaria historia del fallecimiento del poeta, que insiste en que se debió a la acción de cortar una flor y a una malhadada infección que lo llevó a la tumba, es también harto conocida. En fin, que vivió y murió por causa del amor, pero que no obstante recomendaba no escribir sobre tema tan manido. Quizás estaba salvándonos, y nosotros sin saberlo. Recatándonos la vida y protegiéndonos del escarnio ante la posibilidad de escribir “malos poemas”.

Digo, y sabemos que así es, que gracias a Dios no le hemos hecho caso a Rainer María Rilke. Todos, en algún momento de nuestras vidas, escribimos poemas de amor. Pese a que las cartas de amor “son ridículas”, como nos insiste ese otro gran maestro de otro idioma: Fernando Pessoa. Y Caupolicán Ovalles, un rebelde por naturaleza, no podía ser la excepción. Sus poemas amorosos están sembrados de vez en cuando a lo largo y ancho de su obra lírica, pero ahora la Fundación que lleva su nombre ha rescatado del olvido un libro inédito: De un cielo a otro cielo de Cuba (FCO, 2018), centrado exclusivamente en la temática en cuestión.

El poeta, que pasa a la historia de la poesía venezolana gracias a unos versos combativos, disidentes, vanguardistas como los que más, escribió en un par de semanas, entre enero y febrero de 1988, un homenaje a un amor fugaz, para los días, pero permanente en su ingrimitud e inmediatez. Solo el estar enamorado (que no es lo mismo que permanecerlo) permite estas bochornosas batallas, minimizarnos en las lides de los egos y, más aún, nos deja ser el débil, el que se confiesa, el que lo arriesga todo aunque sepa que va a perder.

La edición, hermosamente intervenida por composiciones gráficas de Víctor Hugo Irazábal, ofrece a los ojos del lector a un Caupolicán inédito, doblemente inédito. Primero, por la naturaleza amorosa del texto que no ha sido publicado anteriormente, como dijimos; segundo, porque es una voz difícil de emparentar con la del poeta que asume la altura de un adalid, un caudillo de la poesía que dijo e hizo lo que antes otros pocos intentaron. Una distancia sideral separa al autor de ¿Duerme usted, señor Presidente?, de este otro Caupolicán redimido, liberado del compromiso sociopolítico. No obstante, son unos versos igualmente retadores (¿por ingenuos, acaso, como sugirió algún crítico?), pero de igual forma osados.

El libro puede considerarse un solo canto o un solo texto, con distintas estancias o entradas líricas. No es la primera vez que este poeta hace algo similar. En otros libros había asumido que los registros en los diarios personales o en las bitácoras o agendas de viaje podían asumir la forma del poema. Sin embargo, los textos o entradas mantienen su independencia y pueden leerse aislados del todo. Esto solo ocurre cuando la escritura es honesta, auténtica. Muchos poetas (o quienes intentan serlo) parecen olvidar que dicha honestidad es quizás el primer elemento a considerar en el ejercicio lírico: la verdad -ante todo-, no mentir, no fingir estados internos o emotivos y sensoriales, aunque en el fondo sabemos que todo lo que se lleva al papel se transforma, por la alquimia del lenguaje en ficción, en “invento” para el placer estético.

Luego de una carta-homenaje a las coincidencias entre las generaciones de una misma familia (el hijo que se espejea en el padre o viceversa), sensiblemente escrita por Manuel Ovalles, el libro continúa con un prólogo de quien conoció bien al poeta. El escritor J. J. Armas Marcelo se refugia en la imagen de la mujer-isla, y así en el de la mujer-ciudad, para entender que el amor no solo es el ejercicio de Eros, sino algo que va más allá de una consustanciación carnal, física. Se transgreden las entidades y se transforman los objetos y las personas. ¿Qué se ama cuando se ama?, pareciera ser la pregunta que atisba el intelectual canario, tan conocedor de Cuba como del Caupo. Su propia experiencia con la isla caribeña –experiencia vital y no de otra naturaleza- se trasvasa a este texto que, desde su aparición, será tan indivisible del libro como aquel otro legendario de Adriano González León (también entrañable cómplice del poeta y el prologuista), en el ya mítico texto del año 62 que acarreara humanas consecuencias en los protagonistas (el exilio y la prisión).

El tiempo y el ritmo en este libro van más allá de la temática y de la referencia. Tiempo y ritmo, estamos conscientes, son  temáticas pero también parte substancial del poema: la poesía en su objeto material, el poema, precisa de tempos y de la reiteración de las sílabas tónicas en los lugares precisos para marcar el ritmo y acompasar la lectura. Cosa natural si tenemos en cuenta el elán musical del libro y de la isla: el título original de este conjunto, que se alteró por motivos editoriales, era primeramente De un cielo a otro cielo de Cuba. Danzón de la noche y la mañana. Los textos más extensos del poemario dan cuenta de estos rasgos musicales, por los estribillos, las anáforas y las aliteraciones, inclusive.

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Lo anterior, junto a la imagen cincelada, cuidada de sus textos, dan como resultado una poesía de la ternura, de la inocencia y de la más solícita delicadeza, como bien apunta el poeta Armando Rojas Guardia en el englobante epílogo de esta recientísima publicación del otrora Poeta Hostias. Quién iba a sospechar siquiera la distancia inmensa que separaría al, quizás, más emblemático de los poetas irreverentes de este Ovalles enamorado. Quién imaginaría que de sus certeros golpes verbales iba a surgir, años después, la voz capaz de escribir: “En el azul que pasa / cantan las manos de mi amor: / la voz del aire / la melodía en el hueso de la mañana”.

La transmutación del verbo bajo los hechizos del amor y la poesía más hondamente amorosa, a veces sumergen al violento en aguas de paz, de deleite, y lo convierten en rubor, palabra esquiva, aniñada y puramente lírica.


Caupolicán Ovalles, De un cielo a otro cielo de Cuba, FCO, 2018.

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